La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús es una oportunidad singular para preguntarnos si «el amor misericordioso e infinito de Dios por cada ser humano», del que hablaba León XIV en el Centro de Acogida de Migrantes «Las Raíces», en la isla de Tenerife, habita el corazón de cada uno de nosotros. La referencia tiene que ser Dios, cuyo amor «no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad».
Corazones misericordiosos que consuelan
Un día más que oportuno para pensar, como hacía el Papa, en los corazones de los migrantes que estaban junto a él, «heridos por tantas dificultades y también consolados por el amor recibido gracias a tantos corazones abiertos, generosos y misericordiosos». La gran pregunta es donde nos situamos cada uno de nosotros ante los vulnerables, si somos gente que hiere o gente que practica la misericordia, si somos buenos samaritanos capaces de sanar heridas.
El convite que ha hecho el Santo Padre es también para cada uno de nosotros: ofrecer los tesoros que cada uno tiene y recibir lo que se nos brinda, ver las migraciones como «ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo». Dado que «todos – de algún modo – somos migrantes», somos llamados a ser humanos, a devolver la esperanza y dignificar la vida del otro.
El lenguaje de la cercanía
Para ello es necesario derribar barreras, que «no siempre son de piedra», sino que «a veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia», como decía el Papa en la Plaza del Cristo de La Laguna, en su encuentro con las Realidades de Integración de Migrantes. El reto es saber leer «historias de dolor, de esperanza y de búsqueda» y «aprender el lenguaje de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de acoger, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos».
Un desafío que también enfrenta la Iglesia, para «aprender a leer en la vida concreta de quienes sufren en el cuerpo o en el espíritu un signo vivo que remite a los santos Evangelios», para tocar con amor el dolor humano y entender que «ante el necesitado, la fe se hace concreta y el amor a Cristo se transforma en gestos». Somos llamados a entender que «la solidaridad nace del reconocimiento de la dignidad humana», y que «la acogida abre la puerta; la integración ayuda a cruzar el umbral. La asistencia coloca bálsamo en la herida y la integración reconstruye el futuro».
Somos imagen del corazón de Dios cuando somos capaces de mostrar al otro que «tu vida no es un descarte, tu sufrimiento no es invisible, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas que has atravesado». Cuando ofrecemos la posibilidad «de recomenzar, de aprender, de trabajar, de servir, de participar, de no quedar para siempre encerrados en la condición de víctimas», como recordaba el Papa.
El corazón de Dios trasparece en nosotros cuando entendemos que nuestra conciencia «no puede permanecer indiferente ante las víctimas», que «cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana». Cuando, con palabras claras y proféticas denunciamos «a quienes se aprovechan de la desesperación», cuando dejamos claro que «la última palabra no puede tenerla el miedo, la indiferencia, ni la violencia de quienes comercian con la vida humana», sino Cristo, «que se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado». A Cristo tenemos que mirar «para aprender a mirar con sus ojos a nuestros hermanos», y así tener un corazón semejante al suyo.
El corazón de la historia
Un Corazón de Jesús que «se deja contemplar por nosotros como el corazón de la historia», decía al iniciar su homilía en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife. Un corazón que nos llama «al éxodo y al encuentro» y a entender que «hay vida cuando se da vida». Por eso es necesario que nos preguntemos: «¿Qué busca el corazón?» y que descubramos la riqueza de los pobres, de los pequeños, «a los que nadie estima capaz de pensamiento y de palabra», que «nos dejemos evangelizar por aquellos a los que socorremos».
Seamos capaces de «encontrar al corazón de Cristo en el rostro amigo y hospitalario de personas y comunidades fraternas». Para ello, es necesario prestar atención a todos y hacerlo «con una mirada que va más allá de las apariencias y reconoce la profundidad de sus corazones inquietos, que no pocas veces ya está orientado, quizás inconscientemente, hacia el Reino de Dios y su justicia». No olvidemos que el corazón de Cristo y de su Evangelio es el amor.