Hubo un tiempo en que el verano era una tregua. Hoy es un plazo de entrega. Llega junio y, con él, la lista a cumplimentar. Esa que lleva marcado el festival al que hay que ir, el pueblo que tenemos que visitar antes de que lo descubra todo el mundo…
Hemos trasladado al descanso la lógica de la oficina, con sus indicadores de rendimiento y su ansiedad de resultados. Lo hemos hecho con tal entusiasmo que ya ni siquiera lo advertimos. Descansar, entendido como no hacer nada en particular, se ha vuelto sospechoso. Una forma de desperdicio.
La paradoja está a la vista de cualquiera que observe los andenes de la vuelta. Regresamos en septiembre más exhaustos que en julio, con la retina saturada y la memoria convertida en un carrete de comprobantes. Estuve aquí, vi aquello, me dio tiempo a acercarme allí.
Porque de eso se trata, en el fondo, de no perderse nada. El miedo a quedar fuera del acontecimiento del verano —ese que todos comentarán— nos empuja a comprar entradas como quien hace un tic en asuntos pendientes. El disfrute deviene en trámite y la experiencia en un activo que solo rinde cuando se exhibe. Unas vacaciones sin pruebas digitales parecen no haber ocurrido.
Conviene recordar que la palabra negocio nació como negación del ocio: nec-otium, lo que no es descanso. Los antiguos tenían claro cuál de los dos términos era el principal y cuál el derivado. Nosotros hemos invertido el orden, y ahora es el ocio el que debe justificarse ante el tribunal de la productividad, demostrar que ha sido aprovechado.
Josef Pieper advirtió hace décadas que una civilización incapaz de entregarse al ocio verdadero, acaba siendo también inepto para la cultura. No andaba errado. La cultura que hoy consumimos a empujones entre multitudes sudorosas se parece cada vez más a un simulacro de sí misma.
Frente a esta intemperancia, habría que reivindicar sin complejos el aburrimiento estival. La siesta que se alarga sin remordimiento, la conversación de sobremesa que no conduce a ninguna parte concreta, la tarde en que no pasa nada y precisamente por eso pasa todo. De esa aparente esterilidad han brotado siempre las ideas fecundas, porque la mente es un órgano que crea cuando se le permite vagar sin propósito. El silencio no es un hueco que llenar sino un suelo que pisar. Quien nunca se aburre, quien encadena estímulos para esquivar el vértigo de estar a solas consigo mismo, se condena a vivir de prestado.
El verano no nos debe nada. No es una inversión ni un escaparate, sino un don. Y los dones no se amortizan; se agradecen, se habitan y, sobre todo, se comparten desde el sosiego.