¡Si tuvierais fe!

Aurelio García Macías
La semilla de mostaza es una de las más pequeñas de la tierra, un grano diminuto, apenas perceptible. Foto: Molly / Flickr

Continúa el viaje de Jesús hacia Jerusalén en el que imparte sus enseñanzas a quienes le siguen. Lucas hace referencia a unas palabras de Jesús dirigidas a los discípulos en las que previene contra los escándalos y divisiones, que surgirán entre ellos a causa del pecado. Las exigencias de Jesús sorprenden y desconciertan a los discípulos, hasta el punto de resultar imposible cumplirlas. Se sienten desanimados para permanecer fieles al Maestro y débiles en la fe. Ante esta situación los discípulos piden a Jesús que fortalezca su fe: «¡Auméntanos la fe!».

El poder de la fe

La forma imperativa empleada por los discípulos denota urgencia: «¡Auméntanos la fe!». Y esta urgencia requerida por ellos manifiesta, por un lado, un veraz conocimiento de sí mismos –se consideran pobres y débiles–; y, por otro lado, mayor necesidad de fe para cumplir los ideales predicados por Jesús. No piden fe, sino mayor fe. Ya han dado un primer sí al Señor al inicio de su seguimiento; pero ahora, más conscientes de los problemas y dificultades de su discipulado, suplican aumento de fe para afrontar la misión.

Jesús utiliza una metáfora para responder a la petición de los discípulos: «Si tuvierais fe… como un granito de mostaza». La semilla de mostaza es una de las más pequeñas de la tierra, un grano diminuto, apenas perceptible. Con este lenguaje exagerado, Jesús quiere llamar la atención de sus discípulos para decirles que, aun con poca fe, se logran grandes resultados, si verdaderamente hay fe. Esa pequeña fe sería capaz de lograr un hecho tan prodigioso como arrancar de raíz una morera y plantarla en el mar. La morera suele ser un árbol grande. Mover sus raíces parece difícil, pero plantarla en el mar y hacerla crecer allí resulta imposible. Es precisamente esta hipérbole, esta exageración, la que quiere expresar gráficamente el poder de la fe. Aun la fe que puede parecer más pequeña, cuenta con el poder de Dios y hace todo posible. La fe en Dios logra la fuerza de Dios. No es nuestra fe la que hace maravillas, sino el poder de Dios. Lo que para el hombre parece imposible, no lo es para Dios. Ya lo dijo el ángel Gabriel al anunciar a María el nacimiento del Salvador: «Porque para Dios nada hay imposible» (Lc 1,37); incluso Isabel cuando fue visitada por María: «Porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1 45).

Los discípulos, conscientes de su debilidad y falta de fe, piden a Dios que aumente su fe, porque saben que es un don suyo: «Auméntanos la fe».

La humildad en el servicio

Prosigue el relato con el ejemplo de un siervo y su amo. El criado después de trabajar en el campo continúa su labor en casa, preparando y sirviendo la cena a su señor; y solo después podrá cenar él. Resulta un tanto molesto y difícil comprender este ejemplo de Jesús para la mentalidad actual. Da la impresión que Jesús acentúa, en esta ocasión, las distancias entre el señor y el criado y subraya más el dominio que la misericordia.

Sin embargo, no es así. Jesús utiliza en este relato una situación común a los interlocutores, bien conocida en su época, para ilustrar una verdad evangélica. El amo no debe nada a su criado por haber cumplido su trabajo. Del mismo modo, Dios no debe nada al cristiano por vivir el Evangelio. Tanto el criado como el cristiano hacen lo que tienen que hacer: «¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?». Y por hacer lo que tenemos que hacer, Dios no nos debe nada. «Hemos hecho lo que teníamos que hacer». Más aún, el Señor nos invita a decir: «Somos siervos inútiles», como signo de nuestra pobreza, pequeñez y humildad. Nada de sentirnos soberbios y orgullosos ante Dios; nada de exigencias para con Dios. La bendición de Dios no se gana, es puro don suyo. Y cuando se es consciente de este don, el discípulo de Cristo se sabe siervo humilde, dispuesto a servir en obediencia a su Señor.

Es verdad que esta parábola presenta a Jesús como Señor a quienes sus siervos le deben lealtad y obediencia. Pero esta imagen se complementa también con otros muchos textos en los que aparece como servidor y siervo. Jesús es Señor y Siervo. Lo que pide a sus discípulos en este texto es fortaleza para creer y humildad para servir. Un buen programa para todo seguidor suyo.

Aurelio García Macías
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos


Evangelio

En aquel tiempo los apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería. ¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os haya mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Lucas 17, 5-10