Manuel López-López: «Lita no era la misma, pero éramos el uno para el otro» - Alfa y Omega

Manuel López-López: «Lita no era la misma, pero éramos el uno para el otro»

Este ingeniero de 87 años cuenta cómo fueron los últimos 17 años de su mujer, en los que padeció alzhéimer. «Lita fue un don de Dios, nuestro destino era estar juntos», dice

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Una de las últimas fotos del matrimonio antes de que Lita falleciese.
Una de las últimas fotos del matrimonio antes de que Lita falleciese. Foto: LibrosLibres.

La conversación con Manuel está plagada de referencias a la navegación, como corresponde a un ingeniero naval apasionado del mar. Con esa misma pasión contó en Navegando del duelo a la esperanza los últimos 17 años de vida de Lita, su mujer, enferma de alzhéimer. Ahora ha querido dejar un legado para otros que atraviesan esa misma experiencia en Faros para los que han quedado.

—¿Cómo notó usted los primeros síntomas de la enfermedad de su mujer?
—Lita fue la compañera perfecta. A lo largo de nuestra vida nos cambiamos de continente, de casa, de país… y siempre ella estaba lista, era una compañía fiel y segura. Para mí, el alzhéimer no es tanto una enfermedad como un entorno nuevo en el que hay que convivir. Ella era muy buena pintora, pero noté que empezaron a variar sus intereses, que comenzó a tener costumbres que no eran las suyas. Cuando se hablaba de deterioros neuronales, ella los negaba y los atribuía a la vejez. Pero yo notaba que iba cambiando; su pintura estaba perdiendo color y, a veces, se ponía muy violenta.

El alzhéimer tiene un problema, y es que no se puede identificar como cualquier otra enfermedad. Tiene indicadores que van alertando de un deterioro neuronal progresivo. En nuestro caso, este proceso nos colocó en una situación de incertidumbre que era muy difícil manejar. Yo soy una persona técnica y estoy acostumbrado a resolver ecuaciones hallando un resultado; sin embargo, nosotros no estábamos ante una ecuación, estábamos ante un misterio.

—¿Cómo vivió usted personalmente esos primeros meses?
—Conocí a mi esposa cuando yo tenía 21 años y ella 19; fue un amor a primera vista. Lo inmediato que quise cuando arrancó la enfermedad fue saber cómo vivía ella la realidad, y eso creó en mí un deseo de conocer cómo funcionábamos a nivel cerebral. Como familia, mis hijos y yo consideramos fundamental saber cómo estaba ella. Fuimos haciendo frente a cada situación nueva que iba surgiendo. Una de las primeras constataciones que hice fue que ella se preocupaba muchísimo por nosotros, lo cual es indicador de la primera fase de la enfermedad. Son ellos los que tratan de protegernos a nosotros: eso fue para mí fue un descubrimiento. Y otro hallazgo fue la necesidad de cuidar mucho la comunicación, lo que incluye no regañar. Ellos están empezando a vivir una realidad distinta, tardan más tiempo en procesar la información; por eso, una de las primeras cosas que hay que hacer es ser muy cuidadosos al hablar con esa persona.

—Tuvo que ir aprendiendo usted cosas nuevas también…
—Sí. Por ejemplo, hubo un momento en el que ella tenía que ir a un centro de día. No la podía obligar, así que, para no se sintiera mal, le dije: «Oye, nos han pedido que vayamos de voluntarios aquí. ¿Te apetece venir conmigo?». Y ella me dijo: «Hombre claro. Si vas tú, ¿cómo no voy a ir yo?». Así que empezamos a ir y ella se sentaba en la zona de los ayudantes; durante un mes estuvo actuando como si fuera una enfermera.

—¿Llegó a pensar en algún momento que ya no era la mujer con la que se había casado?
—Nunca. Ella no era la misma ni yo tampoco era el mismo. Pero nosotros seguíamos siendo el uno para el otro, como antes. Teníamos un objetivo común desde que éramos jóvenes: no hacer dinero, sino simplemente estar el uno con el otro. Encontrarla fue para mí un regalo que me hizo Dios. Nuestro destino era estar juntos y eso tiene un componente de trascendencia muy importante.

—¿En alguna ocasión ella dejó de reconocerlo?
—El alzhéimer tiene una serie de prejuicios y uno de ellos es ese. No es que una persona deje de reconocer a la otra, es que quizá han dejado de comunicarse bien, que es distinto. Yo estoy seguro de que mi mujer sabía quién era yo hasta el final. Me gastaba bromas, me sonreía. Le decía «dame un beso», y ella decía que no, pero al minuto me miraba y me lo daba. Durante la pandemia, yo no podía entrar a la residencia; me quedaba fuera, ponía la mano en la ventana, una enfermera ponía la de Lita en el otro lado, y ella sonreía. Solo con eso merecía la pena. Son detalles mínimos y mucha gente dirá que son tonterías, pero para mí eran mucho. Ha habido gente alrededor que me decía: «Qué mala suerte has tenido». Para mí, mala suerte son otras cosas. Estar 17 años pudiendo ir a ver a mi esposa todos los días… fue maravilloso.

—¿Qué le diría a una familia que acaba de recibir el diagnóstico?
—Lo más importante es que recuerden que están juntos porque hubo y hay amor. La tripulación del barco debe estar unida. La comunicación es fundamental. Mi consejo: mírense a los ojos, cójanse de la mano y tengan el silencio necesario para sentirse el uno al otro.

Faros para los que han quedado
Autor:

Manuel López-López

Editorial:

LibrosLibres

Año de publicación:

2026

Páginas:

266

Precio:

19 €

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