Una parroquia asturiana en Benín - Alfa y Omega

Una parroquia asturiana en Benín

A lo largo de diez intensos días, monseñor Jesús Sanz, arzobispo de Oviedo, ha visitado la diócesis de Bembereké, en Benín, a cargo de misioneros asturianos, desde hace ya veinticinco años. «Confieso que me impresionó», reconoce. A pesar de la terrible pobreza, «no me pidieron dinero, sino sacerdotes que les acompañen en su vida cristiana»

Anabel Llamas Palacios
Un momento del viaje de monseñor Jesús Sanz a Benín.

¿Cómo se comienza a evangelizar? ¿Cómo viven los presos en una cárcel en la capital de Benín? ¿Qué pide una diócesis perdida en medio de la sabana a un obispo que llega desde Europa?

Durante 10 días, monseñor Jesús Sanz Montes ha recorrido la diócesis de Bembereké, al norte de Benín, para descubrir las peculiaridades y necesidades fundamentales que tiene esta diócesis, encomendada a misioneros asturianos desde hace 25 años. Se trata de un territorio de 2.500 kilómetros cuadrados de extensión, y que engloba a unas 55.000 personas, a las que atiende hoy un solo sacerdote, presente allí desde hace ya más de seis años, el padre Alejandro Rodríguez Catalina.Con motivo del veinticinco aniversario de la presencia de la diócesis asturiana en Bembereké, monseñor Sanz inició un viaje, el pasado 23 de febrero, del que fue dando parte diariamente en la blogosfera (www.asturiasenbenin.blogspot.com). Los niños, la maternidad, la educación, la espiritualidad africana -sencilla pero profunda, llena de símbolos, bella y alegre, espontánea-… han sido las constantes en esos escritos diarios.

Antes que dinero, quieren a Cristo

Monseñor Sanz visitó numerosas comunidades, en las que la fe se propaga gracias a la valiosa labor de los catequistas, a veces voluntarios misioneros que llegan puntualmente, otras veces nativos que trabajan como pueden. En muchas ocasiones, ni siquiera cuentan con una capilla en la que poder celebrar su fe; sólo con grandes árboles, que proyectan su sombra atenuando levemente las altas temperaturas y sirven de refugio para las celebraciones -las religiosas, pero también las sociales, que en África se entremezclan hasta el punto de no siempre distinguir la frontera que las separa-.

Frente a la terrible pobreza material, la sequía o la escasez de alimentos, monseñor Sanz se sorprendió ante las peticiones que le hicieron: «Al llegar a Gamia -contaba el arzobispo el pasado 27 de febrero-, uno de los catequistas y el presidente de la comunidad, ambos laicos, me dijeron que estaban contentos con el padre Alejandro, nuestro misionero asturiano, como agradecen todos los que antes han estado. Pero quieren contar con un sacerdote que les predique la Palabra de Dios, que les pueda celebrar la Eucaristía. No nos ven como pueden ver a una ONG, de las muchas que pululan por el tercer mundo, sino que nos piden algo bien concreto, que da cuenta de su madurez creyente como cristianos y como Iglesia. Confieso que me impresionó. No me pidieron dinero, no me pidieron proyectos de desarrollo, sino que me pidieron sacerdotes para que les puedan acompañar en su vida cristiana. Sin duda que el dinero y los proyectos también les llegarán, y en ello estamos comprometidos sabiendo por Quién lo hacemos. Pero ellos han pedido lo que sólo la Iglesia les puede dar: a Jesucristo, a través de un hermano sacerdote que les pueda anunciar el Evangelio y acercarles los sacramentos».

El primer mundo, un penal de cinco estrellas

A lo largo de la visita, hubo tiempo para conocer las labores de educación y sanidad que la Iglesia lleva a cabo en Bembereké, en las que juegan un papel fundamental las Misioneras de la Anunciata, y las Hijas de María Inmaculada. El 1 de marzo, monseñor Jesús Sanz visitaba el internado para niños y para jóvenes: «Me pareció preciosa esta labor y una manera de facilitar el progreso integral en esta chavalería que, sin esta oportunidad, sería imposible acudir a un centro donde formarse. Algo tan elemental como no contar con libros apenas, teniendo que estudiar lo que logran poner en sus apuntes, es ya indicio de la precariedad. Como cuando vi a estos chicos estudiando en los soportales de la Misión, o junto a una pequeña farola…, porque en sus casas no hay luz». También tuvo la oportunidad de visitar el hospital: «El amontonamiento, la falta de medios y de higiene mínima, la ausencia de asepsia y hasta de personal sanitario, hace que se te caiga el alma a los pies», escribió. «Era sobrecogedor ver en la misma habitación a un anciano en el suelo sobre una esterilla, un niño en la cama contigua y un joven que había fallecido hacía un rato».

Y la cárcel… «Allí estaba Cristo, en esa cárcel, donde fuimos a verle en la carne, el corazón y el alma de sus hermanos en prisión. Saliendo afuera, vi a los presos externos, los que sin saber de sus barrotes, celdas y cadenas, también están sin libertad, sin fe, sin amor ni esperanza. El llamado primer mundo es, a veces, un penal de lujo y con cinco estrellas, en donde tampoco se vive la paz, la alegría, el respeto y el amor por los que Cristo dio su propia vida».