Santidad es amistad - Alfa y Omega

El pasado 12 de marzo la Iglesia celebró el IV centenario de la canonización de Isidro Labrador, Teresa de Jesús, Felipe Neri, Francisco Javier e Ignacio de Loyola. Pude vivir este aniversario en Madrid, junto a muchos compañeros jesuitas, religiosas y laicos. Ha pasado mucho tiempo desde 1622, pero la talla de estos santos sigue siendo un estímulo y una invitación para vivir en profundidad el propio camino de la fe. Personalmente, entiendo que me invitan a la más genuina amistad.

A principios de 1536 Ignacio está en Venecia esperando a sus compañeros de París, entre ellos Francisco Javier y Pedro Fabro. Llevan casi un año sin verse, aunque los lazos que los unen son muy fuertes: han compartido estudios y bienes económicos, han compartido ideales y, sobre todo, una honda experiencia de Dios que los movió a un proyecto común de vida. Solo desde ahí se entiende el testimonio escrito de Ignacio: «En enero llegaron de París siete amigos míos en el Señor». Teresa de Jesús recoge esta convicción en el Libro de la vida: «En tiempos recios son menester amigos fuertes de Dios para sustentar a los flacos».

Pienso que es en la amistad donde se va tejiendo la verdadera santidad. Eso es lo que veo en estos santos y lo que me anima a seguir sus pasos, aun de lejos. Amistad, al menos, en tres direcciones.

Amistad con Dios, porque la fe no se puede vivir desde la formalidad vacía o desde la servidumbre esclava. Resuenan las palabra de Jesús en Juan, 15: «No os llamo siervos, sino amigos». Amistad con el mundo, el lejano y el cercano, comenzando por aquellos con los que compartimos espacios y tiempos: familia, trabajo, comunidad de fe, vecindario… Y amistad con «los flacos», con los pobres de nuestro tiempo y de nuestras calles; aquellos en quien nadie se fija y que suelen invisibilizarse. En otra de sus cartas escribe Ignacio: «La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey eterno».

Si esto es así, ¿por dónde empezar? No importa. Son tres caminos que se entrelazan y encuentran. En un mundo sembrado de violentas enemistades, ¿no es urgente recuperar este sentido amable de la santidad? b