In memoriam. Maribel Fraga se fue en silencio - Alfa y Omega

Se fue nuestra Piquito, en silencio, como casi todo lo que hacía en su vida, aunque todo fuera muy grande y hecho con mucho amor. Se nos fue como quiso, con los pobres y entre los pobres. Se fue a morir a Madagascar, dándolo todo por los demás, vaciándose de sí misma para llenar la vida de otros. Y nos ha dejado un enorme vacío, que solo lo pueden llenar los recuerdos de una mujer buena, ejemplo de humildad y sencillez. 

Piquito era la hija desconocida de Manuel Fraga, Maribel, cuya modesta vida, tras su fallecimiento el pasado día 11 de junio, sorprendió a muchos, a casi todos. No a mí, que la conocía desde hace muchos años, y sentí la obligación de escribir de su fallecimiento en mi periódico, The Objective, porque no quería que su vida de fe y entrega a los demás muriera con ella en un pueblo perdido de África oriental. 

La recordé como era, la mujer desprendida de todo bien material, que recorría las calles de Madrid ayudando a los pobres, llevando alimentos, ofreciendo compañía y, si era necesario, curando, no solo el alma, sino también el cuerpo. Su vocación de profesional de la medicina la ejerció hasta su último aliento, junto a las religiosas con las que vivía en su última misión humanitaria. 

No sé si me perdonará haberla hecho famosa por un día, siendo portada de la versión digital de revistas del corazón y noticia en la mayoría de los periódicos de España; ella, tan discreta. Pero yo he sido muy feliz al hacerlo, porque la gente tenía que conocerla y, desde el cielo, sé que me lo perdonará. Dar a conocer su vida ha removido conciencias y ha sacado lo mejor de mucha gente anónima, que dejaba sus comentarios en la redes sociales: «Una persona impresionante y muy desconocida como ella quería»; «una vida llena ayudando a los demás. Todo mi respeto y admiración»; «siempre fue una maravillosa persona»; «era todo un ejemplo a seguir… Ojalá tuviésemos todos ese espíritu… Que descanse en paz».

Piquito ya nos cuida desde el cielo, sobre todo a su hermana Carmen, su ángel de la guarda, a la que no dejará, como ella nunca la dejó y protegió hasta el final. Hoy miro hacia atrás y la recuerdo con su gorrito de paja, su sencilla cruz de madera amarrada con un cordoncito al cuello, sus sandalias franciscanas y su alegría de vivir en Dios.