Un hombre gris - Alfa y Omega

Recién instalado en Saint-Vaast, años 20, el joven cura de aldea escribe en su diario: «Mi parroquia está devorada por el tedio, esa es la palabra. ¡Como tantas otras parroquias! El tedio las consume ante nuestros ojos y no podemos evitarlo. Quizás algún día nos ganará el contagio, y descubriremos en nosotros ese cáncer. No se puede vivir así demasiado tiempo». Charles Möeller veía lo que Bernanos pero desde otro prisma, en su Literatura del siglo XX y cristianismo: «Hay períodos en que los hombre notan con más claridad la aparente ausencia de Dios. Éste es uno de esos períodos». Diríamos que hoy Europa, y España en concreto, están en una situación intermedia: la del hombre gris comprometido. Tal vez con un cristianismo práctico (manifestado en la solidaridad), pero sin creer que ha sido constituyente de nuestra historia, es decir de lo que Ortega llamaría «circunstancia» parte de cada ciudadano, y sin llegar tampoco a asumir algo tan evidenciado, ahora mismo, por la «pandemia» como la trascendencia determinante de cada vida. Sin llegar a afirmarse a sí mismo, como hace en sus apuntes Chillida, el escultor de la materia pura: «Creo en Dios. Y explica: porque observo el tiempo y el espacio, y veo sus límites».

Por eso en nuestro país no es pérdida de tiempo, supongo, volver a las fuentes: tener ese empeño de refontement, al que urgía el Concilio Vaticano II, en parte con la ilusión con que lo proponía Chateaubriand para todo Europa, quizás, pero adaptada a la nueva atmósfera racional y esencial, la de Chillida, por ejemplo. En estos «nuevos tiempos» no cabe ningún imperialismo religioso, que tiene la tentación de la violencia, o al menos de la coacción, lo recordaba el Papa en su reciente viaje a Irak, es decir no cabe una religión-poder. No tienen sitio por supuesto los terrorismos religiosos, pero tampoco el fundamentalismo pacífico. En la misma medida en que es necesaria una religión medular, que ponga ante el hombre su finitud, y sus limitaciones, junto a sus derechos, para preguntarnos si solo optamos a quedarnos en aquello o entra dentro de nuestra naturaleza el ansia de vivir, sin recorte alguno, en una permanente actitud -explícita en la palabra clara de Machado- de absoluto: «Mi corazón espera, hacia luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera».

Y hay prototipos históricos. La historia es una selección de ejemplos. De ejemplos inimitables, en ocasiones, pero también de ejemplos asequibles. La Biblia –el libro más difundido en todas las épocas y en todos los pueblos del planeta azul– es una recopilación de retratos reales, incluso si se desconoce su inspiración divina. Un gran libro, para la excelencia cotidiana. Libro a veces, de retratos casi no visibles (por cierto, esa luminosidad al fondo de la tiniebla es el misterio, casi irresistible, de la pintura de Rembrandt). Entre esos modelos en apariencia fácilmente asequibles, asumibles por cualquiera, casi solo en el siglo XX se ha descubierto la persona de José. Un ciudadano sin palabras que conservar, trabajador manual, alguien «que vive por sus manos», escribiría Jorge Manrique, pero algo más –veremos–, padre, ¿me atreveré a decir que eje?, de familia, y emigrante político. Limpiando su silueta de añadidos al uso de cada tiempo, José de Nazaret no era un desclasado ni siquiera lo es para la época de las revoluciones proletarias, como tampoco lo eran María y Jesús. José pertenecía a la estirpe del rey David, quien «se estableció en la fortaleza (Jerusalén) y la llamó ciudad de David». Y era por su oficio un naggar, es decir, carpintero, pero el carpintero, en singular, de una ciudad y en un tiempo en que lo importante de las casas de una planta con azotea es su estructura de madera. Es, en suma, una especie de carpintero-arquitecto. Quien, ejerciendo esa condición sin retiro o jubilación anticipada, es probable que viviera bastantes años. Las personas de la zona que escuchan a su hijo Jesús ya de edad de 30 años, se preguntan: «¿No es éste el hijo de José, el carpintero?» Persona conocida, que habla por sus obras, y que asume, respecto de su grupo familiar decisiones críticas: así, la de conducir a lomos de un asno a su mujer a Belén, porque hay que cumplir la ley (y, con ello, hace posible su destino histórico y el de la humanidad), y que emigra a tierra donde sus antecesores fueron esclavos: al Egipto de los tiranos legítimos, para salvar a su familia de la tiranía del poder por el poder, que encarna en Galilea Herodes, sátrapa de oficio al servicio de la Roma ya imperial y no senatorial.

José no tiene palabras que dejar. Deja su presencia activa: «la música callada, la soledad sonora» le describiría Juan de Santo Matía, o de la Cruz. En el hogar y en sociedad. Aunque alguien que realiza su trabajo con profesionalidad no se resiste a sonreír cuando procede. Sonreirá, por ejemplo, cuando se tropiece con la sentencia de algún rabino: «Cada hombre debe cada día agradecer a Dios no haberle hecho nacer mujer, ni pagano ni proletario». Como, en este caso con una sonrisa complaciente, ante el cuentecillo que suele repetir el maestro Gamaliel: cierta mujer se lamenta ante el emperador: «Unos ladrones han entrado en nuestra casa durante la noche, y han robado un prendedor de plata dejando en su lugar otro de oro”, “¿por qué no tendré yo semejante suerte?, exclama divertido el Emperador”, ¡Y bien, eso es lo que ha hecho nuestro Dios! Ha arrancado al hombre una simple costilla y, en su lugar, le ha dado una mujer», concluye el maestro Gamaliel. En la casa de María y José hay especificidad de tareas, por supuesto –arrastrar, desbastar y aserrar los troncos es cosa De José, y María trae en el pollino desde la fuente los cántaros con el agua, y da el punto a los hervidos–. Los dos despiertan con el canto del gallo. Y comparten decisiones: es José quien decide huir a Egipto, y María quien reprime al niño que, sin avisarles, se haya quedado en Jerusalén jugando al ajedrez teológico con los doctores de la ley. Cuando Isabel, la sexagenaria preñada, lo requiere, María se va a las montañas con el único asno disponible, «yo sé cuidarme», le tranquiliza el esposo. Y, al ser invitada a bodas la ya viuda de el carpintero, advierte al hijo lo que le habría advertido el esposo: «No tienen vino» (la situación más triste de todo el Evangelio, según un cura riojano).

El retrato de un hombre gris. No imagino a José presumiendo ante los amigos (que los tenía, los de la boda de Caná, por ejemplo): «Voy a darme un festejo, me lo merezco». O aceptando el anuncio en la portezuela de un Ford-Mustang: «¡Pruébalo antes de comprarlo!». Ni, desde luego, voceando a su rival de bancada a bancada del sanedrín (al que quizás tuviera acceso por su estirpe de la casa de David): «¡Te voy a denunciar a los tribunales –romanos, en este caso– por cohecho!», o por la invención que fuera, y que más daño pudiera causar al contrincante ante la opinión pública. Su quehacer era construir viviendas en que las maderas oliesen a cedro del Líbano, en realidad a sabina judeocastellana, según algunos historiadores-arqueólogos. Y hablar y escuchar en los atardeceres de ópalo que raya el vuelo de las golondrinas, sentados en el poyo bajo la parra de uva negra la familia y algún vecino, anticipando aun no escritos versos perennes, «a las aladas almas de las rosas, del almendro de nata te requiero». Porque también en la aridez de cualquier país, en las desnudas mesetas de Galilea o Judea el rosal silvestre, escaramujo, se permite el delicado lujo casi divino de cuajar diminutas rosas blancas.

Un hombre que hace su función ante sí mismo, y para con los demás. Lo contrario de un trepa, un calavera, un prepotente o un parásito. Su hijo, aún niño y sin conciencia de Dios, quizás le ha oído lamentar que los fariseos no hagan lo que predican, «¿Una especie de sepulcros blanqueados?», flota en el aire de la conversación. Un padre que ejemplifica, y que, con la atención de la persona sensible que advierte que los días mueren, se pregunta sobre el misterio que es cada vida, ese misterio que presiente al lado. Se pregunta, mirando al hijo, si la muerte no es el paso necesario «hacia la luz y hacia la vida». Aunque no llegue a verlo, lo desea.

Santiago Araúz de Robles