A veces no es fácil encontrar un sacerdote que pueda confesar. Es una pena que, con frecuencia, los fieles busquen recibir la Misericordia de Dios y tengan que superar múltiples obstáculos y convertirse en héroes para dar con un cura que pueda confesarlos. Estas reflexiones me asaltan cuando me acuerdo de aquella simpática anécdota que me ocurrió.

Era un lunes por la noche y me encontraba en un hogar de la parroquia, visitando a una familia que iba a bautizar a su bebé. Entonces recibí una llamada al móvil. Era un voluntario de la parroquia que me preguntaba si podía confesar a una joven que buscaba un sacerdote. Estaban a punto de cerrar la parroquia y justo había llegado en ese momento. Le expliqué que me quedaban unos 15 minutos para terminar esa visita y podría llegar para confesar a esa joven, que yo no conocía. Que me esperase en la parroquia un ratito. Estando esa chica esperando en la puerta del templo ya cerrado, dio la casualidad de que llegó mi padre, Julián, con una bolsa para traerme ropa. Él pensaba que me encontraría en el templo. Mi padre es frutero ya jubilado, y tiene un aspecto de buena persona, sencillo y amable. Al acercarse mi padre, la chica se dirigió a él: «¿Usted es el padre José Manuel?», porque le habían indicado que me llamaba así. Mi padre respondió, un poco confundido: «Sí, soy el padre de José Manuel». «Pues quiero confesarme, padre» –sin darse cuenta del error–. Mi padre, no comprendiendo por qué le pedía a él confesión, y protestó: «Yo no puedo confesarte». Ella insistió, porque le hacía mucha falta. Mi padre cayó en la cuenta de la confusión. «Yo no soy el sacerdote, soy su padre». Se rieron un buen rato. Cuando llegué ya pude atenderla. Mi padre siempre se acuerda de cuando le pidieron confesión.

José Manuel Horcajo
Párroco de san Ramón Nonato. Madrid