Reconciliación ruso-polaca. Europa debe preservar sus fundamentos espirituales - Alfa y Omega

Reconciliación ruso-polaca. Europa debe preservar sus fundamentos espirituales

La visita a Polonia de Cirilo I, Patriarca de Moscú y todas las Rusias, a mediados de agosto, ha sido un acontecimiento histórico, que pretende cancelar muchos amargos recuerdos del pasado —tanto rivalidades seculares, como las más recientes experiencias del totalitarismo—, y contribuir a salvaguardar los fundamentos espirituales de Europa

Antonio R. Rubio Plo
El Patriarca Cirilo, de Moscú, y monseñor Jósef Michalik, arzobispo de Przemysl de los Latinos y presidente de la Conferencia Episcopal Polaca, firman el documento de reconciliación, el pasado 17 de agosto, en el Castillo Real de Varsovia.

Las relaciones ruso-polacas, sobre todo desde finales del siglo XVI, estuvieron marcadas por el enfrentamiento nacido, en gran parte, de esa ruptura religiosa que dividió a la cristiandad en oriental y occidental, aunque también se debió a las rivalidades geopolíticas, que un día de 1612 llevaron a los polacos a ocupar el Kremlin, aunque en 1795 un arbitrario reparto de Polonia originó la pérdida de la soberanía e independencia de la nación polaca, controlada mayoritariamente por el Imperio zarista. Si bien en 1918 se produjo la restauración del Estado polaco y éste salió vencedor en la guerra contra la Rusia soviética en el conflicto de 1920, la Segunda Guerra Mundial sería terrible para polacos y rusos, atrapados entre los totalitarismos de Hitler y Stalin, junto con otros pueblos eslavos, y que tenían en común su odio por la civilización cristiana, en su afán de construir un hombre y un mundo supuestamente nuevos.

La memoria histórica de las relaciones ruso-polacas está marcada por la trágica experiencia de los totalitarismos, los nacionalismos extremos y las arbitrariedades del llamado equilibrio territorial, base de grandes injusticias en la Europa de los últimos siglos. Estas ideologías ciegas y ciertos pragmatismos políticos han producido millones de víctimas inocentes, pero no han podido ocultar una realidad que el Patriarca Cirilo ha insistido en señalar: el Evangelio es fundamento común de la cultura de rusos y polacos. No es extraño que las ideologías ateas, que les gobernaron durante décadas, se propusieran borrar el tesoro común de la fe cristiana, porque les estorbaba en sus ansias de poder. Por el contrario, Cirilo ha reiterado que sólo sobre la base del Evangelio se pueden resolver todos los malentendidos y discordias en las sociedades humanas.

Aferrarse a memorias históricas, de las que únicamente buscan señalar culpables, sólo puede aumentar la incomprensión y la desconfianza entre los pueblos, según recuerda acertadamente la declaración conjunta del Patriarca de Moscú y del presidente de la Conferencia Episcopal polaca, monseñor Jozef Michalik. En ella se apuesta por una renovación del hombre, sustentada sobre valores cristianos, y que es el medio más seguro para una auténtica renovación de las relaciones entre las naciones. El texto nos recuerda lo que decía monseñor Jozef Glemp, arzobispo emérito de Varsovia, a los gobernantes comunistas de su tiempo, inquietos ante el ascenso del sindicato Solidaridad: no es la hora del cambio de personas sino del cambio de mentalidades.

El comercio no es suficiente

Interesa además recalcar algunas de las consideraciones del Patriarca Cirilo en el discurso que siguió a la lectura de la declaración. Salió al paso de la creencia tan extendida en este mundo posmoderno y desideologizado de que el pragmatismo debe ser el fundamento para unas relaciones fraternas entre los pueblos ruso y polaco. Las ventajas de la cooperación económica en un mundo global han abierto el paso al pragmatismo en la escena internacional, pero no es suficiente conformarse con las ventajas mutuas de una relación y dejar de lado todo componente moral. Así existirá siempre el riesgo de que los más fuertes impongan su ley, sobre todo si finalmente priman las consideraciones de utilizar al otro como instrumento para las propias ambiciones de poder.

Tampoco ocultó el Patriarca en su discurso una realidad que afecta a todo el continente europeo, tanto por la negación de los valores cristianos en leyes que atentan contra la vida y el propio concepto de ser humano, supuesta expresión de nuevas categorías de derechos, como en todas aquellas iniciativas que buscan excluir toda manifestación cristiana del espacio público europeo. Sus palabras sonaron proféticas al señalar que, si se permite la erradicación de los fundamentos espirituales de Europa, el futuro sólo puede deparar un odio y una violencia que acaso nada tuvieran que envidiar a los acontecimientos trágicos vividos en el siglo XX. Con todo, también nos dejan un mensaje de esperanza, por haber recordado esa regla de oro evangélica, que debería fundamentar las relaciones entre hombres y naciones:

«Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, hacedlas también vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas» (Mt 7, 12).