Precursor del Concilio - Alfa y Omega

Precursor del Concilio

En contra de su costumbre de presidir sólo las canonizaciones, Benedicto XVI culminará su Visita al Reino Unido con la beatificación de John Henry Newman (1801-1890), célebre converso desde el anglicanismo y figura de referencia en la Iglesia de los últimos dos siglos

Ricardo Benjumea
Breviario (Libro de la Liturgia de las Horas) utilizado por el cardenal Newman

«Cuando se analice la cuestión en profundidad, se verá que el Concilio Vaticano II fue el Concilio de Newman», dijo de él Pablo VI. Es posible aludir a infinidad de aspectos en los que Newman fue pionero. Por ejemplo, su insistencia en la responsabilidad de los laicos en la Iglesia y la necesidad de que recibieran una formación adecuada, para responder a los desafíos del mundo. A Juan Pablo II, le impactó su manera de abordar la relación entre fe y razón. Y el entonces cardenal Ratzinger, en 1990, al conmemorarse el centenario de su muerte, desarrolló el tema central de la conciencia en Newman, que al futuro Benedicto XVI, como a otros jóvenes alemanes de su tiempo, le había impresionado profundamente, en contraposición al sometimiento total que exigía el nacional-socialismo. «Nos resultó liberador y esencial saber que el nosotros de la Iglesia no descansa en una liquidación de la conciencia, sino que, justo al contrario, sólo puede desarrollarse desde la conciencia».

Pensamiento y vida de Newman convergen plenamente en este punto. Éste es un signo distintivo de los Padres de la Iglesia, como destacó el cardenal Ratzinger, que aprendió de él que «estar obligado por la conciencia no significa ser libre para hacer elecciones al azar, sino que es justo al revés». Por eso, «durante toda su vida, Newman fue una persona en permanente estado de conversión, una persona en permanente trance de transformación, y por eso siempre permaneció y llegó a ser cada vez más él mismo».

Su conversión, como la de san Agustín, no fue fruto de una revelación puntual, sino de un lento proceso, que, muy a su pesar, le apartó de su amada Iglesia anglicana, cuyas raíces trabajaba infatigablemente para intentar afianzarlas en la Tradición. El 9 de octubre de 1845 dio el paso definitivo, que alejó de él a muchos amigos y familiares. Se convirtió cuando no le quedó ya otro camino en conciencia, pero no para encontrar halagos a sus muchos méritos intelectuales en Roma, sino para recibir, ante todo, incomprensión y suspicacia, en un tiempo difícil para la Iglesia romana, hostigada y tentada de replegarse sobre sí misma. El reconocimiento le llegaría al final de sus días, al ser creado en 1879 cardenal por el nuevo Papa León XIII.

Iglesia y evolución

El más célebre biógrafo de Newman, Ian Ker, resalta en John Henry Newman. Una biografía (Palabra), su ideal de santidad como coherencia en el día a día ante los deberes cotidianos. Siempre paso a paso. Newman experimentó también -explica Ker- que «la luz sólo se nos da poco a poco, pero que siempre se nos da suficiente como para ver qué es lo siguiente que debemos hacer, y una vez que hemos dado el paso que se nos ilumina, veremos el siguiente paso, también iluminado».

Lugar de la sepultura del cardenal Newman, en el pequeño cementerio de Rednall Hill, en Birmingham

En 1839 empezaron a agrietarse los prejuicios antirromanos de Newman. En 1841, no tuvo más remedio, al hilo de sus estudios sobre los Padres de la Iglesia, que reconocer en las antiguas herejías a los nuevos protestantes. En 1845 comenzó a escribir su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina, dispuesto a convertirse al catolicismo, si se terminaban por confirmar sus ya más que sospechas de que la Iglesia católica es la misma Iglesia de los Padres. No necesitó terminar ese libro.

Charles Darwin tuvo algo que ver en el desenlace, explica Rosario Athié, en el prólogo a la edición española del libro de Ian Ker. Le enseñó que «la vida es movimiento, desarrollo… Si la Iglesia aporta nuevas aclaraciones, nuevas formas de vida que se derivan del Evangelio, se renueva cada día, al igual que un organismo vivo… Sin embargo, la Iglesia anglicana se había quedado estática. Una vez que se separó de Roma, no se desarrolló más»…, salvo que, por desarrollo, quieran entenderse las componendas con las tendencias ideológicas en boga en cada momento; esto es, el liberalismo que Newman combatió, desde su celo por preservar la independencia de la Iglesia anglicana.

Pero la teoría del desarrollo de la doctrina en Newman es demasiado compleja para ser reducida al esquema progresistas-conservadores, se llame como se llame en cada tiempo. Newman estudió a los Padres de la Iglesia y «supo explicar cómo, a partir del núcleo central del Evangelio, se fueron desarrollando y actualizando las demás doctrinas cristianas fundamentales», a veces en lentos procesos que duraron siglos, explicaba hace unos días al diario Avvenire su biógrafo Sheridan Gilley. No fue un proceso exclusivamente racional. Sin apartarse de la razón, la Iglesia avanzó ese camino gracias a «la espiritualidad y a la liturgia».

Ésta ha sido una de las contribuciones más decisivas de John Henry Newman «a la renovación de la teología», pensaba el cardenal Ratzinger en 1990. «Nos enseñó a pensar históricamente en teología, y así, a reconocer la identidad de la fe en todos los desarrollos». Este punto -añadía- «no ha sido todavía plenamente valorado. En él se encentran escondidas posibilidades llenas de futuro que esperan un posterior desarrollo».