Abuelos, playa, verano - Alfa y Omega

Desde que nació mi hija, me gustaba la idea de compartir con ella lo que a mis ojos de adulta podría expandir su mirada, aumentar su conocimiento, abrir otros mundos. Hemos ido al teatro durante todas las etapas de su aún mantenida infancia; visto museos; viajado a otras ciudades; aprendido alguna que otra cultura. Me he afanado en que experimente la diversión que provocan nuevos retos, que sea valiente, que tenga experiencias inolvidables. Ahora tiene 7 años y, cuando se supone que todo esto está en su momento álgido, me doy cuenta de la aplastante realidad: mi hija es feliz con las cosas más sencillas. Visitando las casas de sus mejores amigos y vecinos, al lado y debajo de la nuestra. Con la rutina cada mañana de despertarse a la hora que le plazca en este tiempo estival. Pero, sobre todo, mi hija no prioriza conocer París o ir a Disney. No pone por delante probar el último mega tobogán de un parque —tampoco le hace ascos—. Lo que ella quiere es, cada noche, tomarse un helado con sus abuelos después de un intenso día de playa mediterránea; ver la tele a la hora de la siesta recostada sobre su abuela; jugar en la orilla de la mano de su abuelo. Esos son los recuerdos que marcarán su infancia. Ella ya ha elegido.