Si ya la muerte habitual es tan difícil de afrontar en nuestro contexto cultural, el suicidio de un ser querido deja muchas preguntas imposibles: ¿Por qué lo hizo? ¿Podíamos haberlo evitado? No conseguimos entender las razones que le llevaron a quitarse la vida. Afloran en las personas cercanas sentimientos de vergüenza, que llevan a no querer hablar de las circunstancias de la muerte, y también de culpabilidad. Uno se reprocha el no haberse dado cuenta de lo mal que estaba y de no haber sabido cuidarle. Puede ser natural sentir rabia y enfado hacia la persona que nos abandonó; hacia Dios, que no hizo nada por impedirlo, y hacia todos los que han podido contribuir directa o indirectamente en la realización de esta acción desesperada.

Acude una madre pidiendo que les acompañe en el tanatorio. Su hijo de 21 años se lanzó al mar en una isla lejana. Su cadáver llegará en avión, será trasladado al tanatorio y enseguida incinerado. Junto a los padres y la hermana tejí un ritual que pudiese acompañar su imposible despedida del hijo perdido.

El gran signo fue la madre abrazada al féretro como una Virgen dolorosa. Lloraba amargas lágrimas mezcladas con suspiros hacia su hijo. Con la lectura de la parábola del hijo pródigo, explicité cómo Dios Padre estaba esperando a ese hijo perdido en los laberintos de la vida y de la muerte para abrazarle y sentarle a su mesa de la vida recobrada y permanente.

La hermana le despidió con este lamento confiado: «Nos duele que te hayas marchado de este modo sin decirnos adiós. Si dudaste, al morir, de que pudieras ser recordado, te equivocaste. Nuestro recuerdo te será fiel y firme. Que hayas encontrado, del otro lado, el descanso y el sueño que no encontraste sobre la tierra. Descansa en la paz de Dios, esa paz que aquí no supimos darte».

Su patria actual es la de la gloria donde no se lucha, solamente se pide.

La madre, apoyada después en un grupo de elaboración del duelo, se ha ido recuperando y ayudando a otras madres a resucitar desde esas situaciones de muerte.

Jesús García Herrero
Capellán del tanatorio M-30. Madrid