Giovanni Scalese: «Todos los domingos celebro Misa por Afganistán» - Alfa y Omega

Giovanni Scalese: «Todos los domingos celebro Misa por Afganistán»

El último civil italiano evacuado llevaba alzacuellos. Cinco años después de la toma del poder por los talibanes, el padre Scalese recuerda su salida de Kabul

Ángeles Conde Mir
El padre Scalese con misioneras de la Caridad en la casa de Tor Bella Monaca, en Roma.
El padre Scalese con misioneras de la Caridad en la casa de Tor Bella Monaca, en Roma. Foto cedida por el padre Scalese.

—¿Cómo recuerda el agosto de 2021?
—Los talibanes llegaron a Kabul el 15 de agosto y las religiosas, los niños y yo nos fuimos el 25. Después supimos que fue una de las últimas ocasiones de partir porque, al día siguiente, se produjo el atentado en el aeropuerto —reivindicado por el ISIS, mataron a más de 180 personas—. La comunidad católica de Kabul, que eran los extranjeros, se había marchado. Solo me hubiera quedado si las religiosas se hubieran quedado —las misioneras de la Caridad se ocupaban de niños huérfanos con discapacidad y familias pobres a través del centro de la asociación Pro bambini Kabul—. Y así se lo dije al embajador. Yo vivía en la Embajada italiana, pero ellas, al vivir en la ciudad, estaban expuestas a cualquier peligro, así que decidieron irse también. Sin embargo, querían llevarse a los niños. Se planteó a las autoridades italianas y hubo una gran disponibilidad desde el principio. El problema fue organizar un vuelo.

—¿Fue peligroso llegar al aeropuerto?
—Desde la embajada fuimos a recoger a las religiosas y a los niños a su casa. Los servicios secretos italianos coordinaron la operación, aunque, evidentemente, no fuimos tranquilos durante aquel trayecto. Se corrió algún riesgo.

—¿Usted fue entonces el último italiano que dejó el país?
—Fui el último civil italiano. Las hermanas no eran italianas y después solo salieron colaboradores afganos, personal diplomático y militares. El 27 de agosto partió de Kabul el último vuelo de evacuación organizado por Italia —en la operación Aquila Omnia, Roma consiguió sacar a 5011 personas de Afganistán—.

—¿Qué fue de las monjas y de los niños?
—Vivieron en una comunidad de Roma. Alguno de los niños terminó adoptado por familias italianas y otros ingresaron en centros adecuados. Solía ir a visitarlos por Navidad y Pascua.

—¿Sigue en contacto con algún afgano?
—Todos los colaboradores de los gobiernos occidentales fueron evacuados. Y todos los empleados de la embajada fueron trasladados a Italia con sus familias. Mantuve el contacto con el cocinero y con el conductor. Se han adaptado bastante bien. Uno está en Toscana y el otro en Sicilia.

—¿Considera traumática aquella experiencia?
—Difícil, sí; traumática, no. En realidad, mis siete años en Kabul fueron difíciles porque vivía sin saber qué podía pasar. Casi todos los días había atentados. Algunas veces, las explosiones cerca de la embajada rompían los cristales de la casa y la capilla. Tenía una estatua de san Miguel Arcángel que quedó hecha añicos. Pero yo me sentía protegido desde lo Alto.

—Creí que iba a decir «protegido por los muros de la embajada».
—[Ríe] También por eso, ¡cómo no!

—¿Era posible acostumbrarse a esa vida?
—Uno se acostumbra un poco a todo, como, por ejemplo, a los terremotos. Afganistán es un país sísmico.

—¿Podía realizar alguna tarea pastoral fuera de la embajada?
—No. La situación empeoraba año tras año. Por no hablar de cuando llegó la pandemia. Sin embargo, hacia el final había nacido una pequeña esperanza por los acuerdos de Doha entre Estados Unidos y los talibanes. Se esperaba llegar a un Gobierno de unidad nacional incluso con talibanes, que habrían renunciado a las armas. En cambio, la situación se precipitó en pocos días. Fue una gran decepción.

—¿Cómo era su vida en Kabul?
—Los primeros años salía de vez en cuando, casi exclusivamente a casa de las religiosas. Pero nunca tuve la posibilidad de conocer el país. A medida que pasaban los años, se volvió más peligroso salir. En tiempos de mis predecesores, se sabía que había un sacerdote católico en Kabul y le tenían un gran respeto. Por ejemplo, el anterior a mí me decía que, en su primera Misa al comenzar la misión, hubo un representante musulmán.

—¿Qué piensa del olvido en el que ha caído Afganistán?
—El pueblo afgano que vive, por lo que sé, en una extrema miseria, se muere de hambre. Al menos, durante los años de la presencia occidental, llegaron a Afganistán ríos de dinero. Es verdad que una buena parte no se sabe dónde acabó, pero también es cierto que había muchas ayudas para el desarrollo.

—¿Usted reza por Afganistán?
—Sí. Todavía tengo el título de ordinario de Afganistán. Por tanto, todos los domingos celebro la Misa pro populo. Sigo celebrando por mi pequeño rebaño disperso.