«Pensaba que al llegar aquí me cambiaría la vida»

Hombai y Pierre llegaron a España desde Camerún. Uno saltó la valla de Melilla, otro cruzó el Mediterráneo. Veían a España como la tierra prometida; al llegar aquí se despertaron del sueño y ahora son acogidos por la Iglesia. También los gitanos, discriminados en muchas ocasiones, tienen su sitio en la Iglesia

José Calderero de Aldecoa
Varios inmigrantes son atendidos por miembros de la Cruz Roja en el puerto de Motril

Hombai y Pierre llegaron a España desde Camerún. Uno saltó la valla de Melilla, otro cruzó el Mediterráneo. Veían a España como la tierra prometida; al llegar aquí se despertaron del sueño y ahora son acogidos por la Iglesia. También los gitanos, discriminados en muchas ocasiones, tienen su sitio en la Iglesia

Hombai Imbog llegó a España hace tan sólo 8 meses, pero su viaje comenzó mucho antes. Partió desde su Camerún natal hace 3 años y medio, y lo hizo dejando atrás a sus dos hijos y siete hermanos. Salió de su tierra en busca de un futuro que todavía no ha encontrado.

Hombai, de 31 años, se siente privilegiado. Sabe que son muchos los inmigrantes que han muerto realizando su mismo viaje, y por eso no puede no entristecerse ante la muerte de sus compañeros. «Me parece mal, me da mucha pena toda la gente que ha perdido la vida en el mar», asegura.

A todos ellos, les ha recordado Cáritas Madrid el pasado martes 5 de mayo en una Misa en la catedral de la Almudena, que también sirvió como arranque de la campaña del Día de la Caridad, que la organización caritativa de la Iglesia celebrará, en Madrid, el próximo 28 de mayo (en otras diócesis se celebra el Día del Corpus). La celebración fue presidida por don Carlos Osoro y a ella asistió toda la familia de Cáritas Madrid. Imbog fue uno de los inmigrantes que, durante la celebración, dio su testimonio. Puso rostro y voz, entre otros, a los cerca de 5.000 inmigrantes que, en 2014/2015, han convertido al Mediterráneo en una gran fosa común.

Este joven camerunés también llegó a España en barco, por el estrecho de Gibraltar. «Llegué a Tarifa. Íbamos seis inmigrantes en el barco. Era muy pequeño», cuenta a Alfa y Omega.

Gitanos y payos con el arzobispo, tras celebrar juntos la fiesta del Beato Ceferino

A pesar de la fragilidad del bote, los 14 kilómetros de mar abierto que separan África de España y la cantidad de muertes que ya se ha cobrado el Mediterráneo, decidió vencer al «miedo» y probar suerte. «Estuve mucho tiempo pensando en coger un coche e irme a Europa. Pensaba que al llegar aquí me cambiaría la vida», explica. En «mi país, el Gobierno es corrupto. Además, nadie de mi familia tenía trabajo. No teníamos dinero», asegura.

Imbog, junto con sus cinco compañeros de travesía, lograron alcanzar tierra. España se convirtió en destino para dos de ellos; para el resto, sólo era una escala en el camino. «Dos de mis compañeros se fueron a Francia y los otros dos a Alemania».

Aquí, en España, el joven camerunés se ha despertado de su sueño. «No tengo papeles, no tengo trabajo. Ahora veo que mi vida no ha cambiado». Aunque afronta el futuro con optimismo, y lo hace gracias a Cáritas Madrid. «Me están ayudando mucho. En Cáritas todos somos hermanos. Trabajan mucho y muy bien», asegura. «La Iglesia nos está ayudando mucho con los papeles, con la casa y el trabajo». Él, por su parte, hace todo lo que está en su mano, «hago mucho esfuerzo para aprender rápido el español».

Mejor, saltar la valla de Melilla

Fue precisamente un 28 de mayo, pero del año pasado, cuando Pierre Nyansi llegó a España. Al igual que Hombai, este joven de 24 años también iba huyendo de la pobreza y la corrupción de Camerún. Sin embargo, Pierre partió sin decírselo a padres y hermanos. «La situación de mi país es muy difícil. No tenía trabajo, ni dinero. No tengo nada y creo que aquí es mucho más fácil la vida», asegura Pierre.

La esperanza de encontrar en España todo lo que no tenía en su país, le hizo saltar la valla de Melilla. Otros 400 inmigrantes lo intentaron a la vez que él. No todos lo consiguieron y fueron muchos los que engrosaron aún más la lista de deportaciones (entre 2010 y 2014 fueron deportados de España, vía aérea, 26.491 extranjeros).

En primer plano, Manuela

Pierre decidió intentar pasar a Europa por la valla de Melilla. «Salté la valla porque me parecía más fácil que cruzar el mar», asegura el joven camerunés. Por eso, ahora está preocupado por «un amigo que está en Marruecos. Me dice que va a Libia a intentar cruzar el Mediterráneo». Las últimas noticias que hablan de unos 900 inmigrantes muertos tras naufragar su barco frente a las costas libias no deja muy tranquilos a ninguno de los dos amigos. «Es muy peligroso entrar por el mar. Me da mucha pena los que han muerto. He rezado por todos ellos», asegura Pierre, otro de los inmigrantes que ha participado, este martes, en la Misa de monseñor Osoro con Cáritas Madrid.

Pierre Nyansi ahora vive en Madrid, adonde llegó en autobús. Aquí se encontró con la Iglesia, gracias a la cual ahora sueña con «intentar conseguir los papeles y poder encontrar un trabajo». Para él, los voluntarios «tienen un gran corazón. Hacen una labor muy buena y muy bonita».

Apóstoles de la caridad

Es para gente como Hombai y Pierre para los que Cáritas Madrid ha iniciado su último proyecto: un Centro de día en el que acogen, acompañan y ayudan a los inmigrantes que están en Madrid y que, en muchos casos, partirán hacia otros países de Europa. «Muchos albergues cierran por el día. Esto les condenaba a estar deambulando por la calle. Con nuestro último proyecto, los acogemos y los ayudamos. Muchos no saben castellano. Los voluntarios les dan clase, los acompañan, les ayudan con las gestiones», explica don Pablo González, Delegado episcopal de Cáritas Madrid.

Y de esta realidad surge una reflexión, y es el «trabajo tan impresionante que hacen los voluntarios. Ellos son el alma de la caridad. Apóstoles de la caridad diseminados por todo nuestro territorio», asegura González. «No sólo ofrecen ayudas concretas, sino, ante todo, un proceso de inserción, de ver la realidad de las personas que están sufriendo y acompañar sus procesos. Ofrecer a todos un itinerario de salida para que no estén condenados por siempre a la pobreza», añade.

José Calderero @jcalderero

 

[w8_toggle margin_bottom=»10px» title=»Profundamente gitano, profundamente católico»]

Un día antes de la Misa que presidió con la familia de Cáritas Madrid en la Almudena, el arzobispo de Madrid celebró la Eucaristía con una nutrida representación de la comunidad gitana católica madrileña. Fue en la iglesia de Nuestra Señor de la Vega, donde monseñor Osoro presidió la celebración de las Bodas de Oro de la parroquia, que alberga también la Delegación Diocesana de Pastoral Gitana. El lunes se celebraba la festividad litúrgica del Beato Ceferino, el primer Beato de raza gitana, del que el arzobispo dijo: «Sin dejar de vivir su cultura gitana y sus costumbres, alcanzó una amistad total con Jesucristo».

Manuela Cortés, gitana, madrileña y católica, acompañó la liturgia con su voz. La fe «es lo más grande que tengo», asegura. El cante lo lleva en la sangre, lo que quedó patente al entonar las primeras palabras del Padrenuestro. Manuela volvió a cantar al final, tras lo cual el propio Osoro inició un aplauso. La canción hablaba del Beato Ceferino, al que la cantaora le tiene «muchísima devoción», explica. «Para mí significa mucho, y más después de lo que pasó hace 6 años». Manuela tuvo gemelos y uno de los dos nació con hidrocefalia. «Le pedía al Beato con mucha fe que mi hijo anduviera, que me lo protegiera. A raíz de empezar a rezarle, el niño mejoró, pasó de andar como un gusanito a andar de pie. Toda mi familia le tiene mucha fe. Mi hijo, cuando ve una estampa de Ceferino, me dice: Mama, mira, mi jefe. Y luego le dice: Cuídame, jefe».

Manuela le debe la semilla de la fe a sus padres. Y el crecimiento de ésta, a don Ramón López. El párroco de Nuestra Señora de la Vega, Delegado episcopal de Pastoral Gitana, le da catequesis todos los viernes. Para el sacerdote y Delegado, «la catequesis con los gitanos es muy importante, porque muchos jamás en su vida la han recibido, y así, poco a poco, pueden ir conociendo y creciendo en la fe», explica. «Normalmente –reconoce–, el primer contacto con la parroquia suele ser por una petición de ayuda para necesidades concretas, y a partir de ahí entran en contacto con la Delegación».

J. C. @jcalderero

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