18 de octubre: san Lucas, un reportero en el siglo I

El 18 de octubre la Iglesia celebra a quien quiso recordarlo todo y escribirlo para la posteridad: san Lucas, autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
‘San Lucas’, de Giorgio Vasari. National Gallery of Art (Washington).

Gracias a este portador de luz –por la etimología de su nombre en latín–, contamos 2.000 años después con uno de los cuatro Evangelios y con el libro por excelencia de la Iglesia naciente: los Hechos de los Apóstoles. Pero la labor de Lucas no fue la de simple cronista, sino que él mismo participó en los avatares de la primera evangelización y fue testigo privilegiado de las aventuras de Pablo en sus misiones entre las primeras comunidades cristianas.

En su carta a los colosenses, Pablo lo llama «Lucas, el querido médico». Según el profesor de la Facultad de Teología de la Universidad San Dámaso Andrés García Serrano, Lucas fue un sirio de Antioquía, médico de profesión, discípulo de los apóstoles y más tarde seguidor de Pablo, que sirvió al Señor sin distracción al no tener mujer ni hijos, y murió mártir a los 84 años en Beocia (Grecia). «En su obra –explica– se percibe esa formación médica, puesto que describe tanto las enfermedades y curaciones como la Pasión de Jesús, con un cuidado mayor que el resto de evangelistas sinópticos. Y además utiliza con frecuencia términos médicos».

En el libro de los Hechos relata en primera persona del plural algunos sucesos de los últimos viajes de Pablo. Más tarde, san Ireneo de Lyon escribirá de él que «Lucas fue inseparable de Pablo, y que fue su colaborador en el Evangelio lo declara él mismo, no por vanagloria, sino obligado por la verdad misma. También cuenta los hechos de sus andanzas con Pablo, y puesto que Lucas estuvo presente en todas estas circunstancias, él mismo las puso por escrito cuidadosamente».

El biblista Santiago Guijarro explica en Nuevo año cristiano que el prólogo antimarcionita (160 d. C.) va más allá y dice que «acompañó a Pablo hasta su martirio». Otros autores de la antigüedad como san Jerónimo, Eusebio de Cesarea, y también el fragmento de Muratori, señalan este vínculo especial con el apóstol.

En general, se cree que Lucas se unió a Pablo en Filipos, en el año 51, y le acompañó hasta su viaje a Jerusalén, en el año 58. Después, volvió a unirse en sus viajes en el año 60 hasta el año 66, cuando Pablo fue hecho prisionero y llevado a Roma. En total, son 15 años capitales en la vida de Pablo y, por extensión, en la vida de la Iglesia. Nos habríamos perdido mucho del pensamiento y de las obras del apóstol, y también muchos detalles concretos de la primera evangelización, si Lucas no le hubiera dicho sí al Señor diciéndole sí a Pablo para acompañarlo en sus viajes. San Jerónimo dirá que Lucas «escribió el Evangelio según lo escuchó, pero escribió los Hechos de los Apóstoles tal como él los vio».

Para el profesor García Serrano, Lucas «fundamenta históricamente, según las convenciones de su tiempo, tanto la vida de Jesús como los orígenes del cristianismo», con el objetivo de «consolar y edificar a los cristianos de todos los tiempos, también a los que no vivimos en el tiempo de Jesús».

Confidencias de María

Siendo Lucas un narrador de hechos concretos, resulta difícil creer que se atreviera a contar la concepción y los detalles de la infancia de Jesús sin haber contando con el testimonio de un testigo de excepción. Para muchos estudiosos ese testigo fue María, que no solo se limitó a contar las cosas como sucedieron, sino que también compartió con Lucas sus propias vivencias. Así, la mención a que «María guardaba todas estas cosas en su corazón», que sale dos veces al principio de su Evangelio, formarían parte de las confidencias de la Virgen a Lucas o, como mucho, de los recuerdos de María que quedaron en la primera comunidad cristiana –tampoco olvidó Lucas situar a la Madre del Señor junto a los apóstoles en espera de Pentecostés–. Por tanto, no son relatos imaginarios, sino perfectamente verosímiles, que responden al deseo de consignar los hechos tal y como fueron, como cualquier periodista de la actualidad.

El prólogo antimarcionita recoge así el momento de la muerte de Lucas: «Se durmió en Beocia a la edad de 84 años, lleno del Espíritu Santo». El mismo Espíritu que le cambió la vida y le llevó a vivir y contar la primera expansión de la Iglesia naciente.

Una experiencia personal

El profesor García Serrano cuenta que Lucas fue un pagano, «probablemente convertido por el propio Pablo, bastante culto y bien formado en historia y literatura». La teoría más aceptada es que escribiera su obra en los primeros años de la década del 80. «La escribió, con seguridad, en la cuenca este del Mediterráneo, quizás en alguna comunidad fundada por Pablo, y dedicó su obra a los paganos convertidos al cristianismo, a los que tiene en mente y para los que escribe».

A todos ellos subraya el mensaje del amor de Dios, y así recoge hasta el detalle las llamadas parábolas de la misericordia: el buen pastor, la moneda perdida y el hijo pródigo. Por eso, su Evangelio ha sido llamado el Evangelio de la misericordia, reflejando de alguna manera la honda impresión que dejó en él el anuncio del kerigma, y cómo Dios cambió su vida a partir de entonces.