7 de octubre: Nuestra Señora del Rosario, la madre que dio a sus hijos la cadena necesaria para llegar al cielo - Alfa y Omega

7 de octubre: Nuestra Señora del Rosario, la madre que dio a sus hijos la cadena necesaria para llegar al cielo

Diez siglos de historia contemplan la que es quizá la devoción más querida de la cristiandad. Nació para que la rezaran los iletrados y se consolidó en Lepanto

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
'Virgen del Rosario', de Domingo Martínez.
Virgen del Rosario, de Domingo Martínez. Foto: Museo de Bellas Artes de Sevilla.

En el origen de la devoción más extendida de la historia está, como siempre en las grandes cosas de la Iglesia, la humildad. Humildad de aquella que dijo en su día: «Hágase en mí según tu voluntad»; y humildad de unos monjes que no sabían ni leer ni escribir y empezaron, sin saberlo, una aventura espiritual que perdura hasta nuestros días. 

Para encontrar las primeras huellas del rosario hay que remontarse al siglo X. La orden de Cluny comienza a crecer en vocaciones, y son muchos los que llaman a las puertas de sus conventos para consagrar su vida entera. Pronto se evidenció que muchos hermanos no podían seguir la liturgia de las horas como el resto de los monjes, porque simplemente no sabían leer. Mientras unos se reunían en el coro a lo largo del día a rezar los salmos, otros estaban más dedicados al trabajo manual. Pero estos últimos también necesitaban rezar, así que se ideó para ellos un salterio especial y particular. 

Al igual que los monjes leían los salmos a lo largo de la jornada, estos hermanos legos debían recitar 150 padrenuestros al día, lo que pronto se sustituyó por 150 avemarías. Por entonces, esta oración mariana solo constaba de su primera parte, la que constituyen las palabras del ángel a María: «Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre». Por todo ello, a esta primera versión de lo que hoy es el rosario se le llamaba popularmente el Salterio de la Virgen. 

Foto de recurso de un rosario
Foto: Magnific.

Esta devoción fue evolucionando con los siglos al mismo tiempo que lo hacían las avemarías que lo vertebran. En el siglo XIII, a la primitiva oración mariana se le había añadido ya al final el nombre de Jesús, al que a veces se sumaba incluso alguna jaculatoria, como «Salvador nuestro» u otra similar. También en esta época nació el objeto que hoy conocemos como rosario, que servía para llevar las cuentas de las oraciones sin distraerse. 

Fueron sobre todo las órdenes mendicantes las que empezaron a difundir en toda Europa el rezo del rosario, destacando sobre todo los dominicos. Fue precisamente en esta época cuando se empezó a difundir la tradición de que la Virgen habría entregado en mano a santo Domingo de Guzmán un rosario de cuentas para la propagación de esta devoción. En estos años, dicha oración había traspasado ya los muros de los conventos y llegado al hogar de las casas. Y fue entonces, a mediados del siglo XV, cuando se hizo común añadir a la primitiva oración del avemaría la segunda parte que conocemos hoy: «Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

Para el siglo XVI, rezar el rosario era ya algo común en toda Europa. En Roma, hasta el mismísimo Miguel Ángel quiso reflejarlo en la monumental Capilla Sixtina. En su particular versión del juicio final, pintó entre el infierno y el cielo un detalle que pasa casi desapercibido: dos almas que en su afán por llegar al paraíso se agarran a un rosario de cuentas que los impulsa hacia arriba. 

La mano de la Virgen
Así vio la batalla el pintor Jan Peeters.

«Auxilio de los cristianos». Así definió a la Virgen el Papa Pío V tras la batalla de Lepanto, una advocación que luego pasó a las letanías. Las crónicas de la época atestiguan que en las galeras de la flota cristiana se repartían rosarios y que soldados y marineros se confesaron y comulgaron antes de la batalla contra el turco. También dicen que, en medio de la contienda, un repentino cambio de viento dio una ventaja posicional a la flota cristiana para que al final se alzase con la victoria, un fenómeno en el que todos vieron la providencial mano de la Virgen.

Apenas unos años después, el Papa san Pío V pidió a los fieles de todo el continente agarrase a esta arma espiritual para vencer el principal enemigo de Europa en ese momento. El Imperio otomano estaba a las puertas y solo una victoria de las naciones aliadas en la Liga Santa podía alejarlo de nuestras costas. Así sucedió, y ese fue el impulso definitivo para la propagación del rosario. 

Fue también Pío V el que fijó los misterios de la vida de Cristo con los que acompañar la oración a María: gozosos, dolorosos y gloriosos —san Juan Pablo II añadiría siglos más tarde los luminosos—. Y dos años después de la victoria en la batalla de Lepanto, el Papa Gregorio XIII instituyó la fiesta de la Virgen del Rosario el primer domingo de octubre, que después quedaría fijada el 7 de octubre, aniversario de Lepanto.  

En los siglos siguientes, el rosario se afianzó todavía más entre los fieles, ayudado sin duda por el espíritu de la Contrarreforma, que subrayaba el papel de María en su vida diaria.