No nos dejes caer en esa tentación - Alfa y Omega

Al terminar la formación para los voluntarios (todos musulmanes) de Cáritas Argel, se me hizo evidente que, la tentación más sutil e imperceptible para el lector apresurado del Evangelio consiste en hacer que la Buena Noticia sea para los nuestros, los que se nos parecen.

Desde la sinagoga de Nazaret, donde se quiere despeñar a Jesús por haber afirmado que el año de gracia y liberación también es para los extranjeros (Lc 4, 23-29), la visión de un mesías enviado únicamente a unos pocos flota en las mentes tanto de los discípulos como en las de los detractores de Jesús. Hasta los apóstoles creían que por haber seguido al Maestro recibirían más que los demás (Mc 10, 28-31).

Pero Jesús cuando sana, da de comer, devuelve a un muerto a la vida, dilata los corazones, perdona pecados… nunca exige que, a cambio, se le siga, se le sirva, se entre en su comunidad. Aunque Jesús exige mucho al que le quiere seguir, también ofrece mucho al que lo necesita, aunque no lo vaya a seguir.

Y cuando la Iglesia primitiva, gracias al Espíritu Santo, comprendió esta realidad, dejó de ser una secta palestina para convertirse en una comunidad universal de fe y de servicio.

Y hoy, cuando parte de la humanidad imagina poder contar únicamente con la fidelidad de los que se le parecen (política, racial, religiosa o culturalmente), en este mundo, la Iglesia continúa su lucha por no sucumbir a la tentación de destinar energías, recursos, personal y creatividad únicamente a los suyos. No lo hace por cálculo estratégico o como si de un caballo de Troya se tratara. Lo hace por fidelidad al carpintero de Nazaret, que atravesaba fronteras y dejaba ir, transformados, a los que cruzaban su camino. Una Iglesia que no sucumbe a la tentación del repliegue identitario ni caritativo mantiene viva, en nuestro siglo, la llama de la esperanza. ¿No es eso buena noticia para toda la  humanidad?