Uno de los 26 mártires beatificados en Barcelona: «Mamá, estoy en paz con Dios» - Alfa y Omega

Uno de los 26 mártires beatificados en Barcelona: «Mamá, estoy en paz con Dios»

José Antonio Méndez
Uno de los frailes capuchinos en el convento de Olot, destruido en 1936. A la derecha: el convento de Sarria, en llamas

Este sábado, el cardenal Angelo Amato ha beatificado a 26 nuevos mártires de la persecución religiosa en España: 26 frailes capuchinos asesinados en 1936. En la ceremonia, oficiada en la catedral de Barcelona, también han estado presentes el todavía arzobispo barcelonés el cardenal Lluís Martínez Sistach, y el vicario general de los Capuchinos: fray Mauro Jöhri

La catedral de Barcelona ha acogido este sábado la beatificación de 26 frailes menores capuchinos, asesinados por su fe en Cristo durante la persecución religiosa desatada en España durante los años 30. El cardenal Angelo Amato, Prefecto del Consejo Pontificio para las Causas de los Santos, ha presidido la Eucaristía, en presencia del todavía arzobispo de Barcelona, el cardenal Lluís Martínez Sistach, y del vicario general de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, el suizo fray Mauro Jöhri.

¿Quiénes eran estos 26 nuevos mártires?

Desde este sábado, los nombres de fray Prudencio de Pomar, fray Eloi de Bianya, fray Ciprià de Terrassa, fray Miguel de Bianya, fray Jorge de Santa Pau, fray Modest de Mieres, fray Ángel de Ferreries, fray Rafael de Mataró, fray Feliu de Tortosa, fray Agustín de Montclar,fray Anselm de Olot, fray Benigno de Canet de Mar, fray Tarsicio de Miralcamp, fray Marçal de Vilafranca, fray Vicente de Besalú, fray Zacarías de Llorenç del Penedès, fray Buenaventura de Arroyo Cerezo, fray José de Calella, fray Timoteo de Palafrugell, fray Eudald de Igualada, fray Alejandro de Barcelona, fray Martín de Barcelona, hfray Doroteo de Vilalba, fray Remigio de Papiol, fray Pacià María de Barcelona, y fray Federic de Berga han pasado a inscribirse en el libro de los santos, después de un proceso documental que se inició en los años 50.

Todos ellos se refugiaron con sus familias, o en casas de acogida, cuando la persecución religiosa arreció al comienzo de la guerra civil. Y todos, cuando fueron detenidos para ser fusilados, no renegaron de su fe, sino que se entregaron entre burlas y maltratos, sabiendo que les esperaba la vida eterna. Sus biografías muestran la talla humana y espiritual de esta comunidad religiosa.

19 años y con deseo de ser misionero

«No te preocupes mamá, estoy en paz con Dios», fueron las últimas palabras que escuchó de su hijo la madre de fray Marcial de Villafranca del Penedés. Tenía 19 años y quería ser misionero. Aquel día, un grupo de milicianos republicanos irrumpió en la casa familiar donde estaba escondido y se lo llevó arguyendo que debían interrogarlo. La noche del 20 de agosto de 1936 fue asesinado en el barrio barcelonés de Pedralbes, según consta en el santoral capuchino.

Buena parte de ellos provenían del convento de Arenys de Mar. El padre Eduard Rei Puiggros, actual maestro de novicios del monasterio, cuenta para Alfa y Omega cómo otro de los religiosos, fray Eloy de Bianya, fue asesinado a golpes con otros tres compañeros: los descubrieron justo cuando iban a coger un tren para huir de Barcelona, y fueron asesinados en la misma estación. A fray Eloy «se le tenía por un santo en vida», según cuenta Rei, por la dedicación con que atendía la portería, socorría a los pobres y cuidaba a los niños. «Una persona que le llegó a conocer –explica el padre Eduard– contó que no había conocido a nadie que le hubiese hablado menos y le hubiese comunicado tanto», pues con su compañía «ya se notaba la presencia de Dios».

Amenazas a las familias

La Orden de los Capuchinos contaba con casas donde, ante una revuelta como la que había ocurrido en 1909 durante la Semana Trágica de Barcelona, los frailes podrían refugiarse. Pero estos lugares no aseguraban protección permanente, pues eran hogares de católicos conocidos y, por tanto, se ponía en peligro tanto al fraile como a sus protectores. Cuenta el padre Eduard que fray Ángel de Ferreries, mallorquín de 30 años, pudo refugiarse en otro lugar más seguro él solo, pero se quedó en una de estas casas para cuidar a dos frailes ancianos. Uno de ellos era el padre Modest. Los milicianos aparecieron en la casa donde se escondían, se llevaron a fray Ángel y al padre Modest, y los fusilaron a las afueras de Sarrià (cuyo convento fue incendiado), el 28 de julio de 1936.

La persecución llegó al punto de que, según el padre Rei, la familia de otro de los mártires, el padre Martín de Barcelona, fue detenida por los republicanos para dar con el paradero del religioso. Separaron e interrogaron a los familiares uno por uno, pero ellos se habían puesto previamente de acuerdo para decir que se había ido a Francia. Los milicianos no los creyeron y amenazaron con matar a uno de ellos si no lo delataban. La presión surtió efecto, Martín fue delatado y los republicanos dieron con él. Lo encontraron junto al padre Doroteo de Villalba la noche del 19 de diciembre, los condujeron a una checa y, después, al cementerio de Montcada, donde fueron fusilados.

Burlas y blasfemias contra un fraile ciego

Antes de quitarles la vida a los frailes se les sometía, en muchas ocasiones, a burlas y maltratos. Así le pasó a fray Prudencio de Pomar de Cinca, un fraile muy piadoso, anciano y casi ciego, que abandonó el convento de Arenys de Mar y se refugió en casa de una familia. El padre Rei cuenta que fue detenido junto a otros dos sacerdotes. Los tres fueron llevados a culatazos hasta una finca a las afueras de pueblo, y después de ser objeto de burlas y blasfemias, fueron fusilados de un tiro.

El último en dar gloria a Dios con el martirio fue el padre Federico de Berga. Era el Prior del convento de Arenys, y durante el tiempo en que estuvo oculto, celebraba la Eucaristía en secreto e impartía los sacramentos a los seglares en un piso reconvertido en iglesia clandestina. Un bombardeo cercano llevó a los milicianos a registrar el domicilio en el que se refugiaba. La familia que lo escondía quiso alegar que era un pariente, pero fue inútil: el padre Federico se reconoció sacerdote y fue asesinado la noche del 16 al 17 de febrero de 1937.

Desde este sábado, la Iglesia da fe de que sus muertes no fueron estériles, pues desde el Cielo interceden por los hombres.

José Antonio Méndez / Alicia Gómez-Monedero