16 de octubre: santa Margarita María de Alacoque, la monja de pueblo que recordó al mundo que Dios padece y ama  - Alfa y Omega

16 de octubre: santa Margarita María de Alacoque, la monja de pueblo que recordó al mundo que Dios padece y ama 

Nacida en una familia acomodada venida a menos, esta monja, «abismo de indignidad y de ignorancia», fue el instrumento elegido por Jesucristo para difundir la devoción de su Sagrado Corazón

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
El Sagrado Corazón de Jesús y la santa en la iglesia de San Nicolás de Eupen (Bélgica).
El Sagrado Corazón de Jesús y la santa en la iglesia de San Nicolás de Eupen (Bélgica). Foto: Thomas Hummel.

Durante siglos, la Iglesia ha mantenido una hermosa estima al Sagrado Corazón de Jesús. Esa devoción, que encuentra su réplica en la más cercana a nosotros Divina Misericordia —como si Dios necesitase recordarnos una y otra vez que es un Dios que siente, padece y ama— se remonta al siglo XVII, gracias a una sencilla monja de pueblo: santa Margarita María de Alacoque. 

Esta mujer, cuya influencia en la Iglesia ha sido decisiva en los últimos siglos, nació en julio de 1647 en la pequeña aldea de Hautecour, al este de Francia. Fue la quinta hija de un matrimonio de posición acomodada, pues su padre era notario real. Sin embargo, su suerte cambió tras la muerte del cabeza de familia en 1655: su patrimonio menguó y lo poco que tenían quedó en manos de unos parientes. Margarita fue enviada a un internado de clarisas, pero poco después de tomar la Primera Comunión cayó enferma de un extraño mal. Durante cuatro años no pudo levantase de la cama, pero ella resolvió hacer una promesa a la Virgen: si se curaba, se haría monja. 

Con el tiempo sanó de su dolencia y en 1671 ingresó en el cercano convento de la Visitación, en Paray-le-Monial. Años más tarde recordaría que unas palabras de Jesús confirmaron su resolución el día que entró en la clausura: «Aquí es donde te quiero».  

Aquellos eran tiempos de una ascética muy dura, de ofrecimientos, sacrificios, ayunos, cilicios y flagelaciones. Este elemento de la vida cristiana, bien entendido, tiene todo el sentido, pero la debilidad humana hace inevitables las malas interpretaciones y hasta los abusos. El contexto eclesial no acompañaba: por toda Francia y por parte de Europa prendía como una llamarada la doctrina del jansenismo: una visión extremadamente rigurosa y pesimista —y hasta elitista— de la salvación. Sostenía que la gracia divina era para unos pocos esforzados y eso se llevaba a la relación con Dios, más basada en el temor al castigo que en el amor. En el terreno sacramental, la consecuencia principal de esta visión era el alejamiento de los fieles de la misma Eucaristía. 

En este ambiente vivió Margarita hasta el 27 de diciembre de 1673, cuando, orando ante el Santísimo Sacramento, tuvo la primera de varias visiones y locuciones de parte del mismísimo Jesucristo. Ya en aquel primer encuentro, el Señor le mostró a la religiosa su Corazón, sobre el que la invitaba a descansar. «Mi divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que no puedo ya contener las llamas de mi caridad ardiente. Quiero que las comuniques y manifiestes a todos». 

Bio
  • 1647: Nace en Hautecour.
  • 1671: Entra en el monasterio de la Visitación de Paray-le-Monial.
  • 1673: Recibe la primera visión del Sagrado Corazón.
  • 1675: Conoce al jesuita Claudio de La Colombière.
  • 1690: Muere en Paray-le-Monial.
  • 1920: Es canonizada por Benedicto XV.

Para ser un primer mensaje con una primera tarea, no estaba nada mal. Pero aunque ese encargo parecía superar todas las fuerzas de una pequeña monja, Margarita creyó y se dejó llevar por el Señor. «Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía», le confirmó el mismo Jesucristo. Y así fue. Durante los años siguientes, el Señor se le aparecería varias veces, pero en el Corpus Christi de 1674 lanzó lo que sería todo un programa de vida para todos: comulgar todas las veces que le fuera posible y acompañar en oración a Jesús en su Pasión por amor a los hombres. 

Margarita comenzó a ser la comidilla del convento, y algunas monjas y sacerdotes de la zona no dudaban en manifestar su incredulidad. Solo encontró apoyo en un jesuita, el padre Claudio de La Colombière, que le mandó poner por escrito todas las revelaciones del Señor. Durante los años siguientes, él sería el principal impulsor fuera del convento de un mensaje para el mundo que había nacido en la clausura. 

El amor infinito de Cristo por la humanidad, la gratitud y la reparación por los pecados de los hombres, el consuelo de su corazón herido por la indiferencia y la tibieza de tantos… Todos estos son los elementos de una devoción que fue creciendo poco a poco, y que deshacía el rigor y los excesos del jansenismo. Más concretamente, el Señor invitó al mundo desde Paray-le-Monial a recibir la paz en la familia y la salvación a quienes comulguen con fe los primeros viernes de mes durante nueve meses seguidos. 

Mientras todo esto se propagaba fuera del convento, ella siguió llevando una humilde vida de servicio dentro de sus muros, hasta su muerte en 1690. Sus últimas palabras fueron: «No necesito nada más que a Dios, y perderme en el Corazón de Jesús».