Sviatoslav Shevchuk: «Cuanto más se habla de treguas, peor estamos»
«Ucrania está defendiendo su derecho a existir», asegura su primado grecocatólico, que en mayo peregrinó con sus fieles de España a la Almudena
—¿Qué le trajo a Madrid en mayo?
—La primera razón es que en España hay hoy 500.000 ucranianos. Tras la caída de la Unión Soviética vinieron muchos a trabajar. Este país los acogió de un modo muy hospitalario. Muchos son ya ciudadanos y se establecieron varias parroquias para su atención pastoral. Cuando empezó la guerra a gran escala, el 24 de febrero del 2022, este país recibió a 250.000 refugiados. Tenemos a 36 sacerdotes que atienden 78 parroquias y centros pastorales. Visité algunos. Y por primera vez en la historia celebramos una peregrinación de todos los ucranianos de España. El arzobispo de Madrid, que es también el ordinario para los católicos orientales, nos invitó a la catedral de la Almudena. Fue extraordinario. La visita pastoral preparó el encuentro de nuestro Sínodo Permanente, que es un organismo en movimiento permanente. En diciembre tuvimos sesión en Australia y en febrero en Brasil, donde tenemos un metropolita.
—¿Cuál es la otra razón?
—El cardenal Cobo, con su vicario del ordinariato, nos están señalando que hay nuevas exigencias pastorales. Hemos venido para proyectar y soñar el futuro, para que se vea que esta estructura del ordinariato no siempre es adecuada para esta nueva situación. El 52 % de los ucranianos en Europa ya están establecidos. Aunque terminara la guerra, es difícil que todos regresen. Su presencia no es una realidad temporal, sino estable. Por eso hay que pensar en un instrumento pastoral estable para el futuro.
Hay una tercera razón. Queremos crecer en comunión entre la Iglesia madre, la de origen de esta gente, y la Iglesia en España. Somos todos católicos. Crecer en la unidad en la diversidad es muy importante para nosotros mismos, pero también para la Iglesia católica en España.
—¿Se ha planteado algún tipo de estructura propia en España?
—Ha sido un momento muy bueno para dialogar, escuchar y reflexionar juntos. Cada país necesita respuestas nuevas. Para nosotros fue muy importante escuchar al cardenal Cobo y al presidente de la Conferencia Episcopal Española —nuestros sacerdotes están bajo una doble jurisdicción: la del ordinario y la de los obispos locales de las diócesis donde están—. Si hubiéramos venido imponiendo nuestras ideas, no iba a funcionar. El éxito será fruto de la comunión y cooperación entre nuestras Iglesias.

—Imagino que también habrán traído noticias de la situación en Ucrania.
—La primera pregunta de todos es «¿cómo está Ucrania?». Nosotros compartimos que tenemos que lidiar con una guerra típicamente colonial en Europa en el tercer milenio. Rusia considera a Ucrania su colonia rebelde, no acepta que exista una nación ucraniana. Esta guerra no es entre pueblos, sino entre dos proyectos de futuro. Ucrania eligió construir un país democrático, la integración en la UE. Rusia, volver atrás y el resentimiento, reconquistar los países que declararon su independencia. Quien paga es la gente sencilla: niños, ancianos, mujeres.
Ucrania está defendiendo su derecho a existir. Cuando el agresor dice abiertamente que tiene que solucionar definitivamente la cuestión ucraniana, eso quiere decir un genocidio. En dos de las zonas ocupadas por Rusia, que son más o menos el 18 % del territorio ucraniano, han arrasado a la población civil. Se descubren fosas comunes, crematorios.
—El pasado invierno fue durísimo, de hecho algunos hablan de un Jolodomor, como el Holodomor pero derivado de la palabra «frío». Y aunque ha habido treguas desde Pascua, se están produciendo bombardeos durísimos.
—Fue el periodo más duro de la guerra. En la capital se alcanzaron los 20º C bajo cero y los rusos cada noche destruían sistemáticamente el sistema de calefacción centralizada de los barrios. Los grandes edificios se convertían en trampas de frío para la gente, las tuberías se congelaban y reventaban. En nuestra catedral abrimos un punto de resistencia, con un generador trabajando las 24 horas. Pero la gente creció todavía más en resiliencia para sobrevivir a estas situaciones inhumanas. Y la Iglesia demostró ser una estructura vital para su supervivencia. Hemos ganado otro tipo de batalla: en Ucrania en estos más de cuatro años ninguna persona ha muerto de frío o de hambre. Tenemos unos seis millones de desplazados internos que supimos recibir e integrar. También quiero dar las gracias a la sociedad española, porque Cáritas Internacional nos echó una mano.
—Mientras se producía todo esto, se hablaba de negociaciones y de la cercanía de un acuerdo. ¿Cómo se entiende?
—Realmente vivimos en un dualismo. Cuanto más se habla de acuerdos y treguas, de paz, peor estamos. Eso es muy difícil de explicar a la gente. Tenemos la sensación de que el agresor no respeta la diplomacia; tal vez la usa como un instrumento para legitimizar los crímenes de guerra. Si un presidente dice que Putin es su amigo, está aprobado lo que ese amigo está haciendo en Ucrania. Según la oficina de la ONU que monitoriza la situación humanitaria en conflictos, 2025 fue el año más sangriento de la guerra, con un 35 % más de víctimas civiles.
Como cristianos tenemos que rezar y defender la paz. Pero hay que distinguir entre una paz auténtica y el silencio de los cementerios. El Papa León XIV habla de una paz que es la paz del Cristo resucitado, la plenitud de la vida, que comprende el respeto de la dignidad de la persona, de la verdad y de la justicia en las relaciones.

—¿Cómo valora la actuación de la Santa Sede en el pontificado de León XIV?
—La voz del Papa es una voz profética, que muchas veces proclama la paz contra las corrientes políticas internacionales. Después de su último encuentro con nuestro presidente, León XIV por primera vez desde la invasión rusa de 2014 recordó algunas palabras clave. Dijo ante todo que para obtener un acuerdo de paz auténtica hay que respetar la Constitución ucraniana, que proclama el derecho de un Estado soberano y sus límites internacionalmente reconocidos, anteriores a 2014. La segunda es que Europa tiene que jugar su papel y cumplir su responsabilidad. Y una tercera cosa muy importante: no se puede conseguir la paz sin respeto por el derecho internacional y por el derecho humanitario. El Papa no solo es un profeta que anuncia estos principios sino que realmente demuestra cómo aplicarlos, una hoja de ruta.
——En España, también presentó el libro con esos videomensajes del primer año de guerra que tanto interés suscitaron. ¿Qué significaron para usted?
—Jamás pensé en escribir un libro en un momento tan chocante. Pero sentí la gran necesidad de hacerlo. La gente exigía la voz de la Iglesia. Además, esta guerra desveló las preguntas existenciales fundamentales: ¿cómo ser cristianos en este tiempo? ¿Qué hacer? ¿Dónde está Dios? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? Como pastor me sentí en el deber de iluminar los momentos más oscuros de la historia. De modo espontáneo, hemos creado una espiritualidad cristiana en el contexto de la guerra.
—Sobre el papel de la religión en el conflicto, ¿qué papel juega el Consejo Panucraniano de las Iglesias y Organizaciones Religiosas (PUCCRO por sus siglas en inglés)? Engloba a algunas que están enfrentadas entre sí.
—El PUCCRO representa al 75 % de la población. Es la organización civil más potente de Ucrania. Y desde que empezó la guerra está ejerciendo una voz muy importante para toda la sociedad. Estamos viviendo otra forma de ecumenismo y de diálogo interreligioso que yo llamo existencial, porque todos nos enfrentamos al mismo desafío existencial. Yo sentí esto personalmente en Bucha cuando visité las fosas comunes. También supimos colaborar para salvar vidas humanas.
El PUCCRO es un organismo muy importante para incentivar esta cooperación interna del pueblo. También de cara a la comunidad internacional es una voz muy autorizada y respetada. Publicaremos un libro con todas nuestras cartas en 30 años, pues supimos desarrollar una doctrina social de las Iglesias y de las asociaciones religiosas de otras religiones, sobre la dignidad humana, la libertad, la inviolabilidad de la vida humana, los valores familiares, el derecho institucional del país y el derecho internacional.