Juan José Aguirre: «Los gestos de ternura son capaces de romper  una costra de violencia» - Alfa y Omega

Juan José Aguirre: «Los gestos de ternura son capaces de romper  una costra de violencia»

El cuerpo del obispo de Bangassou ha protegido a musulmanes y a ancianos apedreados. Ahora deja su diócesis, pero seguirá sirviendo al país

María Martínez López
Juan José Aguirre
Foto: Fundación Bangassou.

El comboniano cordobés Juan José Aguirre dejó hace unas semanas la diócesis de Bangassou (República Centroafricana), a los 72 años, con muy poco. Entre ello, una carta en la que el proprefecto del Dicasterio para la Evangelización, cardenal Luis Antonio Tagle, aplaudía sus años al frente de la diócesis. Y, sobre todo, una colección de misivas de sus sacerdotes, que agradecen su labor de «buen pastor» y su énfasis en los pobres. También se llevaba la satisfacción de ver con su diploma universitario a jóvenes que llegaron «con un año y biberón» al hogar que puso en marcha para 300 huérfanos.

—¿Costó el adiós tras 26 años de obispo?
—Me fui despidiendo de cada grupo y una semana antes, reuní a todos los curas y monjas y les di una charla de lo que habían sido esos años. Regalé el coche que tenía desde hace 20 años y el 12 de junio salí de la misión católica con una maleta con mis libros personales (otras cosas las llevé a Bangui antes), cerré la puerta y me marché. Dejé la ropa, que la religiosa que está allí distribuyó entre los pobres, y muchos libros, también de mi antecesor.

—La diócesis queda en manos de Aurelio Gazzera, hasta ahora su coadjutor.
—He dejado la diócesis al mejor. Es un crack, aunque hará las cosas de forma diferente a mí; es normal. Hay varias buenas maneras de hacer algo. Tocará proyectos que no he tocado yo, sobre todo de agricultura. Mis curas tienen que hacer un esfuerzo, porque estaban muy acostumbrados a mí. Pero Aurelio lo hará muy bien y se acostumbrarán. Intentaré no ir a Bangassou y dejar que él vuele. ¡Aunque me escribe cada día!

—26 años de obispo pero 46 de misionero. ¿Cómo ha conformado la República Centroafricana a Juan José Aguirre?
—Recién llegado al país con 28 años estuve tres viendo, oyendo y callando, en una misión a siete días en coche del primer teléfono. Aprendí la mentalidad, cómo habla la gente, que no hay que echar más leña al fuego, que no hay que ahogarse en un vaso de agua. Aprendí las lenguas y veía la alegría que les daba cuando decía alguna frase. África me conformó como un alfarero da forma con sus dedos a la pieza que está trabajando. Soy muy diferente del que fui; ojalá más evangélico.

—Además del hogar infantil, creó la Casa de la Esperanza, para ancianos con demencia acusados de brujería. ¿Cómo se enfrenta uno a que siga pasando esto?
—Allí siguen lapidando a estas personas y a veces nos lo hemos encontrado. Una vez me decían los sacerdotes: «Déjalo, no es cosa nuestra». Pero yo respondí: «De ninguna manera, la indiferencia nos hace cómplices». Imagine ese corro de personas con piedras, entrar mirando al suelo para que nadie se sienta juzgado, ponerse de rodillas, sacar un pañuelo y limpiarle la sangre. Ya ese gesto descoloca a todos, empiezan a tirar las piedras al suelo e irse. Esos gestos de ternura salen espontáneamente o Dios te los inspira y son capaces de romper una costra de violencia.

Malas noticias

No había pasado ni un mes de su adiós cuando a Aguirre le llegó la primera mala noticia de Bangassou: uno de sus sacerdotes, Crépin Martial Monga, había muerto en Zémio por una herida de bala en el contexto de los enfrentamientos entre las Fuerzas Armadas Centroafricanas y rusos del Africa Corps. Estaba implicado en iniciativas de mediación.

—Más de la mitad de su episcopado ha estado marcado por la guerra. ¿Se va satisfecho de haber podido poner un poco de humanidad en la barbarie?
—El Señor nos ha dado fuerzas y discernimiento para hacer cosas. Sin su gracia no habríamos podido hacer nada. En una ocasión un grupo de indeseables atacaron disparando la mezquita, donde se había refugiado casi todo el barrio musulmán. Fue muy duro porque el Señor nos inspiró ponernos delante como escudos humanos; a algún cura les rozaron las balas la oreja. Al segundo día el imán me invitó a entrar. Había 23 muertos, también niños con un boquete en el pecho. Los sacamos y cavamos una fosa común con gente de la Cruz Roja. Era triste, pero sentía que Dios estaba a mi lado y lloraba. Ese momento nos dejó mella; algunos sacerdotes estaban en shock

Finalmente, soldados portugueses expulsaron a los tiradores y 2.000 personas pudieron salir de la mezquita. Nos pidieron venir a la misión. Creíamos que iban a estar tres o cuatro meses, pero fueron cuatro años. Fue difícil, porque nos llovían ataques por todos lados. Pero también muy ricos porque experimentamos el Evangelio hasta el fondo. Hemos hecho cantidad de encuentros entre protestantes, musulmanes y católicos para el diálogo. Estamos todos convencidos de que pase lo que pase no se va a repetir la guerra, porque todos hemos perdido.

—También ha sufrido enfermedades graves en un sitio con muy pocos recursos. De hecho, pidió renunciar hace seis años tras el tercer infarto. ¿Es esta experiencia una prueba de fuego para la vocación a dar la vida entera?
—Yo he elegido esa precariedad y me he puesto en manos de la providencia sin preocupación. Cuando el Papa no aceptó la renuncia entonces, no me sentí mal: yo hago lo que me diga el Señor. Uno de los infartos me dio en Bangui y me llevaron donde había un grupo de militares franceses, donde justo había una cardióloga. Me salvó la vida. No fue casualidad, es Dios que está allí. Él sabe el día de mi muerte y que me preocupe no lo va a retrasar. Ya he hecho las maletas y cuando llegue, como decía Casaldáliga, abriré mi corazón y estará lleno de nombres.

—No se retira del todo. Desde el Vaticano le han pedido que se queden en Bangui, la capital, arreglando unos problemas de falta de transparencia.
—Como sabe, en las jornadas de Obras Misionales Pontificias se recoge en todas las diócesis dinero para enviar a Roma y luego Roma lo distribuye. Hay que mandar íntegramente lo recaudado, aunque luego nos den 15 o 20 veces más. En los últimos años ha habido algunas disfunciones y Roma se queja de que no hemos enviado todo lo que hemos recogido. Me han pedido que lo arregle de obispo a obispo y que forme a alguien para que lo siga gestionando después.