San Juan Pablo II conocía perfectamente ciertos estereotipos respecto al Papa Roncalli, que resaltan sus innovaciones y las contraponen a supuestas actitudes retrógradas. De ahí que dijera en su beatificación:

«Ciertamente, la ráfaga de novedad que apuntó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y de actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra».

Pero su modo de hablar y actuar no surgió de repente en su pontificado, como demuestra su expresión de que «el mundo, todo el mundo moderno pertenece a la Iglesia», pronunciada por primera vez en 1907 en una conferencia sobre el cardenal Baronio y reiterada en su homilía de Pentecostés de 1935 en Estambul. Era una expresión para señalar que la labor del Espíritu Santo prosigue su marcha, aunque las lenguas de fuego no aparezcan externamente.

Si queremos profundizar en el verdadero espíritu de san Juan XXIII, habrá que leer el Diario del alma, escrito entre los años 1895 y 1963, puntual crónica de sus luchas y propósitos, redactados en tiempos de retiro o Ejercicios espirituales. Seminarista, sacerdote, obispo, cardenal o Papa, Angelo Roncalli se hace muy próximo a cualquier cristiano en sus esfuerzos, que no sólo dependen de él, para ser fiel a Cristo. En esas páginas. está presente el auténtico Roncalli, al que muchos llamaron el Papa de la bondad, y, aun siendo esto cierto, no responde del todo a su forma de ser. «Si quieres ser santo, sé humilde», dice un pensamiento atribuido a san José de Calasanz. Por eso el Papa Juan tendría que ser conocido, ante todo, como el Papa de la humildad.

Sobre esta virtud meditó aquel santo Pontífice en unos Ejercicios en los días previos a la Pascua de 1903, a punto de ser ordenado subdiácono. Llega a la conclusión de que no es tan difícil adquirir una apariencia externa de humildad. La verdadera dificultad consiste en vivirla interiormente.

Sobre el particular, recuerda nuestro santo una lección luminosa: la vida oculta de Jesús en el hogar y el taller de Nazaret. Este silencio tan elocuente de los evangelios debería decir algo a los cristianos. Es el mismo Redentor, el que enseña a las muchedumbres o muere en la cruz, el que pasa de forma oculta la mayor parte de su existencia terrena. Se descubre así un ejemplo para la humildad interior.

Por lo demás, el seminarista Roncalli también es consciente de que el estudio conlleva riesgos para la humildad, pues el intelectual puede llenarse fácilmente de sí mismo y complacerse en sus conocimientos, hasta el punto de pretender demostrar de continuo su sabiduría y elocuencia a quienes le rodean.

El propósito anotado en el Diario del alma pasa por fijarse en el modelo del Niño Dios, rodeado de los doctores en el templo de Jerusalén. ¿Cuál era su actitud? «Oyéndolos y preguntándoles», leemos en Lc 2, 46. Ese mismo comportamiento, respecto a sus superiores y compañeros, fue el propósito del joven seminarista.

Antonio R. Rubio Plo