La otra victoria de Jacques Hamel - Alfa y Omega

La otra victoria de Jacques Hamel

Diez años después, en la pequeña iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray se sigue celebrando la Eucaristía. Y Roseline sigue llamando «amiga» a la madre del asesino de su hermano

Eva Fernández
Homenaje al padre Jacques Hamel
Foto: CNS / Benoit Tessier.

La pancarta que preside esta manifestación en homenaje a una muerte cruenta nos descoloca. Lo habitual en concentraciones de estas características hubiera sido encontrarnos con una frase escrita con rabia. Dos jóvenes sostienen el retrato de un sacerdote anciano. Al lado, sobre un fondo blanco, una expresión prestada de san Francisco de Asís: «Donde haya odio, que yo ponga amor». Casi parece un error de imprenta para los tiempos que corren. Las  manifestaciones suelen convocarse contra alguien. Esta se convoca a favor de algo mucho más grande que la muerte.

Hace diez años, en el verano de 2016, dos jóvenes armados con cuchillos irrumpieron en una pequeña iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray, un municipio obrero de Normandía donde nunca pasaba nada digno de acaparar titulares. Jacques Hamel tenía 85 años y llevaba más de medio siglo haciendo exactamente lo mismo: abrir la iglesia, cuidar a sus vecinos y conmemorar diariamente aquello que daba sentido a su día, la Eucaristía. El altar se convirtió en su patíbulo y en su Gólgota. El alba manchada con su sangre se ha expuesto por primera vez en la Iglesia como símbolo de su martirio. Sus asesinos, dos terroristas que habían jurado lealtad al Estado Islámico querían que, a partir de aquella mañana, el odio hiciera el resto.

Diez años después, basta mirar la pancarta para comprobar su fracaso. En esa frase leemos la victoria de un sacerdote anciano, entrelazada para siempre con la historia de dos mujeres desgarradas por el mismo dolor tras aquel asesinato: Roseline y Nassera. El padre Hamel era el hermano mayor de Roseline y Nassera Kermiche la madre del joven que lo apuñaló. Todo comenzó cuando Roseline, rezando un día ante la imagen de una Piedad, pensó en la madre del asesino. Quizás aquella mujer estaría tan destrozada como ella. Esa intuición terminó convirtiéndose en un encuentro. Y, aquel encuentro, en una amistad inesperada que ambas volcaron en el libro Hermanas de dolor, una experiencia que este mismo verano compartirán en el Meeting de Rímini.

En el décimo aniversario, celebrado por la Iglesia francesa, cientos de fieles e incluso el presidente Macron no recordaron un atentado, sino algo infinitamente más revolucionario: una frase que nos cuestiona a todos, porque nos propone responder al odio con amor. Durante las celebraciones el arzobispo de Ruan, Dominique Lebrun, se permitió una afirmación que da sentido a esta pancarta: el martirio de Jacques Hamel «no alimentó la espiral del terrorismo, sino que contribuyó a detenerla». Las grandes fotografías esconden una segunda imagen. En esta se perfila aquello que no ocurrió. No prendió el incendio que los terroristas soñaron. Diez años después, en la pequeña iglesia de Saint-Étienne-du-Rouvray se sigue celebrando la Eucaristía. Roseline sigue llamando «amiga» a la madre del asesino de su hermano. Y una pancarta nos recuerda la auténtica victoria del padre Hamel.