Carmen: «Estoy muy agradecida a un sacerdote que siempre estuvo presente»
En el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, este 10 de septiembre, cuenta cómo logró reconstruirse después de que tanto ella como su hija pequeña intentaran quitarse la vida
—¿Cómo ha sido su vida para sentir que ya no podía más?
—Mi vida, cuando sentía que ya no podía más, viene de muy atrás. Cuando era niña prácticamente fui abandonada y me crie con mi abuela y con mi tía. Después, a los 11 o 12 años, me fui a trabajar en una casa. Fui maltratada y me violaron. Aquello hizo que llegara un momento en que ya no podía más. Quería desaparecer.
—¿Llegó a pensar que la muerte podía ser una salida?
—Sí. Intenté suicidarme. Llegué a tomar queroseno, que es lo que se utiliza en Perú para hacer funcionar la cocina. Fui al hospital y me hicieron un lavado de estómago cuando tenía 13 o 14 años. Después me tiré del segundo piso. No me lastimé mucho, solamente me rompí un brazo, creo. También me hice cortes en el brazo. Llegué a pensar que Dios no existía para mí.
—¿Qué ocurrió para que llegara un momento en el que supiera que tenía que dejarlo todo y venir a España?
—Tuve a mi hijo a los 17 años y dije: «Ya no. Ya no voy a pensar en eso. Voy a criar a mi hijo, a darle el amor que no me pudieron dar a mí». En Perú la situación se hizo muy difícil. Me acosaban por denunciar a la persona que había intentado abusar de mi hija y conseguir que fuera preso. Estaba cansada, harta de todas las amenazas y de todos los problemas. Por eso decidí venirme a España.
—¿Qué significa para una madre tener que reconstruir su vida mientras intenta proteger también a su hija?
—Llegamos aquí para pedir asilo, porque mi hija también vivía en depresión, se cortaba… Me dolía el corazón y me sentía culpable porque pensaba que no había podido protegerla como yo quería.
Pero cuando llegué a España, las puertas se me fueron abriendo. Sentí que Dios tenía algo guardado para mí, porque nunca había conocido la palabra «felicidad» ni había sabido lo que era sentirse así. Ahora estoy feliz. Quiero que mi hija sea una profesional, que ella misma salga de todo lo que ha pasado y que podamos construir nuestra vida. Gracias a España por brindarnos esa posibilidad y, ante todo, gracias a Dios.
—¿Cómo vivió descubrir que su hija también estaba sufriendo así?
—Fue muy difícil. Siempre trataba de irme lejos para no culparme, pero al final me dediqué al alcohol. Pensaba que me iba a ayudar a calmarme. Me ponía a beber, quería olvidar. Aquí me ayudaron. Me mandaron a terapia, al psiquiatra, me dieron pastillas.
—¿Cómo apareció la Iglesia en vuestra historia en Cáceres?
—Cuando llegué a España empecé a reconciliarme con Dios. Al principio oraba, le pedía a Dios y agradecía. Fui a muchas excursiones con el padre Ángel y a muchas cosas de la Iglesia, y me ha acompañado un sacerdote que atiende un grupo de migrantes. Le estoy muy agradecida, porque siempre estuvo presente. Trataba de ayudarnos distrayéndonos, le regalaba a la niña cosas como cuadernos de dibujo para que no pensara cosas feas. Cuando estuvo en el hospital, varias veces la recogió en su coche. Incluso en su cumpleaños me dio dinero para comprarle ropa y que se sintiera bien. Todo mi llanto y mi sufrimiento también se lo conté a él. Sabe que lo quiero y lo respeto.
—¿Qué supuso encontrar personas que os acompañaran sin juzgaros?
—Siempre había luchado sola. Andaba como una fiera, a la defensiva, con todos los problemas que me pasaban. Me defendía atacando, como se dice. Pero acá es otro mundo, otra forma de vivir. Cuando recibí ayuda y encontré personas que me podían escuchar sin juzgarme, sin hacerme sentir que yo era la culpable de todo, empecé a cambiar. Porque yo llegué con esa mentalidad en mi cabeza: pensar que todo lo que le estaba pasando a mi hija y todo lo que me pasaba a mí era culpa mía. Ahora entendí que no. Que no fue mi culpa. Creer de nuevo en las personas también se me hizo difícil, pero ahora ya lo estoy superando y lo estoy entendiendo.
—¿Qué le diría a quien cree que no puede seguir?
—Sí se puede con todo esto. No digo que sea fácil. El proceso es difícil. Pero creo que todas las personas tenemos algo dentro de nosotros que nos hace fuertes. Para mí también es creer en Dios. Y aprender de las caídas y levantarnos.
Hay que ser perseverantes, valientes, no rendirse. Muchas veces yo le hablaba a mi hija y le decía: «Mira cuántas personas hay en el hospital, cuántos niños, cuántas mujeres y hombres que luchan por vivir». Personas que tienen una enfermedad incurable, que tienen cáncer, muchas enfermedades que les llevan a la muerte y que tienen que esperar a morir.
—¿Qué significa para usted hoy la palabra «esperanza»?
—Esperanza para mí significa que sí existe esperar que llegue una buena vida, un mundo mejor para mí y para mi hija. También haber llegado a este sitio, sentirme bien, trabajar, luchar por mis anhelos y mis sueños y no sufrir más. Eso, para mí, es esperanza: no sufrir.