Esa fuerza poderosa - Alfa y Omega

El malditismo, esa patología llegada de Francia (Baudelaire, Rimbaud, Gauguin, Jarry, Piaf, Vian y tantos otros) que aflige a los genios hipersensibles y que los empuja a una espiral autodestructiva, no tiene demasiado arraigo en nuestro país. Salvo contadas y notorias excepciones, como el torero Juan Belmonte, el poeta Pedro Casariego Córdoba (Pecascor), el director de cine Iván Zulueta o el ciclista Luis Ocaña, la intensa vida cultural y artística española no ha descollado por propiciar ambientes de pulsión tanática. Todos los mencionados, además, gozaron en vida de un merecido reconocimiento por parte de la crítica y el público.

Por eso, dentro de la reducida nómina de los malditos patrios, es singularmente trágica la historia del hoy muy desconocido Juan Antonio Canta (Juan Antonio Castillo Madico, 1966-1996, alias Patuchas), de cuya terrible muerte, al poco de publicar su gran (y única) obra en solitario (Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta, 1996) se cumplen 30 años. «Algunas batallas se ganan, otras se pierden. Pero, ¿qué pasa cuando pierdes las que ganas?». Así reflexionaba el cantante cordobés cuando le preguntaban acerca de su gran hit, Danza de los 40 limones, que se convirtió inesperadamente en la canción del verano de 1996. Porque, en efecto, el de Patuchas es un extrañísimo caso de muerte por éxito involuntario.

Juan Antonio Canta.
Juan Antonio Canta.

Juan Antonio Canta fue uno de los miembros de la banda de punk rock gamberro Pabellón Psiquiátrico (1986-1992), que, aunque alcanzó cierto éxito en Argentina, en España no terminó de triunfar (a pesar de lanzar temazos), y se quedó estancado como un grupo para muy cafeteros. Aunque la propuesta musical de Pabellón Psiquiátrico no parecía diferir de la No Me Pises que Llevo Chanclas o Mojinos Escozíos, en cada uno de sus irregulares LPs Patuchas iba diseminando joyas que supuraban una acusada melancolía, escondida bajo la coraza de un demasiado explícito épater le bourgeois: «Como los pasos del viejo peregrino / hacen suave el escalón / a base de besos romperé las columnas / en que te escondes de mi traición».

Tras la disolución de la banda, Juan Antonio Canta se retiró de los escenarios. La experiencia no le había dejado satisfecho: no había encontrado ni el tono ni el estilo a través de los que mostrar su sensibilidad y su desbordante pulsión por la originalidad. Por eso, empezó a estudiar arte dramático en Madrid, mientras poco a poco iba madurando su expresividad y su imagen, evolucionando de un punk sucio y macarra a un muy personal croonerismo a medio camino entre el cantautor y la performance circense. A principios de 1996 ya estaba listo para dar el salto y, tras grabar prácticamente él solo un puñado de canciones, empezó a dar a conocer en bares y pequeñas salas de conciertos, como la mítica Libertad 8, su flamante nuevo disco: Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta.

El LP está lleno de grandes canciones, como Te quiero (una preciosa balada low fi, baja fidelidad); la desternillantemente romántica Copla del viudo del submarino; la divertidísima Johnny Mc’N’Roe; esa inclasificable bossa nova que es Catherine Deneuve; la sencilla y tierna Si tú, si yo («Siento esa fuerza poderosa / que está en todas las cosas / las hace más hermosas»); o esa auténtica maravilla, compendio del idealismo y desencanto sesentayochero, que es Cama roja («La cama tan roja / el ocaso sobre la marea / tan solamente creo en la belleza de tu cuerpo / que se marchita al ritmo de la caja del reloj»). Sin embargo, el éxito le llegó a Patuchas por Danza de los 40 limones, tema dadaísta, plagado de referencias culturetas, que se convirtió en la canción del verano debido a la actuación del cordobés, a petición de su paisano Pepe Navarro, en el programa de moda: Esta noche cruzamos el Mississipi.

«Un día salí en la tele y me vino una avalancha encima. Me veo y me doy pena, porque soy más que el hombre de los mil limones». La popularidad de los 40 limones eclipsó el resto del disco, de una excéntrica belleza poética que pasó completamente desapercibida para el gran público, que le endosó la etiqueta friki viralizada por el arreglo telebasura que Tele5 hizo de su canción. Todo el mundo le pedía que interpretara una y otra vez el tema de los limones, ignorando sus demás canciones y reduciendo a Patuchas al mismo nivel que una Tamara/Yurena o un Leonardo Dantés. Este (injusto) baño de masas terminó por hundirle anímicamente.

Juan Antonio Canta se quitó la vida a finales de ese año. «No importa si pierdes o si ganas. Lo importante es no perder las ganas», dijo en una de sus últimas entrevistas. Su obra más íntima, en la que había volcado su torrencial creatividad, se había convertido en un protomeme, por una lectura literal de sus canciones incapaz de ver esa fuerza poderosa que latía bajo ellas. 30 años más tarde nos queda un disco extraordinario, que no ha perdido un ápice de frescura y actualidad, y el recuerdo de un alma frágil que se rompió demasiado pronto. «Pienso que tras las grandes revoluciones racionales / se restaura sonriendo el orden anterior. / Y los que murieron a manos de rebeldes / pudieron engendrar a ese mesías que ya no viene. / Déjame decirte entre lo malo y lo peor / yo no elijo nada y sigo soñando».