El futuro de la democracia cristiana - Alfa y Omega

Dos recientes elecciones regionales alemanas, en Mecklemburgo-Pomerania y en Sajonia-Anhalt, han arrojado muy negativos resultados para la Union Demócrata Cristiana (CDU), cuyo presidente, Friedrich Merz, es actualmente canciller en la República Federal de Alemania al frente de una coalición con el Partido Social Demócrata (SPD). Ambas elecciones han sido ampliamente ganadas por el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AFD), inevitablemente alentando con fuerza la sombra de una duda: ¿tiene un futuro políticamente significativo la democracia cristiana? Y paralelamente, ¿esta negativa evolución sitúa el futuro alemán en manos de una fuerza declaradamente derechista? 

Los análisis apuntan a cuestiones como la falta de popularidad de Merz, que las expectativas de mejora económica no se están materializando o las dudas de sectores significativos sobre las políticas de la CDU con respecto a la inmigración. Habría que añadir una evidencia: una parte significativa de los electores, entre los cuales seguramente no pocos antiguos votantes de la CDU, han trasladado sus convicciones hacia AFD.

Este movimiento, más allá de las fronteras alemanas, tiene una amplia repercusión en Europa bajo un calificativo de amplio recorrido: polarización. Que, entre lecturas varias, apunta a que la evidente radicalización de las ofertas autollamadas progresistas ha conducido a los electores en la derecha y en el centro hacia una paralela reformulación de posturas y dirigida hacia el correspondiente extremo. No es necesario profundizar en el examen analítico parar comprender que ello no solo está ocurriendo en Alemania, sino que historias semejantes son las que hoy conocen italianos y franceses, y, por supuesto, españoles. Y que, asimismo, tienen su traducción en varios países iberoamericanos como Argentina, Chile, Colombia, Perú, y en estos mismos días, Brasil.

La inevitable pregunta conexa es qué se hizo de la democracia cristiana, aquella que hizo posible la implantación de la libertad ciudadana en Alemania y en Italia después de la Segunda Guerra Mundial de la mano de Konrad Adenauer y de Alcide de Gasperi, la que lanzó el proyecto de la unificación europea bajo la inspiración de Robert Schuman y la que en nuestros lares hispanos tanto ayudó a la recuperación democrática. Tiempos que bien recuerdo, cuando militaba en la Izquierda Democrática de Joaquín Ruiz Giménez, luego integrada en la UCD para reconvertirse, bajo mi presidencia y la de Óscar Alzaga, en Partido Demócrata Popular, que acabaría desembocando en el Partido Popular. 

Todo tenía su origen en la confluencia de las creencias cristianas con las primeras manifestaciones políticas tendentes al reconocimiento de la libertad de la persona en el contexto de lo que en el siglo XIX se comenzaba a conocer como democracia. Si bien se mira, el llamado «humanismo cristiano», cuya fecha de nacimiento bien podría colocarse en la promulgación de la encíclica Rerum novarum en 1883, constituye una certificada base para el posterior desarrollo y funcionamiento de la democracia adjetivada como «liberal»: la dignidad de la persona humana, el respeto al bien común, el reconocimiento de la subsidiariedad y de la solidaridad, la estructura de la economía social de mercado, el personalismo comunitario y la reclamación de una democracia pluralista e institucional. Todos ellos principios y normas de comportamiento que en el curso de los últimos ocho decenios han constituido y siguen constituyendo bases imprescindibles para la construcción de un orden mundial en paz y en libertad. Aunque las exigencias del temporalismo llevaran a la desaparición del adjetivo «cristiano». Y, aunque en paralelo, las formaciones políticas que llevaban su nombre se vieran forzadas al cambio o a la desaparición. Y aunque los disidentes del sistema hicieran todo lo posible para sembrar de incertidumbre e imprevisión el futuro de la humanidad al violar las bases de esa estructura convergente formada por mitades entre el humanismo cristiano y la democracia liberal.

Los resultados electorales recientes de la CDU traen inevitablemente a colación una buena acumulación de dudas, tanto más pesadas cuanto que concurren con el marco de los desórdenes que hoy desgraciadamente pueblan el orden mundial. Momento grave para recordar lo evidente: la democracia liberal, siempre inspirada en sus orígenes cristianos, con o sin referencias sacrales, es la configuración más segura para garantizar la libertad de la persona. Y, en consecuencia, la paz entre pueblos y naciones. «Bienaventurados los pacificadores», según nos recordaba el evangelista Mateo. Y así será.

El autor presidió, entre 1998 y 2000, la Internacional Demócrata Cristiana.