Oración, caridad y alegría en Pablo VI

El perfil de la santidad se refleja en las homilías y discursos de san Pablo VI, cuya festividad se celebra el 29 de mayo, día de su ordenación sacerdotal. Sus textos se captan mejor desde la oración, la suya propia antes de difundirlos, y la que despierta en nosotros su lectura

Antonio R. Rubio Plo
Foto: L’Osservatore Romano

El perfil de la santidad se refleja en las homilías y discursos de san Pablo VI, cuya festividad se celebra el 29 de mayo, día de su ordenación sacerdotal. Sus textos se captan mejor desde la oración, la suya propia antes de difundirlos, y la que despierta en nosotros su lectura

Leí una vez que el perfil de la santidad pasa por la oración, la caridad y la alegría. Ese perfil lo he encontrado en las homilías y discursos de san Pablo VI. Esos textos se captan mejor desde la oración; la suya propia antes de difundirlos, y la que despierta en nosotros su lectura. Pero toda oración, si es un auténtico diálogo con Dios, tiene su inmediata culminación en la vida corriente. Orar para salir al encuentro de las personas, de los cercanos y de los alejados, como Jesús en el Evangelio. La oración y la caridad forman parte de una gran aventura, humana y divina, de un corazón lleno de alegría, enamorado de Cristo y de la Iglesia, como el de Pablo VI.

La homilía de Giovanni Battista Montini, arzobispo de Milán, pronunciada el 1 de enero de 1961, se comprende desde la sencillez de una vida interior, repleta de sentido común y sobrenatural, que dialoga con el mundo moderno. Trata sobre el valor del tiempo, en el día en que algunos formulan sus bienintencionados propósitos. Montini subraya una equivocación muy extendida: la de apegarse al instante, disfrutarlo con más intensidad para que la felicidad no se escape. Sin embargo, el prelado milanés recuerda que no es una actitud realista, pues suele estar cerrada al futuro: «La vida tiene valor por las esperanzas que la sostienen, tiene valor por las metas que se propone, tiene valor por el futuro que proyecta, por los programas que tratan de organizar la propia actividad». El obispo nos recuerda que mientras hay vida, hay futuro. Solo las personas de oración, de diálogo continuo con Dios, son capaces de santificar el tiempo y darle valor eterno. El presente, más bien el eterno presente, vendrá después. Hoy es tiempo de futuro porque, como señala Montini, «la vida está hecha para la conquista de Dios». Para conquistarlo, hay que conocerlo, hay que tratarlo por medio de la oración. Luego vendrá otro paso: la caridad.

El 1 de mayo de 1972, Pablo VI dirige un discurso a las participantes en el IV Congreso Nacional de las Compañías de la Caridad de San Vicente de Paúl, y les recuerda que la caridad es el test de autenticidad del cristianismo, pues «la caridad es siempre actual. La caridad no ha perdido su función en el mundo moderno. La caridad permanece». Con todo, el Pontífice reconoce que la sociedad moderna es mucho más sensible a la aplicación de la justicia que al ejercicio de la caridad, probablemente porque a veces se la ha acusado de ser cómplice de las injusticias. Enfrentado a la misma objeción, san Juan Pablo II respondería que la caridad es una «sobreabundancia» de la justicia. En cualquier caso, la caridad necesita de una pedagogía. Se encuentra claramente en el Evangelio: «Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40). Si los cristianos somos conscientes de que el pobre es Cristo, en los múltiples rostros de la pobreza, no elucubraremos sobre una supuesta oposición entre la caridad y la justicia. Lo que de verdad importa, según Pablo VI, es que la presencia misteriosa de Cristo en los necesitados educa y purifica el alma, y hace comprender que el amor de Dios es como «un fuego que devora» (Is 30, 27). Por cierto, la alegría es un gran fuego, tal y como señala Paul Türks en su biografía de san Felipe Neri.

Precisamente la liturgia estalla en alegría en la Navidad. Una fiesta en la que Pablo VI se hizo cercano a los feligreses de una parroquia romana, Sancta Maria Regina Mundi en Torre Spaccata, al celebrar con ellos la Misa de la aurora del 25 de diciembre de 1971. Un Papa, que ha celebrado la Misa de Nochebuena en el Vaticano, deja atrás el sueño para acudir con las primeras luces del día a una lejana parroquia. Pablo VI, como obispo de Roma, quiere conocer sus parroquias de cerca, en vez de conformarse con la frialdad de los informes. El Pontífice se deja ver por los fieles inmersos en la gran metrópoli, y esa mañana les hace una confidencia: «Os confesaré una cosa, también he venido para consolarme a mí mismo, para tener una bella Navidad, y mi Navidad más bella consiste en poder estar junto a aquellos que el Señor me ha dado por hermanos y por hijos». Cercanía y caridad van juntas, y la fraternidad es la mejor receta contra las tentaciones de la soledad y del desánimo. Pero sería insuficiente si la Navidad no nos sirve para vivir la venida de Cristo. La grandeza del cristianismo consiste en que un Dios se ha hecho carne para hacerse nuestro amigo y compañero. A partir de ahí, el Papa Montini hace una sencilla y concisa definición del cristianismo: «Es el amor de Dios por nosotros». Por tanto, ser una persona religiosa no debería consistir más que en responder al amor. Sobre este particular, Pablo VI recuerda en su homilía que «muchos ven en la religión algo que oprime, difícil, fastidioso. ¡No! La religión, estar en contacto con Cristo y con Dios es algo que nos llena de felicidad, de alegría. ¿Por qué? Porque es el amor».

Oración, caridad y alegría. Todo se resume en una sola palabra: amor.

Antonio R. Rubio Plo