Se habla mucho del silencio. Es paradójico, pero en todas las librerías, en la sección de autoayuda, podemos encontrar cientos de autores que no paran de hablar sobre lo bueno que es callarse. Libros, montañas de libros, sobre aprender a guardar silencio. Pero muy pocos sobre que no es necesario escucharlo todo.
Lo pensaba el otro día. Estaba con unos conocidos y se habló de una tercera persona. Yo no sabía cierta cosa sobre ella. Pero alguien la contó y, desde ese instante, ya no he podido volver a mirarla igual. La persona sigue siendo la misma. Y, sin embargo, ahora la veo de otra manera. Borrosa. Como el paisaje que se ve tras una ventana empañada por el aliento: esa persona sigue ahí, pero se ha difuminado.
Y pensé que no tenía que haber escuchado nada.
Después puse las noticias y me di cuenta de que tampoco necesitaba saber el 90 % de las informaciones que se contaban. Eran basura acústica. Y volví a pensar. Escucho demasiadas cosas, me dije. Telediarios, chismes, audios, conversaciones insustanciales. Uno tendría que estar menos informado en general y no participar tanto de los corrillos, seleccionar qué ruidos entran por los oídos. Eso pensé, aturdido.
Cambiando de tema, empieza el otoño y eso es un motivo para la fiesta. Soy muy consciente de que no sé cuántos otoños me quedan. ¿20, 30? Pocos, en todo caso. Así que pienso disfrutar de las hojas caídas, del cielo encapotado y de los gorriones hechos una bola en las ramas. Pienso estar atento a cada lluvia y a cada mujer bella que toma asiento en una cafetería y abre un libro. Estar atento al espectáculo de lo cotidiano.
Dios mío, qué poca atención prestamos a la vida. Cómo se nos escurre de las manos, como si fuera agua. Quizá por eso quiero escuchar menos. Para prestar más atención. Porque solo existe aquello que atendemos (si vivo pendiente de un problema, solo existe ese problema y desatiendo lo demás. Si me enamoro, solo existe esa persona).
Quizá el silencio de verdad sea eso: prestar más atención a lo que susurra antes que a lo que grita. Escuchar las voces de mis hijos, el murmullo del aire en las ramas, la nana de la lluvia, el viento cuando silba en la ventana, los platos chocando durante una cena, la música de Sakamoto en el coche, el roce de las sábanas contra el cuerpo, el sonido de un beso, los maullidos del gato callejero que se me acerca en busca de una caricia, el chasquido de la cerilla cuando prendo la hornilla para prepararme el café.
Quizá lo que uno escucha cuando cesa el escándalo del mundo sea el amor.
Recuerdo ahora aquella crónica de Clarice Lispector que me encanta. En ella se queja de que nunca le suceden milagros. ¿Por qué no a mí?, se pregunta. Y cuenta su único milagro. Cómo un día, mientras caminaba, una hoja otoñal chocó contra sus pestañas. Y dice que ese hecho normalísimo fue un milagro: que una hoja, entre millones de hojas posibles, impactase precisamente contra su ojo. Que fuera ella la elegida por la hoja.
«Un día una hoja me golpeó en las pestañas. Me pareció que Dios era muy delicado».
Eso escribe. Recuerdo también aquel poema de Rosillo donde habla de la luz acribillando un vaso de agua en la cocina. De cómo se conmueve al ver el agua convertida en oro:
«Cuántos asombros. Todo rompió a arder
con lumbre limpia y mágica:
el agua y el cristal, el cuarto entero,
mis ojos y mis manos y mi vida.
No sé cómo decir lo que ocurrió […].
Oro licuado y tembloroso el mundo,
astilla viva yo de un súbito diamante».
Yo deseo este otoño ser testigo de esa clase de milagros, que acaso son los únicos que existen y los menos demandados. Milagros de andar por casa. Los que echaré de menos cuando ya no tenga otoños. Cuando me toque.
Menos cotilleos, menos telediarios, menos redes. Simplificar el ruido y no escuchar todo lo que se me ofrece. Estos son mis deberes este otoño, quién sabe si el último: darme cuenta.