Monseñor Rico Pavés, obispo auxiliar electo de Getafe. La teología, servicio a la fe del pueblo de Dios
Después de varios años dedicado a la docencia y al trabajo en la Comisión episcopal para la Doctrina de la Fe, de la Conferencia Episcopal Española, el sacerdote don José Rico Pavés será ordenado mañana obispo, para ser auxiliar de Getafe. En esta entrevista, ofrece sus primeras impresiones y sitúa el momento actual de la teología en España
¿Cómo afronta su nueva labor?
En estos últimos años, he procurado vivir la docencia teológica, el trabajo en la Conferencia Episcopal y la colaboración parroquial como tareas igualmente pastorales. Las asumí como misión sacerdotal recibida del Señor en su Iglesia. La misma Iglesia, a través del Santo Padre, me confía ahora una nueva misión; cambia lo que soy y lo que estoy llamado a cumplir, permanecen sin embargo Jesucristo y la Iglesia. Por eso afronto esta nueva labor con muchísima confianza.
¿Cómo percibe el momento actual de la reflexión teológica en España?
En mi opinión, estamos en un momento de tránsito. El protagonismo teológico que, décadas atrás, tenían en España algunas Órdenes religiosas y universidades de historia plurisecular está cediendo, a causa de la crisis de vocaciones, en favor de otras realidades eclesiales jóvenes con presencia destacada de los nuevos movimientos. En muchos casos, las diócesis están asumiendo directamente la responsabilidad de impulsar la formación teológica -también de nivel universitario- entre sus fieles; a los centros teológicos se acercan cada vez más seglares. Todo esto es enriquecedor y anima a mirar con esperanza el futuro de la reflexión teológica en España.
¿Cómo ve hoy la recepción del Concilio Vaticano II en nuestro país?
Es verdad que no han faltado -ni faltan todavía- quienes reivindican el ejercicio de la teología para sembrar la confusión entre el pueblo de Dios. En las últimas décadas, ha habido autores que han invocado el Concilio Vaticano II para romper con la tradición viva de la Iglesia, adulterando su letra y su espíritu; o quienes han confundido la recepción del Concilio con la llamada transición política; o quienes han entendido la teología más como aventura personal que como servicio a la fe del pueblo de Dios… El resultado de todo esto ha sido, en muchos casos, la quiebra de la comunión eclesial y la fractura en la transmisión de la fe. Los casos de disenso, desgraciadamente, no han desaparecido, pero son mucho más débiles que hace unas décadas.
Hoy, el futuro de la reflexión teológica en España depende en gran medida de la generosidad de los obispos, a quienes corresponde promover la formación e investigación teológicas entre los fieles (seglares, consagrados y sacerdotes). Para ello es imprescindible contar con maestros, y no simplemente con autores estrella; es decir, con personas que entiendan la teología como vocación y misión en la Iglesia, sin buscar protagonismos a costa de la comunión eclesial.

A las puertas del Año de la fe, ¿cómo es la fe de los españoles, y qué desafíos se nos presentan?
Sin caer en generalizaciones, hay un acento que destaca sobre los demás: la fe de los españoles es hoy una fe sacudida por fuera y por dentro. Por fuera, hay un laicismo beligerante que pretende desterrar de la esfera pública cualquier expresión de fe, y un relativismo que niega a la fe su certeza respecto al carácter absoluto y definitivo de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad que Jesucristo nos trae. Por dentro, seguimos padeciendo en España lo que los obispos han llamado secularización interna, la pérdida del contenido genuinamente cristiano en la confesión de la fe, en su celebración, en el compromiso moral y en la vida de oración. Al ver su fe sacudida, muchos experimentan lo que el Papa ha llamado el cansancio de creer. Junto a la apostasía silenciosa de unos y ruidosa de otros, nos encontramos también con expresiones vigorosas y alegres de fe, como la JMJ Madrid 2011. El desafío que tenemos por delante es el que ha descrito de forma clarividente el Santo Padre al convocar el Año de la fe: es necesario volver a descubrir la alegría de creer y el entusiasmo de comunicar la fe.
Aquí juega un papel imprescindible la familia. Usted ha declarado que, en su familia, «ha despertado a la fe y ha crecido en el amor a la Iglesia». ¿Cómo le transmitieron la fe sus padres?
De mis padres, antes que palabras, he recibido un testimonio vivo de fe. Los he visto rezar juntos e individualmente, recibir los sacramentos, participar en la vida de la Iglesia (movimiento apostólico y parroquia) y en obras de apostolado. A los hijos no nos han exigido nada que antes ellos no vivieran. Las cosas de la Iglesia han formado parte del ambiente familiar con toda naturalidad.
Dice estar «convencido de que no hay alegría plena en la vida sin el encuentro con Cristo». ¿Por qué hace esta afirmación?
En cierta ocasión, le preguntaron a la Beata Madre Teresa de Calcuta qué era para ella la alegría. Respondió con una sonrisa: «Es el misterio del amor. Quien se sabe amado y ama, ése sabe qué es la alegría». Creo que en estas palabras está la respuesta: en Cristo se nos da el amor más grande. Por eso, sin el encuentro con Cristo no es posible alcanzar alegría plena. Muchos pretenden alcanzar al margen de Cristo la alegría que sólo Cristo les puede dar, y se encuentran como aquellos que señala el Señor por medio del profeta Jeremías: Me han abandonado a mí, torrente de agua viva, para cavar cisternas agrietadas incapaces de retener el agua. Jesucristo nos invita a ir a Él y escuchar su palabra para acoger su propia alegría, y que así la nuestra sea plena.