Una sociedad desmoralizada - Alfa y Omega

Decía Victoria Camps en la Fundación Pablo VI que el colapso de la democracia liberal está íntimamente ligado a la desmoralización de la sociedad. Su fragilidad ha favorecido el auge del autoritarismo, incluso con ropajes aparentemente democráticos. La revolución digital ha marcado esta nueva etapa con líderes despóticos aupados por ejércitos de burócratas que cuestionan los mismos fundamentos del Estado de derecho. Además de lamentables episodios de corrupción, diversos ensayos políticos como el de Anne Applebaum nos describen un escenario en el que las élites políticas fomentan la polarización activando todo tipo de emociones como herramientas para erosionar la convivencia. Todo parece haber perdido valor: las ideas, los principios y las convicciones. Las normas se respetan únicamente mientras resultan convenientes. Aun teniendo buenas leyes, de nada sirve si no se cree en ellas o lo que Aristóteles denominaba akrasia: el deseo termina venciendo la razón. El resultado final es una sensación de desorientación colectiva, de dejadez y de desmoralización. De ahí, señala Camps, que surja una pregunta: ¿para qué queremos ser libres? La desmoralización va más allá de la simple pérdida de decencia, de ruptura con las normas morales o las convenciones sociales; alcanza a la falta de ilusión, de entusiasmo y de construir un proyecto vital colectivo. La pregunta es muy oportuna. Tenemos, como individuos, la responsabilidad de ser libres porque la libertad incorpora un deber que va más allá de la satisfacción de intereses particulares. La reconstrucción de dicho proyecto no pasa únicamente por apelar a los generales que cuidan de la moral de sus tropas. Todos somos responsables de crear, cada uno desde su posición, círculos virtuosos donde se contagie la buena voluntad de seguir construyendo una mejor sociedad.