Hace 35 años, 20.000 albaneses llegaron a Italia en un solo día
Fue la odisea del barco Vlora. Acababa de caer la dictadura comunista de Enver Hoxha y el futuro del país era aún más incierto. La mayoría fueron repatriados
Salvando las distancias, si hay alguien que pueda entender el impacto por el que han pasado los ceutíes probablemente sean los bareses que un 8 de agosto de 1991 vivieron el desembarco de la nave Vlora.
En Bari habitaban entonces unas 320.000 personas y fueron 20.000 los que llegaron al puerto de la ciudad procedentes de Durres, en Albania. Aunque la región de la Apulia llevaba mucho tiempo recibiendo pateras desde su vecino del otro lado del Adriático, nadie podía imaginarse lo que estaba por llegar. Se había corrido la voz entre los albaneses de que un buque iba a zarpar con destino a Italia, lo que entonces para ellos era sinónimo de futuro y libertad.
Abordaron la nave
El Vlora era una modesta nave que había llegado pocos días antes con azúcar desde Cuba. Necesitaba reparaciones, pero nadie escuchó al capitán cuando miles de almas comenzaron a abordarla. La policía no pudo hacer nada, incluso muchos agentes intentaron subir, y el capitán fue obligado a zarpar.
La llamada «Corea del Norte europea» acababa de salir del férreo régimen a la que fue sometida por el dictador Enver Hoxha y su sucesor. Albania era un país autárquico, empobrecido, sin apenas relaciones o comercio internacional y donde incluso su Constitución había prohibido a Dios. El país estaba sin rumbo desde la desintegración de la Unión Soviética pocos meses antes.
En ese contexto, miles de albaneses intentaron procurarse un mañana subiendo al Vlora. La travesía nocturna duró horas en un barco destartalado en cuya cubierta se agolparon hombres, mujeres y niños sin agua ni alimentos. Pretendían llegar a Bríndisi, pero fueron derivados a Bari, donde llegaron exhaustos. Incluso muchos se lanzaron al agua antes de que la nave llegara al muelle.
La marina italiana tenía orden de que nadie desembarcara y la nave volviera a Albania. Pero en las condiciones en las que llegaba el mercante, era imposible. Desembarcaron, pero el gobierno italiano ordenó su repatriación inmediata. La imagen del puerto de Bari es difícil de procesar. El calor era sofocante y no cabía un alfiler. Muchos bareses se lanzaron a las calles pertrechados con agua y comida para socorrer a los recién llegados.

«Las personas no pueden ser tratadas como en un zoológico»
Las autoridades trasladaron a los ocupantes del Vlora al estadio della Vittoria , que se conviritó en una especie de campo de refugiados. El episodio desbordó a la ciudad y al propio gobierno italiano que se mostró incapaz de gestionar la emergencia. Ni siquiera en aquella época existía el término «crisis migratoria».
Al día siguiente fueron repatriados unos 5.000 albaneses por vía aérea. El resto, terminaron en el estadio donde cundió el caos hasta tal punto que la comida se les tuvo que lanzar desde helicópteros. El entonces obispo de Molfetta, el hoy venerable Tonino Bello, se presentó en el estadio dos días después. Fue testigo de unas condiciones tan terribles entre los albaneses que exclamó: «Las personas no pueden ser tratadas como bestias, sin asistencia, abandonadas entre el hedor de las heces y alimentadas con bocadillos lanzados desde la distancia, como en un zoológico».

«Son personas»
El propio alcalde, Enrico Dalfino, había contestado la decisión del gobierno de hacinar a los albaneses en el estadio. Pronunció una frase que sigue viva en la memoria de los bareses y que se convirtió en el símbolo de ese 8 de agosto: «Son personas».
El gobierno italiano tenía la decisión tomada y, diez días después, más de 15.000 de los pasajeros del Vlora habían sido devueltos a Albania. Algunos consiguieron escapar del estadio y rehicieron su vida en Italia. Otros, tras ser repatriados, regresaron. Ese día, Italia comprendió que había dejado de ser un país del que emigraban sus hijos para convertirse en uno llamado a acoger a los hijos de otros.