San Isidro: un hombre injertado en la vida cotidiana de Madrid - Alfa y Omega

San Isidro: un hombre injertado en la vida cotidiana de Madrid

El ejemplo de san Isidro nos hace ver la necesidad de mirarnos como hermanos, dar abrazos que ayuden a superar las soledades y cuidar los vínculos que nos hacen familia de Cristo

José Cobo Cano
El cardenal José Cobo en la tradicional Misa en la pradera de San Isidro.
El cardenal José Cobo en la tradicional Misa en la pradera de San Isidro. Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Homilía de la Misa en la pradera de San Isidro. 15 de mayo de 2026

Un año más volvemos juntos con alegría a esta pradera vestida de fiesta y de memoria agradecida a nuestro patrón, aquel que es el que da alma y el que pone el sentido a esta fiesta, san Isidro Labrador.

Hoy valoramos lo sencillo: en el paseo, en la tortilla compartida, el chotis, la familia y los amigos. Aquí celebramos a un vecino que vivió entre nosotros: bautizado, esposo y padre; un hombre sencillo, hecho de tierra y de cielo, profundamente injertado en la vida cotidiana de Madrid, como uno más. Por eso san Isidro sigue hablándonos hoy, en medio de este Madrid vivo, mestizo y lleno de sorpresas.

Y quizá hoy conviene preguntarnos algo muy sencillo: ¿qué necesitamos?, ¿qué necesita de verdad Madrid? ¿Más ruido o más alma? ¿Más enfrentamiento o más vecinos capaces de mirarse como hermanos? ¿Más soledades o más abrazos?

Como siempre que nos reunimos los cristianos, escuchamos a Jesús. Hoy, con esa Palabra que nos ha bendecido nos habla de algo que san Isidro entendía muy bien: del campo, de la vid y de los sarmientos. Esta pradera nos recuerda aquellos campos de Madrid —Recoletos, Atocha, Arganzuela— que un día fueron campos de vides. Y aquí Jesús nos dice: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos».

Aunque hizo mal tiempo, la asistencia a la Misa de campaña fue multitudinaria.
Aunque hizo mal tiempo, la asistencia a la Misa de campaña fue multitudinaria. Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

¿Qué significa esto? Que ninguno vive solo. Que nuestra vida tiene raíces. Que, aunque muchos quieran desenraizarnos, seguimos teniendo vínculos y somos familia unidos a Cristo, como la vid está unida a sus sarmientos.

Cristo no funda un club, ni una ideología. No nos mira por el barrio donde vivimos, el pasaporte o el DNI. Cristo-vid reúne a toda la humanidad sin muros ni divisiones, y nos recuerda que entre nosotros circula una misma savia: el amor de Dios. ¡En los tiempos que corren esta es una noticia revolucionaria!

Pero Jesús también nos advierte: el sarmiento no vive por sí mismo. No nos hacemos solos. Necesitamos descubrir que Dios nos sostiene y nos enseña a mirarnos de otra manera, mirándonos unos a otros como hermanos que tenemos la misma savia de Dios.

Si el sarmiento se separa de la vid, se seca; y eso también nos pasa a nosotros. Cuando nos alejamos de Cristo, de la oración, de los sacramentos, del amor concreto y del cuidado de los más vulnerables, empezamos poco a poco a secarnos por dentro y a generar enemistades, odios y enfrentamientos.

Y quizá aquí está una de las claves de lo que vivimos como sociedad: mucha opinión, mucho ruido, mucha agitación… pero pocas raíces. Mucha conexión digital y mucha desvinculación humana. Cuando perdemos las raíces, todo se vuelve frágil y manipulable.

Imagen de san Isidro que, aparte de patrón de Madrid, lo es de los agricultores.
Imagen de san Isidro que, aparte de patrón de Madrid, lo es de los agricultores. Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Por eso Jesús insiste: «Permaneced en mí y yo en vosotros». No dice «permaneced en una ideología o en un proyecto». Jesús dice «permaneced en mí, en mi amor, en mi vida concreta».

Permanecer es una palabra sencilla, pero exigente. No significa quedarse quieto, sino decidir cada día ser fiel. No romper los vínculos esenciales con Dios, con la historia, con los vecinos, con los amigos y con los pobres. Eso hicieron los santos. Eso hizo san Isidro. Permaneció en Dios en medio del surco, e hizo de lo cotidiano un lugar de encuentro con el Señor.

Hay una escena de su vida que siempre me impresiona. Su amo estaba enfadado porque decían que Isidro rezaba demasiado y trabajaba poco. Lo vigiló desde lejos y vio cómo Isidro rezaba al tiempo que los bueyes seguían avanzando. La tradición dice que los ángeles guiaban el arado. Pero creo que lo que ocurría es que no quitaban el trabajo ni el esfuerzo a Isidro. Él oraba trabajando y los ángeles le daban la fuerza.

Y aquí está lo provocador de esta historia: quizá el problema de nuestro tiempo no es que recemos demasiado, ni que queramos trabajar menos; quizá vivimos demasiado sin alma, demasiado sin silencio y demasiado sin Dios. Y entonces nos cansamos pronto, nos vaciamos por dentro y perdemos el rumbo.

Porque aquellos ángeles no hacían el trabajo por Isidro: los ángeles daban sentido a su trabajo. Porque cuando Dios ocupa el centro, la vida no se aleja de la realidad: entra más profundamente en ella. ¿No será que muchos de nuestros cansancios vienen de intentar sostener la vida solos? ¿No será que a veces nos encontramos secos, sin savia y sin esperanza porque andamos sin Dios?

Jóvenes de la archidiócesis con camisetas para la visita de León XIV a España.
Jóvenes de la archidiócesis con camisetas para la visita de León XIV a España. Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Pero nadie permanece solo. Necesitamos ayuda. Necesitamos comunidad, amigos, cristianos que nos sostengan. La segunda lectura lo decía con fuerza: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma». No era una frase bonita; era una forma de vivir. Compartían, se cuidaban, nadie pasaba necesidad.

Ese es también nuestro reto hoy. Vivimos tiempos de polarización y enfrentamiento. Parece que para defender ideas hay que golpear personas. Nos cuesta escuchar, dialogar y discrepar sin descalificar. Con facilidad reducimos al otro a una etiqueta o a un bando.

Pero un sarmiento no puede decirle a otro: «No te necesito», porque ambos viven de la misma vid. ¡Qué imagen tan poderosa para Madrid y para la Iglesia de hoy!

La unidad no es uniformidad. En una vid hay muchos sarmientos, distintos y diversos, pero unidos en lo esencial. Esa es la imagen de Iglesia y de sociedad que necesitamos.

San Isidro, ayudado por santa María de la Cabeza, entendió esto sin grandes teorías. Su campo era lugar de encuentro con Dios. Su oración no lo alejaba de la realidad: lo hacía más atento, más justo, más solidario y acogedor con el forastero. San Isidro fue un hombre que supo vivir de lo esencial: unido a la Vid. Y por eso dio fruto: fruto de justicia, de generosidad y de paz.

Vecinos de Madrid, algunos vestidos de chulapos con parpusa y clavel.
Vecinos de Madrid, algunos vestidos de chulapos con parpusa y clavel. Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Madrid necesita hoy muchos hombres y mujeres así. Muchos Isidros e Isidras. Personas que, sin hacer ruido, construyen barrios y pueblos de encuentro, de respeto y de esperanza. Personas que siguen llevando vida a sus vecinos desde tantas parroquias, comunidades, colegios y familias cristianas. Porque cuando la savia es la misma, los sarmientos no compiten entre sí: viven en comunión y dan fruto.

Por eso hoy quisiera hacer una invitación muy concreta: no dejemos que el desarraigo marque nuestra época. Renovemos aquí, como sarmientos, un nuevo arraigo en Cristo y en el Evangelio.

Eso es lo que hacemos cada domingo en la Eucaristía: entrelazar todos los acentos, todas las edades y todas las condiciones alrededor de Cristo. Cultivemos los reencuentros improbables. Las conversaciones que las ideologías no quieren que sucedan. Los abrazos con quienes más sufren. Y especialmente acerquémonos a quienes más nos necesitan.

Goya pintó esta pradera para la posteridad. ¿Y si nosotros pintáramos hoy algo que también merezca ser recordado? Recomencemos la fraternidad. Demostremos que todavía es posible convivir y caminar juntos.

Y en este camino, nuestra mirada se abre también a un acontecimiento muy importante: la próxima visita del Papa León XIV a Madrid. Él nos invita a «alzar la mirada», a ir más allá de nuestras trincheras y a volver a la unidad que nace de Cristo.

Esta cruz tiene grabado el lema de la visita papal a España: 'Alzad la mirada'.
Esta cruz tiene grabado el lema de la visita papal a España: Alzad la mirada. Foto: Archimadrid / Javier Ramírez.

Estoy seguro de que su visita será una buena noticia no solo para los creyentes, sino también para muchas personas alejadas de la fe y que verán en nosotros el rostro de la Iglesia. Preparar su venida no es solo organizar actos. Es preparar el corazón.

Y permitidme también dar las gracias —alcalde, Comunidad de Madrid, Delegación del Gobierno, empresarios, voluntarios y colaboradores— por vuestro apoyo y colaboración.

Alcemos la mirada, como hacía Isidro cada mañana, para que el Santo Padre encuentre una Iglesia en Madrid viva, diversa, plural y profundamente unida porque está arraigada en Cristo y porque pone por encima lo mucho que nos une.

Hermanos y hermanas, san Isidro no fue un hombre de discursos. Fue un hombre de vida, arraigado en lo fundamental. Y quizá esa sea hoy la pregunta final: cuando pase esta fiesta y volvamos mañana a la rutina, ¿de qué vid vamos a vivir? ¿Qué savia está alimentando nuestro corazón?

Pidámosle a san Isidro que interceda por Madrid y por nuestros pueblos. Que nos enseñe a vivir enraizados a Cristo y como una sola familia. Que nos ayude a superar divisiones estériles y a construir una verdadera cultura de la paz, esa paz «desarmada y desarmante» que tanto repite el Papa León XIV. Y que nunca olvidemos esto: separados nos secamos; unidos a Cristo, damos fruto y ese fruto permanece.