León XIV llama al diálogo social: «La Iglesia no se desentiende de nada verdaderamente humano»
En su encuentro con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte, el Pontífice ha propuesto «que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo ni renuncie a la verdad», que «la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses» o que Europa no le dé la espalda a la fe
Pareció un saludo intrascendente e improvisado, pero a medida que avanza el viaje del Papa a España uno se da cuenta de hasta qué punto las breves palabras que el Santo Padre dijo en el avión a los medios a bordo –Alfa y Omega entre ellos– estaban medidas y daban algunas claves no diría importantes, pero al menos interesantes.
Pocos minutos antes de aterrizar, León XIV confesó que viene a nuestro país a encontrarse «con los fieles» y celebrar con ellos «la fe y a anunciar el mensaje de Jesucristo». Pero también, «al mismo tiempo», a «saludar a toda la sociedad, porque la Iglesia tiene un mensaje para todos, como habrán podido comprobar en la encíclica».
Este domingo por la tarde, en el Movistar Arena, se ha materializado ese «mensaje para todos» -actualización del famoso «todos, todos, todos» de Francisco- durante el encuentro que el Pontífice ha tenido con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte.
Custodiar el alma
A todos ellos, el Santo Padre, después de alabar la «huella de creatividad que atraviesa la historia» de España «y da forma a su identidad», y de lanzar a los presentes una pregunta -«¿qué herencia estamos dejando al futuro y por ende, qué tipo de comunidad estamos construyendo?»-, les ha instado a custodiar el alma de las creaciones e ir al fondo. «De lo contrario, corremos el riesgo de ser expertos en los medios y eficaces para producir, pero inciertos acerca del porqué, para qué, con quién y para quién se produce».
En este contexto, la Iglesia «anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo». Se trata de dos mundos llamados a encontrarse. Porque «en el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza y de verdad». Además, la Iglesia es «experta en humanidad» y «no se desentiende de nada verdaderamente humano». Y aún más, «la «actitud de diálogo es parte integrante de su vocación», ha resaltado el Papa de su encíclica Magnifica humanitas.
Pero, «¿qué significa ser verdaderamente humano?», se ha preguntado el Pontífice. En su respuesta, el sucesor de Pedro ha hablado de Jesucristo, quien «responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad».
Diálogo social
Durante su discurso, el Santo Padre también ha llamado a todos a preguntarse «qué valores estamos preservando y cuáles estamos dejando morir. Son preguntas profundas, necesarias y que no pueden ser ignoradas». Pero para atender a estos interrogantes, «es menester un diálogo social que podemos comparar con el arte de tejer redes, que implica encuentro, escucha, diálogo y respeto».
Concretamente, «un diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana». Por ejemplo, «que la universidad no viva de espaldas al mundo del trabajo ni renuncie a la verdad; que la actividad empresarial no vea al empleado como un factor más en la ecuación de sus intereses o que el progreso tecnológico tome en cuenta a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz».
En este sentido, cabe señalar la disparidad de instituciones presentes esta tarde en el Movistar Arena, donde se han dado cita 12.000 personas. En primera fila, por ejemplo, se encontraba Carlos Cuerpo, vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía, y sentada a su lado la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso.
No obstante, no se trata de dialogar sin más, sino de, a partir de ese diálogo, «crear juntos». Arte, poesía, literatura… y también solidaridad. En este sentido, León XIV ha destacado a esos «hombres y mujeres movidos por la fe» que «han edificado hospitales y escuelas, dieron pie a iniciativas solidarias y hablaron con un lenguaje que dignifica a las personas».
Europa y la fe
En la última parte de su discurso, el Pontífice se ha referido a Europa, consciente de que su visita a España es la primera a un gran país del continente, y va a ser leída en clave global. En este sentido, ha afirmado que «cabe preguntar con honestidad si el mundo —y en particular Europa— habría forjado su identidad sin la huella espiritual que ha impregnado su historia».
Pero el Santo Padre ha asegurado que «no se trata de una provocación», sino de una «invitación a pensar si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y el espacio mediante la encarnación de Jesucristo, pueda volver a reconciliarse con lo cotidiano». Y ha añadido: «¿En serio es posible creer que la Europa —a la que tanto amamos—, sería ella misma sin la huella de la fe? ¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianidad? Sigue vivo el grito de mis Predecesores: “¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Jesucristo no nos quita nada y nos da todo”».
Por último, además de interpelar a Europa en su relación con la fe, el Papa ha instado a no ignorar el grito de los pobres. «Esta Iglesia, “experta en humanidad”, aunque a veces camina contracorriente, insiste en que las estructuras económicas e institucionales son justas solo en la medida en que sirven al desarrollo integral de la persona y favorecen la participación responsable de todos».
Por último, el Papa se ha fijado en el mundo del deporte, al que recientemente le dedicó una extensa carta, y del que ha confesado que aprendió «el respeto por el adversario». Asimismo, ha destacado «cuántos deportistas nos enseñan a perder sin odiar, a ganar sin humillar». Y ha cerrado su extenso discurso con una invitación: «a ser hilos nuevos para tener redes nuevas que armonicen todos los ámbitos de la vida, para entramar una sociedad renovada en donde el tiempo se impregne de eternidad, la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo, la educación promueva la búsqueda de la verdad con espíritu crítico, el arte despierte asombro y genere emociones nobles, la empresa reconozca la dignidad de la persona y el trabajo siga siendo motor de esperanza».