Sant Pere protege el arte de los primeros cristianos entre persecuciones
Las iglesias de Sant Pere, en Tarrasa, están enmarcadas entre la represión de los romanos y la de los revolucionarios del siglo XX. Cuentan con vestigios visigóticos del siglo IV que se salvaron de las llamas gracias a una visita de Einstein y la persuasión del clero local
Lo que más llama la atención de las iglesias de Sant Pere es que, al participar en una Eucaristía allí, «estás celebrando la fe con las huellas del origen muy cerca». Nos lo cuenta Antoni Deulefeu, párroco de este conjunto de tres templos en la diócesis de Tarrasa, que muestra cómo fue entre los siglos IV y VIII la antigua sede episcopal de Egara, erigida en «un momento de persecución increíble a esa Iglesia».
Los templos son tres: Sant Pere, San Miguel y Santa María. La piedra de las tres viene «de la montaña de San Lorenzo, que está muy cerca y que, por un problema calcáreo, tiene un tono marrón rojizo» que da uniformidad a todo el conjunto. No en vano, «la pila bautismal del siglo IV en Sant Pere es del mismo color y eso tiene su importancia». La segunda, San Miguel, era «la iglesia funeraria, como un tanatorio en el que se velaba al difunto» cantando salmos y donde se profesaba una gran devoción por san Celedonio de Calahorra, un soldado romano martirizado por su fe en época de Diocleciano. Y la tercera, Santa María, sirvió como catedral y tiene «una representación de Cristo con una orla de laurel que indica que es el Señor». Pero en la que nos centraremos es en la primera, en Sant Pere, que sirvió principalmente como «iglesia parroquial» y en la que «se hizo todo un esfuerzo en la tarea de iniciación cristiana y de ir acompañando a los catecúmenos en el Bautismo, la Eucaristía y la Confirmación».

Desde los primeros cristianos
Aunque es románica y del siglo XII, Sant Pere está construida sobre las ruinas de un antiguo templo visigodo porque «en la invasión islámica de Hispania sufrió mucho» y sus materiales se desmontaron «para la construcción doméstica durante un periodo de abandono». Especialmente «los techos, que eran de madera». Más tarde «cuando llegó la Reconquista, se rehizo el lugar con el criterio de la época». Aun así, conserva todo tipo de manifestaciones de los primeros cristianos y, «al entrar, encuentras un ábside espectacular del siglo VI y un retablo de piedra del siglo VIII que es la joya más impresionante de esta iglesia».
Antoni Deulefeu detalla que este retablo tiene «una iconografía muy bonita que una empresa de Madrid restauró muy bien y de la que hemos podido recuperar elementos que hablan de la huida de Egipto en el Éxodo». Además, «en el centro había una alegoría del Bautismo» y en su parte superior «están los cuatro evangelistas acompañados de los ángeles. Y más arriba, los patrones de esta iglesia: san Pedro y san Pablo». Y aún hay más, pues «del siglo VII tenemos el mosaico que el obispo escogió como logo de nuestra actual diócesis de Tarrasa».

Un órgano gemelo
El párroco nos explica que otra particularidad de Sant Pere es que, «en lugar de tener una entrada como todas las iglesias» a los pies de su planta basilical, «esta tiene forma de cruz pero la puerta está en su lateral». Un elemento que «tiene una simbología importante porque significa que entramos por el costado de Cristo, de esa herida que es la fuente de todos los sacramentos».
El sacerdote también nos confía que «tenemos la suerte de algo providencial», pues «en la Guerra Civil los milicianos no quemaron esta iglesia como tantas otras». En aquel momento, el clero local logró «entrar en cierta conversación» con los revolucionarios y persuadirlos del valor artístico del templo porque «Albert Einstein lo había venido a visitar» gracias a que, «en el siglo XX, tuvimos una serie de pensadores con auténtico deseo de saber y que se comunicaban entre ellos». Y aunque los guerrilleros «quemaron los elementos barrocos, los santos, los bancos y el órgano», lo hicieron en una plaza frente al templo y no en su interior, por lo que los anteriores sí se conservan.

Es una pérdida amortiguada por otra «providencia preciosa». Como la orfebrería es un trabajo artesanal que implica pruebas y reajustes, «en el siglo XVIII, cada vez que se construía un órgano se le hacía también un primo hermano»; esto es, otro muy similar con la misma lógica. El de la iglesia de Sant Pere también tenía su copia, en su caso en el Conservatorio de Barcelona. Así, al final de la Guerra Civil, «un hombre que aprendió a tocar en aquel órgano» de la Ciudad Condal se lo contó al párroco de Sant Pere y este lo acabó comprando.
Pero la iglesia de Sant Pere no solo alberga joyas del pasado. También cuenta con «una pintura del siglo XX interesante en la capilla de adoración perpetua». En ella aparecen «todos los sacrificios importantes del Antiguo Testamento hasta llegar a Cristo» y, tras su muerte, «unos ángeles recogen su sangre y la van llevando a los siete sacramentos». Por último, Antoni Deulefeu reivindica que el conjunto en general y la iglesia de Sant Pere en particular son «un tesoro escondido» y que pasó muy desapercibido hasta que Josep Puig i Cadafalch —un renombrado arquitecto del modernismo catalán e «historiador de cultura grande»— logró visibilizarlo.