El Papa llama a los jóvenes a «dar una nueva dirección a la sociedad» desde el trabajo cotidiano
Para reconocer a Dios en la sociedad actual, León XIV ha recetado a los jóvenes silencio, oración Eucaristía y testimonio. Y después, «no tengáis miedo jamas de pensar en una vocación sacerdotal, religiosa u otra vocación dentro de la Iglesia».
Si el de CEDIA 24 horas ha sido un acto íntimo -y precioso-, la vigilia de jóvenes ha sido una celebración masiva. En torno a 600.000 personas, según ha podido saber Alfa y Omega, la mayoría de ellas jóvenes, se han dado cita en la madrileña plaza de Lima, para encontrarse con el Papa y también con Cristo, que se ha hecho presente en el Santísimo Sacramento.
Era un acto especial para León XIV. Él mismo lo ha confesado en el vuelo papal, en el que se ha referido específicamente a los jóvenes. «Ya me han informado de que me esperan con mucho entusiasmo», confesó. Lo ha podido comprobar nada más entrar en la plaza, que ha estallado en gran aplauso. «Los jóvenes que buscan algo más, que en muchos casos han crecido con esa dimensión espiritual en sus vidas, se dan cuenta de que hay un vacío, una falta de sentido, y quizás mi visita les ayude a despertar aún más algo que ni siquiera saben cómo definir», señaló en el avión.
Por algo parecido le han preguntado los jóvenes durante el coloquio que ha mantenido con ellos. «¿Qué considera que nos ayudaría a reconocer la voz de Dios entre otras muchas voces? ¿Cómo podemos nosotros, también buscadores, acompañarlos en su proceso de descubrimiento de la belleza de la fe?», le han planteado.
Silencio, oración, Eucaristía y testimonio
En su respuesta, el Pontífice les ha hablado del silencio, que «favorece la atención y el recogimiento». Cuando lo buscamos, «decidimos qué no escuchar» y «al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos». En el silencio, además, «comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece».
Tras el silencio, el Santo Padre les ha hablado de oración, a la que ha definido como «una voz libre justamente porque no habla para rendir cuentas, para demostrar que estamos preparados o para hacernos sentir importantes»; una oración que siempre es escuchada y a la que «el Señor nos responde con su Verbo».
En tercer lugar, para reconocer la voz de Dios «es necesario escuchar su Palabra viva, que es Cristo, cuya voz sigue resonando en la Iglesia que es su cuerpo». Cuerpo de Cristo, la adoración eucarística, «que esta noche compartimos». Es ese «precisamente el lugar adecuado para guardar silencio, liberar el corazón y estar nosotros mismos ante el Señor, dialogando con Él, de modo que se haga elocuente en su amor, hecho alimento para la humanidad».
Por último, el sucesor de Pedro ha invitado a todos los presentes a dar testimonio de Dios «con coherencia de vida». Y cuando llegue el cansancio, «la voluntad de seguir a Jesús os renovará constantemente». No obstante, si uno cae, no es el fin del mundo, ha deslizado el Santo Padre, porque «la presencia cercana de Jesús se percibe incluso en nuestras caídas». De hecho, el joven cristiano «se vuelve luminoso tanto en la alegría como en la prueba, dando sabor a la realidad porque la habita como una persona que disfruta de la vida en su interior, sin esperar que el gusto se lo den la riqueza, el placer o el poder».
La misión de los jóvenes en la sociedad
El segundo grupo de preguntas que le han lanzado al Pontífice han versado sobre el papel de los jóvenes en la sociedad y su misión en la Iglesia. En su contestación el Papa ha hablado de la libertad de los hijos de Dios. «Gracias a este amor, somos siempre libres frente a toda coacción y engaño. Somos libres de las modas, porque somos discípulos de la verdad; estamos abiertos al futuro, porque sabemos que no nos espera la muerte».
Desde esta perspectiva, los jóvenes «estáis llamados a dar una nueva dirección a la sociedad», ha clamado el Papa. ¿Pero cómo? «Convirtiéndoos en protagonistas del cambio a partir de vuestros vínculos cotidianos, aquello que vivís en la familia, en la universidad y en el trabajo». Y ha añadido: «Me ilusiona pensar en la capacidad que tenéis de testimoniar a Cristo en el mundo, incluida la realidad digital, para comunicar los valores y la belleza del Evangelio».
«La misión que os confío -ha concluido- es precisamente ésta: que seáis humanos. Sí, ¡sed humanos!: hombres y mujeres de carne y hueso. No apariencias, sino rostros fiables. Sed humanos como lo es Cristo, el hombre perfecto, el Resucitado que comparte con nosotros la historia en todo tiempo». Y ha clamado: «No tengáis miedo jamás de pensar en una vocación sacerdotal, religiosa u otra vocación dentro de la Iglesia». Y el matrimonio es una vocación: «No tengáis miedo de casaros y de formar una familia».
Pregunta: Sabemos que San Agustín es muy importante para usted, pero ¿qué otros santos y qué otros referentes le han ayudado en su crecimiento como cristiano?
Pregunta: Querría preguntarle ahora sobre sus años como misionero en Perú. ¿Qué recuerdo o qué experiencia guarda como un tesoro de estos años?
-Durante los años de formación y de ministerio sacerdotal pude conocer muchas figuras de santidad que acompañan mi caminar. Recuerdo tres santos en particular. El primero es san Juan Crisóstomo, que significa “boca de oro”, un título que este Padre de la Iglesia mereció por su elocuencia. Antes de su bautismo, que tuvo lugar en el año 368 d.C, estudiaba filosofía. Después se dedicó a la exégesis de la Sagrada Escritura, junto con otros jóvenes de Antioquía, su ciudad natal. Tras una experiencia como eremita, se entregó al servicio de la Iglesia como sacerdote y obispo. Llevando en el corazón la Palabra de Dios, la ofrecía a todos, dando testimonio con coherencia de la verdad del Evangelio frente a las herejías de su tiempo. Me han impresionado especialmente sus espléndidas catequesis, que unen el amor por la verdad y la rectitud de vida, y su valentía para hablar ante el Emperador, diciendo siempre la verdad.
El segundo santo es Tomás de Villanueva, un agustino, que fue llamado a convertirse en pastor de la Iglesia. Era español. Estudió en la Universidad de Alcalá y, por su sabiduría, se ganó la estima del emperador Carlos V. Como obispo de Valencia, emprendió una intensa obra de reforma de la Iglesia, sobre todo del clero, exhortando a sus hermanos a la perseverancia en la oración, en la castidad y en la obediencia. Su ardiente caridad me ha alentado en los momentos de prueba.
El tercer compañero de camino es santo Toribio de Mogrovejo, también español. En el siglo XVI fue misionero en Perú, donde se dedicó con gran celo a la evangelización de los indios, estudiando las lenguas locales. Santo Toribio unió una intensa vida de oración al compromiso por la justicia, especialmente frente a los abusos y la corrupción de su época. Por eso, para mí es un modelo de entrega al pueblo, especialmente a los más pobres, en el nombre de Cristo.
Contemplando la vida de estos santos, como san Agustín, me dije a mí mismo: si ellos fueron capaces, ¿por qué yo no? (cf. Confesiones, VIII, 27). Es una pregunta que también os confío con gusto, invitándoos a escoger ejemplos de vida buena, que resulten atractivos tanto para vosotros como para los demás.
En cuanto a los años vividos en Perú, como misionero y obispo, recuerdo sobre todo el testimonio de fe de la gente, marcada por muchas dificultades, pero llena de esperanza. Precisamente el encuentro con las heridas y las alegrías del pueblo me hicieron crecer en el camino del seguimiento de Jesús. Mientras lo anunciaba, también yo era transformado por el Evangelio, experimentando que la palabra del Señor lleva paz donde hay conflicto y se convierte, para todos, en fuente de reconciliación y de justicia.