Un menú de encuentro y fraternidad por cortesía de León XIV - Alfa y Omega

Un menú de encuentro y fraternidad por cortesía de León XIV

Alrededor de 200 personas necesitadas compartieron mesa y mantel con el Papa en los jardines de Castel Gandolfo. «Un día que llevaré siempre en el corazón», dicen a Alfa y Omega algunos de los invitados

Ángeles Conde Mir
Un momento de la comida fraterna del Papa en los jardines de las Villas Pontificias de Castel Gandolfo.
Un momento de la comida fraterna del Papa en los jardines de las Villas Pontificias de Castel Gandolfo. Foto: CNS.

El pasado sábado el Papa almorzó en familia, como se hace los fines de semana, sobre todo, cuando uno está de vacaciones. Invitó a su casa de Castel Gandolfo a unas 200 personas de las que no suelen tener ocasión de sentarse a una mesa preparada con tanto mimo. El encuentro tuvo lugar en los jardines del Palacio Apostólico de las Villas Pontificias, rebautizados como Borgo Laudato Si’. «Además, nos ha quedado un día muy bonito, con buen clima, sopla el aire y es agradable», comentaba a Alfa y Omega el limosnero del Papa y uno de los comensales, el español Luis Marín de San Martín. La larga mesa se dispuso a cobijo de la sombra que proporcionaban una hilera de árboles. Pero ni el idílico entorno ni la promesa de comer con León XIV mantenía en su silla a alguno de los 35 niños que acudieron con sus padres al almuerzo. «¿Solo 35? No se están quietos. Parecen muchos más», se sorprendía alguno de los periodistas que asistía de cerca al evento. Mientras, un ejército de camareros ataviados con delantal granate se afanaba por preparar el servicio esquivando a los pequeños. Allí, estaba Claudio, con años de experiencia a sus espaldas, que contaba que nunca había atendido a un Papa; aunque sí a este Papa cuando era Robert Prevost, pues el restaurante que preparó y donó el menú, L’isola della pizza, está a pocas calles del Vaticano y el entonces cardenal Prevost lo visitó en alguna ocasión.

Faltaban pocos minutos para la llegada de León. A unos metros de las mesas, en la improvisada cocina se empezaba a colar la pasta para mezclarla enseguida con el guanciale, la salsa de tomate y el queso pecorino. Los platos con los entrantes ya esperaban listos, protegidos con papel transparente. Entre los comensales se daban unos últimos movimientos, pese a que ya se había solicitado a todos que tomaran asiento. «¿Te quieres sentar junto al Papa?», preguntaba una mujer a Condé. El muchacho caminaba decidido hacia una mesa diferente, redonda y con menos sillas. Allí ya había algún invitado sentado, como un señor italiano al que asiste Cáritas y un refugiado ucraniano acompañado desde la parroquia de Santa Sofía, la casa de los ucranianos en Roma.

Los protagonistas

Irene

Ella llegó a Lampedusa en patera tras un viaje que comenzó en República Democrática del Congo. Ya entonces estaba embarazada del mayor de sus hijos. Asistió a la comida con el Papa León XIV en Castel Gandolfo acompañada por sus pequeños, Federico, de 9 años, y Ricardo, de 5. Los niños regalaron un dibujo al Pontífice.

Condé

A finales de 2024, Condé también llegó a Lampedusa procedente de Guinea Bissau. Tiene 25 años y acaba de terminar un curso de ayudante de cocina en el Borgo Laudato Si’. También estudia electricidad y soldadura y, en septiembre, va a comenzar el equivalente a tercero de primaria. «Quiero quedarme en Italia y trabajar», explica.

Isabel

Emigró a Italia hace tan solo un año, acompañada por sus tres hijos y por la incertidumbre. Es de Lima y nunca pensó que «Dios me abriera las puertas de un momento a otro». Porque relata que fue difícil llegar a un país con otro idioma y en el que no conocía a nadie. «Jamás imaginé que podría haber almorzado sentada al lado del Papa».

Sentados todos a la mesa, hizo acto de presencia León XIV y con él los aplausos y «¡vivas!» al Papa. Todos los teléfonos estaban dirigidos hacia él con el fin de inmortalizar el momento. Pasaban pocos minutos de la una de la tarde, el horario perfecto para comer según los cánones italianos. Aunque antes hubo algunos discursos. Primero tomaron la palabra los encargados de las instituciones que hicieron posible la jornada: por la diócesis de Roma, su vicario, el cardenal Baldassare Reina; por el Dicasterio para el Servicio a la Caridad, su prefecto y limosnero, Luis Marín de San Martín y por el Borgo Laudato Si’ su director, el cardenal Fabio Baggio. Tras sus palabras más formales, el Papa pronunció un discurso casi informal, pero certero. Así lo confesaba el propio León cuando dijo que no se había preparado nada: «Vengo sin discurso, pero con hambre». Con «hambre de justicia, hambre de auténtica caridad, hambre de una Iglesia que realmente sepa abrir las puertas, acoger, recibir a todos; una Iglesia donde haya amor por todos y donde ninguno sea enemigo, donde todos sepamos vivir la reconciliación, el perdón y la paz», proseguía el Pontífice. También animaba a la Iglesia a ser «un lugar donde se puedan eliminar las causas de la pobreza, donde se puedan eliminar las causas de las injusticias que todavía existen en el mundo». 

León no quiso hablar mucho, consciente de que ya cundía esa hambre que se sacia más fácilmente. Y que se sació bien: con una buena pasta amatriciana, carne guisada, patatas, verduras y fresas con nata de postre. «Hablamos muchísimo de comida. Me dijo que el de Chiclayo, y no el de Lima, es el mejor ceviche que pueda existir. Lo echa de menos. Me contó que posiblemente en noviembre esté por allá, pero que todavía hay que coordinar muchas cosas en Roma», relata a Alfa y Omega Isabel, peruana que vive en la Ciudad Eterna desde hace casi año y medio. Ella estuvo sentada al lado de León XIV y todavía le cuesta creérselo. «Ya saben que es peruano. Hablamos de que hay una casa en Lima de agustinos que él frecuentaba mucho y está al lado de mi casa. Lo que es la vida», añade. La joven madre trabaja como voluntaria en la Limosnería Apostólica. Elabora rosarios y los famosos pergaminos con los que se financian buena parte de las actividades de este organismo vaticano. Explica que también ha ayudado a elaborar las acreditaciones que portan los invitados a la comida. Entusiasmada, cuenta que no sabía que iba a comer junto al Papa hasta que se lo han dicho en el último momento: «Yo estaba temblando. Y todavía él me servía a mí, me ponía el agua. Yo le decía: “No, pero yo le sirvo a usted”. Y me respondía que no, que estuviera tranquila». «Para mí ha sido una experiencia increíble. Me ha hablado sobre el amor, la confianza en que Dios todo lo puede. Es un ser humano que transmite tanta paz y tanto amor…», detalla conmovida.

La sonrisa de oreja a oreja de Irene también delataba que había vivido una experiencia muy especial. Su marido no pudo asistir con ella al almuerzo con León XIV, pero acudió con sus hijos, de 9 y 5 años. «Son niños que se portan muy bien», asegura a este semanario mientras apunta que no es la primera vez que está cerca de un Papa. «Con Francisco pude participar en un vía crucis donde llevé la cruz en una estación. Pero, de verdad que no esperaba esta oportunidad, estar sentada en la misma mesa que el Papa», narra con vivacidad. La parroquia romana de Irene, natural de República Democrática del Congo, está en la periferia norte de la ciudad. «Se llama San Giovanni Battista y allí el Papa estuvo del 82 al 85, antes de irse a Perú. Le he contado lo que recuerdan de él los fieles y le he invitado a que vuelva». Irene confiesa que la jornada en Castel Gandolfo será «un día que llevaré siempre en el corazón».

En su discurso, el Papa también subrayó que construir puentes y trabajar contra «la violencia, el odio y la discriminación» podía traducirse en algo tan sencillo como compartir mesa y mantel. Porque «cuando estamos juntos, cuando vivimos este espíritu de encuentro en torno a la mesa, la única mesa donde también está presente Jesús, estamos construyendo un mundo distinto, un mundo de esperanza y de luz», insistió León. 

En la mesa de Castel Gandolfo se hizo realidad por unas horas ese «mundo distinto» más allá de cualquier diferencia. Condé no se lo pensó un segundo cuando le propusieron tomar asiento «en la fiesta de “nuestro Papa”», como la define él mismo. El joven, musulmán, afirma que para él «no hay diferencia, todos somos iguales». Y, como Isabel e Irene, él también sonríe hasta con la mirada, aunque no deja de estar sorprendido, esta vez, por su buena suerte. «¡Es la primera vez que comparto mesa con alguien importante! Y me ha preguntado por mi historia. Yo nunca hubiera pensado que me pasaría algo así en la vida», exclama, todavía abrumado por tantas atenciones recibidas.

Luis Marín de San Martín
Luis Marín de San Martín

Este año, el Dicasterio para el Servicio de la Caridad ha sumado sus esfuerzos a los del Borgo Laudato Si’ y la diócesis de Roma para organizar esta jornada junto al Papa en un entorno como Castel Gandolfo. Luis Marín de San Martín, Prefecto del Dicasterio y Limosnero, cuenta a Alfa y Omega cómo ha sido la experiencia. «Por una parte, hemos puesto en contacto a estas personas con la naturaleza, con este hermoso espacio del Borgo Laudato Si’; y, por otra, nos hemos puesto en contacto los unos con los otros en una llamada al cuidado de la creación y también a la dignidad de la persona y a la fraternidad. Ha sido un día muy especial, muy valorado por todos y muy alegre. Yo agradezco muchísimo al Borgo Laudato Si’, al cardenal Baggio y a todos los que lo han hecho posible, esta jornada de fraternidad, cercanía y encuentro con el Santo Padre. Él tampoco se ha ahorrado nada».

—¿Se puede decir que, además, el encuentro del pasado fin de semana ha reflejado lo que es la verdadera integración?
—Sí. Y hay que cambiar el corazón. A veces, tenemos un corazón excesivamente duro y frío, un corazón muerto. Tenemos que abrirnos a los demás. Todo lo que se cierra en sí mismo se muere: una persona, un grupo, una diócesis, una institución… Hay que dejar que los demás nos interpelen. Mirar a los ojos al otro. No son números o estadísticas, son personas. Cuando abrimos nuestro corazón a una persona, cuando la miramos a los ojos, cuando caminamos con ella y conocemos su historia y sus razones, todo cambia.

Fabio Baggio
Fabio Baggio

El cardenal Fabio Baggio, director del Centro de Alta Formación Laudato Si’, que se ocupa de la gestión del Borgo Laudato Si’, ha sido otro de los artífices de este encuentro que nace con vocación de perpetuarse.

—¿De dónde nace esta idea del almuerzo con el Papa en Castel Gandolfo?
—El año pasado comenzamos con la diócesis de Albano y fue una experiencia maravillosa. Este año repetimos con la diócesis de Roma, con nuestra gente, por ejemplo, quienes viven bajo la columnata y a quienes también ayuda el Dicasterio para el Servicio de la Caridad. La idea es convertir el encuentro en un evento que cada año se celebre durante las vacaciones del Santo Padre.

—¿Cómo ha visto a los invitados?
—Celebramos Misa en el jardín de la Madonnina y pude notar que, quienes no eran católicos, también participaron con gran atención. Durante el almuerzo, la pregunta más insistente de los comensales fue si el Santo Padre traía rosarios para todos.

—¿Cómo ha recibido su nombramiento como pro-prefecto?
—Estoy muy contento por la confianza que el Santo Padre ha depositado en mí. El hecho de convertirme en pro-prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral también incluye otro encargo, el de director del Centro de Alta Formación Laudato Si’. Esto me permite dedicar más tiempo a este proyecto, gracias al encargo del Papa Francisco y que hoy renueva el Papa León. Asimismo, tener al Santo Padre aquí durante sus vacaciones, dedicándonos su tiempo, es una demostración muy importante de su apoyo.