«Y la ciencia ficción se convirtió en realidad»

El Papa Pablo VI vivió con enorme interés la hazaña de Neil Armstrong y Buzz Aldrin, primeros hombres en dar un paso sobre la superficie lunar. Desde las instalaciones del Observatorio Vaticano en su residencia de verano en Castelgandolfo, pudo observar la Luna utilizando uno de los telescopios y siguió por televisión el acontecimiento. Dos meses antes ya había dedicado una audiencia general a este descubrimiento, «triunfo científico que nos lleva de vuelta a la fuente de todo, al Dios vivo»

Cristina Sánchez Aguilar
Foto: CNS

El Papa Pablo VI vivió con enorme interés la hazaña de Neil Armstrong y Buzz Aldrin, primeros hombres en dar un paso sobre la superficie lunar. Desde las instalaciones del Observatorio Vaticano en su residencia de verano en Castelgandolfo, pudo observar la Luna utilizando uno de los telescopios y siguió por televisión el acontecimiento. Dos meses antes ya había dedicado una audiencia general a este descubrimiento, «triunfo científico que nos lleva de vuelta a la fuente de todo, al Dios vivo»

Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins fueron los primeros hombres en llegar a la Luna a bordo de la nave espacial Apolo 11. Collins permaneció en órbita, a pocos kilómetros del satélite. Los otros dos, Armstrong y Aldrin, tuvieron el extraordinario privilegio de pisar la superficie lunar, tomar fotografías y recoger diversos materiales. El 20 de julio a las 22:56 hora estadounidense (21 de julio ya en Europa), se cumple el 50 aniversario de este «pequeño paso para el hombre y gran paso para la humanidad».

Lo que no es tan conocido es que ambos astronautas, además de hacer fotos y recoger muestras para el estudio, depositaron en la superficie lunar un disco de silicio con mensajes de buena voluntad emitidos por líderes de 73 países del mundo, entre los que se encontraba Pablo VI. El Papa utilizó el Salmo 8 para dar gloria a Dios como creador del Universo: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado. ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para mirar por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos. todo lo sometiste bajo sus pies».

Pablo VI se sentía muy atraído por la primera incursión humana en el satélite lunar. A menudo, de hecho, hablaba con mucha gente en privado y con algunos jesuitas del Observatorio Vaticano. Tres días antes del lanzamiento del Apolo 11 desde la base de Cabo Cañaveral, ya el Papa santo dedicó sus palabras tras el Ángelus dominical a esta gesta, un momento que iba «más allá de los elementos descriptivos de este hecho único y maravilloso». Se estaba haciendo historia y lo que más sorprendió al Papa fue «ver que no se trata de sueños». «La ciencia ficción se convierte en realidad» aseveró.

A continuación, recalcó que «si consideramos la organización de la mente, las actividades, herramientas y medios económicos, junto a todos los estudios, experimentos e intentos que la empresa requiere, la admiración se convierte en reflexión, y la reflexión se centra en el hombre, en el mundo, en la civilización a partir de la cual se originan novedades de tal sabiduría y poder». El Papa santo se detuvo aquí, en el hombre, «tan pequeño, tan frágil, tan similar al animal, que no sobrepasa por sí mismo los límites de sus instintos naturales… y tan superior, tan maestro de las cosas». El hombre, prosiguió, «esta criatura de Dios, se nos revela en el centro de esta empresa. Resulta ser gigante. Se revela a sí mismo como divino, no en sí mismo, sino en su comienzo y en su destino. Honor al hombre, honor a su dignidad, a su espíritu, a su vida». Por «los pensadores y héroes de la fabulosa empresa, hoy rezamos».

«Ya no es una frontera insuperable»

Y la ciencia ficción se convirtió en realidad el día 20 de julio de 1969. Eran las 16:32 horas en el Centro Espacial Kennedy. La nave espacial Apolo 11 se puso en marcha con el cohete más poderoso del momento, el Saturno V. La nave entró en la órbita de la Tierra doce minutos más tarde, a una altitud de 185,9 kilómetros. El 19 de julio, cuando en Italia eran las 23:21 horas, Apolo 11 encendió el motor para entrar en la órbita lunar. El santo Papa, atento a este momento del lanzamiento, recordó a los fieles que también era «nuestra tarea acompañar, observar y pensar el gran viaje que comienza».

Esa noche, Pablo VI llegó al Observatorio Vaticano en Castelgandolfo, donde el entonces director, el jesuita Daniele O’Connell, le dio algunas indicaciones sobre la misión en curso y la fase más importante y crítica: el aterrizaje. Tras mirar Luna a través del telescopio Specola durante algunos minutos, el Papa siguió la misión del Apolo 11 a través de la televisión.

Al terminar, grabó un mensaje, transmitido la mañana siguiente por Radio Vaticano y más tarde publicado en L’Osservatore Romano, en el que destacó que la misión espacial «ya no es una frontera insuperable», sino «un umbral abierto a la amplitud de espacios ilimitados y nuevos destinos». A continuación, volvió a honrar a los «responsables, académicos, creadores, organizadores, operadores» de esta gran hazaña. «¡Honor a todos los que hicieron posible el atrevido vuelo!», exclamó. Honren, pidió, a quienes ampliaron «el dominio sabio y audaz del hombre a las profundidades celestiales».

El Pontífice también ofreció a los fieles una extensa reflexión el día del lanzamiento, el 16 de julio de 1969. Su pensamiento giró en torno a la posibilidad ya empírica de poder referirse al universo. «Estamos tan atrapados en observaciones e intereses inmediatos que usualmente restringimos nuestro horizonte conceptual a un radio mínimo y cerrado». Pero esta aventura «nos obliga a mirar hacia arriba», a recordar «la inmensa y misteriosa realidad en la que se desarrolla nuestra vida mínima. Los antiguos miraron el cielo más que nosotros, fantasearon, construyeron mitos inconsistentes y teorías falaces, dieron gran importancia al cuadro astronómico; no conocían las leyes físicas y matemáticas de la ciencia moderna, pero pensaban más que nosotros acerca de la existencia del universo», reflexionó.

Aquí, añadió, »hay una pequeña pero siempre excelente lección de catecismo, que ilumina nuestra difícil meditación en el cosmos»: «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra». Dios vio que «su obra era buena», «digna de ser conocida por nosotros, poseída, trabajada, disfrutada». Era el momento de experimentar el «asombro ante la grandeza ilimitada que tenemos ante nosotros» y «juntos reconocer, confesar, celebrar la necesidad indisoluble que une la creación con su Creador –¿cómo podría ser un solo instante sin Él?–».

Este nuevo descubrimiento del mundo creado «es muy importante para nuestra vida espiritual», recalcó. «Ver a Dios en el mundo y al mundo en Dios». ¿Qué es lo más fascinante?, se preguntaba el Papa. «¿No es así como se escapa el terror del vacío, ese tiempo inconmensurable y el espacio ilimitado que se producen alrededor del microcosmos?» «¿No llegan a nuestros labios palabras superlativas, enseñadas por Cristo: «Padre nuestro, que estás en el cielo»?». «Que estas palabras abismales lleguen a nuestros labios mientras contemplamos los grandes hechos de los primeros astronautas», desafiando «dificultades sin precedentes, casi tratando de honrar la inmensa obra del Creador».

Dos meses antes de la llegada a la luna, Pablo VI ya estaba pendiente de esta maravillosa aventura del hombre y seguía con gran atención e interés los preparativos de la misión del Apolo 11. Así lo dejó claro durante la audiencia general del miércoles 21 de mayo de 1969, en la que reflexionó junto a los fieles congregados en la plaza de san Pedro sobre «la astronomía, gran maestra del pensamiento» en un momento en el que «la ciencia de los cielos ha sido olvidada». Los intereses del hombre giran, «más que nunca en la tierra». Y entonces esta incursión lunar «nos invita a mirar hacia fuera». A «admirar» al hombre, «capaz de dichas obras». Hay algo en el hombre, sostuvo el Pontífice, «que trasciende al hombre», porque «lleva el reflejo de Dios». El otro camino de admiración «es Dios». Este « triunfo científico nos lleva de vuelta a la fuente de todo, al Dios vivo».

La audiencia a los astronautas

El jueves 16 de octubre de 1969, casi tres meses después de la gesta lunar, el Papa Pablo VI recibió en el Vaticano a los tres protagonistas de la misión Apolo 11, Neil Armstrong, Buzz Aldrin y Michael Collins. Mientras que este último se mantuvo en el módulo de servicio en órbita alrededor de la Luna, los dos primeros llevaron a cabo en la superficie lunar una actividad extravehicular (EVA) durante dos horas, 31 minutos y 20 segundos. Entre las muchas actividades, reunieron alrededor de 21 libras de rocas y polvo de la Luna, de los cuales un pequeño fragmento se encuentra ahora en los Museos Vaticanos.

Pablo VI agradeció vivamente la presencia de estos hombres, a quienes «han superado las barreras del espacio, han puesto el pie en otro mundo de la Creación». El hombre, dijo a los presentes, «tiene una tendencia natural a explorar lo desconocido, pero también tiene miedo a ese desconocimiento». El valor de los tres astronautas, aseveró el Papa santo, «ha superado este miedo», algo que «admiramos, y también admiramos el espíritu con que se ha completado su misión: un espíritu de servicio a la humanidad».

El Pontífice agradeció en nombre de la Iglesia su hazaña, y agradeció a todos aquellos que contribuyeron al conocimiento, la habilidad y el trabajo para que se pudiera realizar. Asimismo, dio las gracias al presidente de EE. UU., Richard Nixon, «por el beneficio para el hombre y el mundo» de esta expedición. «El nivel de colaboración y cooperación, la perfección alcanzada en la organización, despertar la admiración del mundo y rendir homenaje a la capacidad del hombre moderno a ir más allá de sí mismo, más allá de la naturaleza humana para lograr pleno éxito, es posible gracias a la inteligencia otorgada por Dios». Por eso, «rogamos que nos haga posible aprender un poco más de la Creación, para ver más claramente su poder, su inmensidad y su perfección, de modo que, a partir de este conocimiento, los hombres puedan unirse cada vez más, como sus hijos, con amor fraternal, en paz y en la oración».

Cristina Sánchez Aguilar