Una misionera tras la avalancha de Mocoa: «Hay mucho dolor pero también hay mucha vida»

La hermana María Asunción Pinto, misionera javeriana, escribe desde Cali, Colombia. Esta misionera de Barcelona vive en una zona alejada de donde se han producido las riadas, pero ha conocido de primera mano la situación de las poblaciones afectadas

Colaborador
Foto: AFP PHOTO/Ernesto Che M Jones

La hermana María Asunción Pinto, misionera javeriana, escribe desde Cali, Colombia. Esta misionera de Barcelona vive en una zona alejada de donde se han producido las riadas, pero ha conocido de primera mano la situación de las poblaciones afectadas

¿Qué decirles? Hoy día los medios internacionales presentan las noticias con fotografías que muestran la realidad de lo ocurrido, día a día todos los interesados pueden verlas, y las fotografías hablan si estamos dispuestos a preguntarles… Un hermano marista ya les ha hablado detalladamente de lo ocurrido en Perú, ahora es Mocoa… esto es lo doloroso, se repite y seguirá repitiéndose en los países latinoamericanos y las causas son similares: la tala y deforestación de bosques tropicales y su exportación de maderas nobles, la ambición por el oro y minerales que lleva a la minería extractiva, principalmente extranjera, a devastar kilómetros y kilómetros de selva, campo, montañas, la imprevisión de los gobernantes de turno, los desplazamientos campesinos, que en Colombia, durante los últimos años, han llegado a seis millones de personas debido a múltiples factores, y no sólo debido a las guerrillas, el cambio de la agricultura campesina parcelaria a la agricultura agroindustrial, la extracción de petróleo, con el salvaje método ‘fracking’, y un largo etcétera, que lleva al cambio climático respuesta defensiva de la Tierra, la pacha mama de los pueblos ancestrales.

La necesidad real de ayuda: Sólo decirles que la avalancha se llevó el acueducto, las estructuras eléctricas y del gas, la estación de gasolina… han desaparecido físicamente barrios enteros, han bajado de las montañas rocas de 12 y más toneladas que ahora están asentadas encima de lo que fueron las viviendas con sus familias en el interior, el cementerio está copado, 6 puentes destruidos, la carretera a Pasto destruida. Sólo hay un pequeño aeropuerto a 20 kilómetros para aterrizajes de aeronaves militares y una sola aerolínea, más bien pequeña, y una carretera que es la que llega a Cali, pasando por Pitalito. Pueblo del cual llegan las ayudas materiales y está a unas 4 horas de Mocoa. Desde muchas instituciones, grupos, etc. se está pidiendo ayuda en especie, pero, yo me pregunto, ¿cómo hacerla llegar? Ayuda hace falta y mucha. Yo vivo con dos compañeras en un barrio popular y con otra gente amiga estamos buscando conexiones confiables en Mocoa, Pitalito y Villagarzon, principalmente comunidades religiosas femeninas insertas.

Hay mucho dolor pero también hay mucha vida, mucha resiliencia, pequeños milagros, como el de un niño que permaneció en el barrio a temperaturas de 38º durante 2 días y lo encontraron vivo… una joven mujer embarazada que la avalancha se llevó río abajo, la encontraron dentro el barro y ayer martes de madrugada en el hospital nació su hijo completamente sano y ella recuperándose… Falta mucha ayuda psicosocial pero actualmente es difícil por lo reciente. Hay muchos desaparecidos todavía y la necesidad de encontrarlos es primordial para las familias. También dificulta el tener tantos cadáveres ya en proceso de descomposición pues no podemos olvidar que Mocoa es clima tropical y su temperatura ha llegado a los 38º. El olor es insoportable y la posibilidad de epidemias es un hecho. El resto lo pueden deducir ustedes.

En esta próxima Semana Santa recordar a los mocoanos vivos y muertos, enviarles la energía espiritual de nuestra fe, que es también la fe de ellos, y aumentar nuestra conciencia de que la Tierra y sus bienes no son propiedad nuestra.

María Asunción Pinto/OMPRESS Colombia