«Virgen del Pilar, ayúdanos a superar las ideologías»

«Virgen del Pilar, ayúdanos a superar las ideologías que nos enfrentan» 

Luis Marín de San Martín, limosnero del Papa, preside la Eucaristía en la basílica del Pilar, en Zaragoza

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
El limosnero pontificio ante la imagen de la Virgen.
El limosnero pontificio ante la imagen de la Virgen. Foto: Facebook diócesis Zaragoza.

«Deseo iniciar mi homilía con el recuerdo de mi madre, que se llamaba Pilar. Desde muy pequeño me inculcó la devoción y el cariño hacia la Virgen en esta advocación que me ha acompañado toda mi vida». De este modo comenzó su homilía el lunes, en la basílica del Pilar de Zaragoza, Luis Marín de San Martín, Limosnero de Su Santidad y prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad.

La fiesta de Nuestra Señora del Pilar «verdaderamente me conmueve profundamente y llena mi corazón de enorme agradecimiento y de intensa alegría», añadió, para luego recordar una anécdota referida al entonces cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, más adelante elegido Papa con el nombre de Juan XXIII. El 27 de julio de 1954 visitó Zaragoza y dejó escrito en su agenda: «Zaragoza, qué maravilla y qué riqueza, tanto en el Pilar como en la Seo, cosas impensables y que superan toda imaginación».

Luis Marín durante su homilía. Foto: YouTUbe.
Luis Marín durante su homilía en la basílica del Pilar. Foto: YouTube.

«Es un hermoso y certero comentario», constató en su homilía el limosnero del Papa. «Sí, nos rodea una inmensa belleza que no solo es artística. Así pues, abrámonos también a lo que la teología espiritual de las maravillas de Dios, es decir, las intervenciones directas, salvíficas y milagrosas de Dios en la historia humana que debemos reconocer, recordar y agradecer», abundó.

Pilar, río y manto 

Ante esta devoción que pertenece «a la entraña espiritual de nuestro pueblo», Luis Marín quiso destacar tres símbolos nos ayudan a entenderla en su debida perspectiva. El primero es el pilar, «que simboliza la firmeza, la fortaleza espiritual y el soporte sólido de la fe». Por eso preguntó: «¿Dónde ponemos nosotros nuestra seguridad? ¿Qué fundamenta nuestra vida?». E hizo notar que la Virgen del Pilar muestra a Jesús, «el amén de Dios, el sí a todos nuestros anhelos, necesidades y esperanzas». Así, «Cristo es el eje que une el cielo y la tierra, la piedra angular sobre la que descansa el edificio, nuestra fortaleza, sentido y estabilidad».

El segundo símbolo es el río, pues fue a orillas del Ebro donde María reconfortó y fortaleció al apóstol Santiago en su desaliento. El río «simboliza el fluir del Espíritu Santo y su vida abundante, la gracia y la purificación divina». Por ello, «¿somos capaces de mirar la realidad que nos rodea con la mirada de Dios? ¿O tal vez nos dejamos arrastrar por el negativismo autodestructivo, por la crítica despiadada y mordaz?» A este respecto, citó a san Agustín en su comentario a los salmos, cuando advierte que «malos tiempos, tiempos fatigosos, así dicen los hombres. Vivamos bien y serán buenos los tiempos. Los tiempos somos nosotros. Los tiempos somos nosotros. Como somos nosotros, así son los tiempos».

Por último, el manto simboliza al mismo tiempo «autoridad, amparo y unión», por lo que pidió acudir a la Virgen «con filial confianza, sabiendo que nos espera», y vivir con ella «la comunión de la familia de Dios en su unidad pluriforme».

Testigos de Cristo

«Virgen del Pilar, querida madre, acudimos a ti llenos de esperanza», concluyó el agustino con una oración. «Ayúdanos a derribar los muros que nos separan, superar las ideologías que nos enfrentan, vencer los egoísmos que nos aíslan. En este tiempo marcado por la iniquidad y la violencia, enséñanos a escuchar el llanto del mundo y el grito de los pueblos. Que sepamos reconocer el dolor de tantos hermanos y no contribuyamos con nuestras palabras, actitudes u omisiones a acrecentar la amargura y el sufrimiento».

Y, sobre todo, «ayúdanos a ser buena noticia para quienes nos rodean, testigos de Cristo resucitado, nuestro único Señor». Para ello, «que sepamos tender puentes, sanar heridas y trabajar juntos por el bien común. Así podremos dejar a las generaciones venideras un mundo más habitable. Acompáñanos en este camino para que podamos ser allí donde estemos instrumentos de la paz y el amor de Cristo».