Cuando no llega el milagro - Alfa y Omega

No puedo evitar pensar con qué criterio o voluntad Dios permite que se den los milagros. Evidentemente, no seré yo quien ponga en tela de juicio el obrar divino, pero mi humanidad, después de un año de lucha, aflora sin dejarme aliento. No dejan de llegarme testimonios de curaciones inesperadas, de intercesiones de santos y, cuando hago búsquedas de la Palabra, aparece la hemorroísa. Solo ella, en aquel maremágnum de manos que tocaban su manto, tuvo la fe inamovible de que iba a ser curada y lo fue. Yo estoy —quiero estar, esa es la verdad, ya flaqueo— segura de que el milagro se va a obrar. Pero cada llamada de teléfono es una sucesión de malas noticias. Miro atrás, veo un despliegue de intentos humanos y divinos —peregrinación a la tumba de Carlo Acutis y rezo diario ante reliquias— y, esta vez, no pido y se me dará. O eso parece. No comprendo. O no quiero comprender, me falta fe. Leo el testimonio de la madre de Belén en estas páginas, cuya hija falleció en tres días y su madre asegura que ella «urgía allí arriba», y no sé si seré capaz de tamaña  heroicidad. Ni si sabré sujetar la mano de mi hermana en estos tiempos aciagos. Ni si seré capaz de no entender el porqué.