Recuerdo y ejemplo de don Juan del Río - Alfa y Omega

Con la prematura desaparición de don Juan Del Río hemos perdido a un gran arzobispo, a una gran persona y a un español que necesitábamos.

Don Juan fue el gran impulsor y organizador del Arzobispado Castrense, que completó con su propio seminario y hasta una Cáritas Castrense, para atender a necesidades a las que era sensible y que quería ayudar a resolver. Leemos estos días un rosario de testimonios sobre su labor pastoral en las Fuerzas Armadas, como antes en la universidad y en las parroquias en las que sirvió –«don Juan el cura no tenía nada suyo», «hizo el centro juvenil», «nos dejaba el Seiscientos»… – que recuerdan su sencilla humanidad, su desprendimiento, su constante disposición a ayudar al débil, asumiendo el esfuerzo y el riesgo de hacerlo. También su curiosidad por conocer a personas nuevas, a las que ofrecía su tiempo, su mesa y su amistad.

Don Juan ha sido un hombre de gran corazón. También de una especial inteligencia. Formado en la Universidad Gregoriana, buen lector, estudioso de san Juan de Ávila, hijo del cardenal Bueno Monreal y de don Antonio Montero en la Iglesia española, de Pablo VI y de Juan XXIII en la universal. Se identificaba plenamente con el Papa Francisco. Su último libro (que nos envió ya en enero y cuyo título, Un plus de humanidad, le describe tan bien a él), empieza por una introducción a la encíclica Fratelli tutti.

Merece la pena leer sus Nuevos apuntes para la vida, que, llamados con característica modestia –don Juan no se daba importancia–, le revelan como un observador inmerso en el mundo. Era practicante de un humor andaluz, fino y amable, una «viveza del ánimo» que es un arma frente al orgullo de los poderosos, pero también «atrae la serenidad» y llama al diálogo. No era de grupos («bastante tengo yo con creer en Dios y predicar el Evangelio…»), ni admiraba el «avinagramiento» de quienes viven una «Cuaresma sin Pascua».

Defensor de la devoción popular frente a la trivialización turística, propone, con sabiduría práctica, un decálogo para las vacaciones, otro sobre el humor, uno para ser feliz: «Acéptate a ti mismo, vive y deja vivir, date a los demás, evita la soberbia, dedica tiempo a los amigos y la familia, no pierdas la capacidad de asombro… ». Es un observador bergogliano, que entiende con simpatía las dificultades de la familia y del trabajo, de los jóvenes para hacerse una vida, las consecuencias de la globalización, las crisis económicas y los desplazamientos de los refugiados y los emigrantes, preocupado por establecer un diálogo y un intercambio de conocimiento que ayuden a una sociedad más justa y más solidaria.

Explica la labor del Arzobispado Castrense y sus capellanes –artesanos de la paz– en el marco del Concilio Vaticano II, como una contribución a la cultura de la paz, esencial para la realización del bien común. Se ocupa de la historia europea y de la milicia española, de la operación Sophia y de otras misiones de paz que visitó, calzándose las botas. Reflexiona sobre la relación entre religión y política, entre la Iglesia y el Estado, sobre la Iglesia como comunidad y como organización. Se preocupa por el daño que hace la virulencia en los debates públicos y hasta dedica un apunte a las fake news, con el Maligno como primer propagador…

Leyéndolos, imagina uno a don Juan pensando qué escribir esa semana, qué contar en sus textos frescos, llenos de ideas y de pasión por el bien común, la justicia social y la fraternidad. Con el fondo que deja haber leído y estudiado mucho, cincelados con la artesanía de la observación simpática y del buen humor.

Hemos perdido a un hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra. A un gran hombre de Iglesia y a un español eminente. Recordemos su memoria con una sonrisa y sigamos su ejemplo, con su ayuda.