«Mi barrio huele a curri»

Bangladés es tal vez el único país del mundo en el que Real Madrid y Barça no son las referencias más populares sobre España, sino Lavapiés y El Raval

Ricardo Benjumea
Una joven bangladesí lee un manifiesto por la convivencia en Lavapiés, entre el presidente de Valiente Bangla, El Ahi, y el imán de la mezquita bangladesí. Foto: Ricardo Benjumea

Bangladés es tal vez el único país del mundo en el que Real Madrid y Barça no son las referencias más populares sobre España, sino Lavapiés y El Raval

«Hay dos palabras en español que todo el mundo conoce en Bangladés: Lavapiés y El Raval», dice el misionero javeriano Benjamín Gómez, que ha pasado casi 30 años en el país que el Papa visitará en enero. Estos populares barrios de Madrid y Barcelona concentran a cerca de la mitad de los 15.000 residentes de esta nacionalidad en España. Llegaron sin hacer ruido de un país de mayoría musulmana donde el papel de la mujer está subordinado al varón y se mantienen costumbres como los matrimonios concertados. El choque cultural es enorme y, sin embargo, la integración está siendo espectacular, gracias a un exitoso modelo de cooperación entre comunidades católicas, mezquitas y asociaciones locales, junto a dos ayuntamientos que han hecho bandera de las políticas sociales.

La asociación Valiente Bangla de Lavapiés es uno de los principales interlocutores del consistorio madrileño para la puesta en marcha de una Tarjeta de Ciudadanía, cuya entrada en vigor, a modo experimental, se espera que sea inminente. «Se conseguirá que todo el mundo esté empadronado y se garanticen unos derechos básicos», asegura su presidente, Mohamed El Ahi. «Esto evitará que haya mafias que se lucren de esta situación», añade la religiosa Pepa Torres, de las Apostólicas del Sagrado Corazón, a quien El Ahi llama «mi hermana».

La relación entre Torres y El Ahi se remonta al Lavapiés del post 11M. Por la calle se miraba con recelo, cuando no hostilidad, a estos nuevos vecinos musulmanes. «En el centro [parroquial] San Lorenzo me acogieron como una familia», cuenta el bangladesí. «Allí se atiende a todos, sin importar el origen o la religión. Además de aprender el idioma, entre todos nos ayudamos, todos somos iguales».

A partir de esa convivencia –prosigue Torres– «gente de muy diversos colectivos hemos seguido trabajando juntos en el barrio en contra de la exclusión sanitaria, de las deportaciones, de la violencia machista, los desahucios, ofreciendo nuestras casas a inmigrantes y refugiados o defendiendo a las víctimas de la explotación laboral en el servicio doméstico y la hostelería». Quienes hoy son ayudados mañana ayudan a otros, y en los avatares del día a día se van construyendo sólidas relaciones de confianza. «A veces –dice la religiosa, miembro de la Red Interlavapiés–, diálogo interreligioso significa ir a sacar de la comisaría al imán porque le han parado en una redada por papeles en la calle».

Una muestra de esa diversidad quedó reflejada en el acto de recuerdo y oración por las víctimas al cumplirse los dos meses de los atentados de Barcelona y Cambrils. Desde la mezquita bangladesí de la calle Provisiones se convocó a las otras diez del barrio y, tras la plegaria del viernes, marcharon todos hacia la plaza de Lavapiés para lanzar un mensaje de paz. Arropados por responsables municipales, participaron desde religiosas del vecindario a miembros de organizaciones vinculadas al 15M.

Los nuevos vecinos de El Raval

Promover la convivencia es uno de los objetivos de la Associació Intercultural Diàlegs de Dona. A sus «aulas de acogida y socialización para mujeres emigradas» acuden 220 alumnas (hay otras 45 en lista de espera), fundamentalmente de Bangladés, Pakistán y la India, a las que se enseña castellano y herramientas básicas para desenvolverse en la compra, en el metro o en un centro de salud. «Gracias a esta asociación encuentran una red en la que pueden sentirse seguras», explica su coordinadora, Mercè Amor. «Proceden de sociedades muy cerradas y tradicionales –añade–; desconocen el idioma y las costumbres; se las ha arrancado de su país, para vivir en condiciones a menudo deplorables en un piso compartido, con un marido al que muchas apenas conocen si son recién casadas». Son esos maridos, que llevan ya algunos años viviendo en Cataluña, quienes las animan a acudir a Diàlegs de Dona, gracias a una relación de confianza con la asociación forjada a lo largo de muchos años. «Nos dicen: “Sabemos que respetáis nuestra cultura y nuestras mujeres vienen contentísimas”», cuenta Amor.

La asociación sirve de puente entre estas nuevas comunidades y los antiguos vecinos de El Raval, donde la población inmigrante ha pasado del 10 % en 1998 al 49 % en la actualidad. «Hace poco se me quejaba una vecina: “Todo el barrio huele a curri”», cuenta Mercè Amor. «Son comentarios que entiendes. Personas mayores que llevan toda la vida aquí ven que todo está cambiando: los comercios, los restaurantes, incluso los olores… Alguien tiene que ayudarlas a ver que la diversidad puede ser una gran riqueza. Lo que hace falta es que nos conozcamos. El prejuicio se combate con el diálogo».

Ese encuentro se facilita a través de encuentros religiosos –en los que es particularmente activa la parroquia del Carmen–, y de celebraciones conjuntas, abiertas a todos los vecinos, por Navidad, la ruptura del ayuno en Ramadán o la fiesta india de la luz. Diàlegs de Dona ha echado mano también de imaginación para hermanar tradiciones autóctonas y foráneas. Es el caso de las catifairas (alfombristas) de flores, una tradición catalana muy extendida en torno a la fiesta del Corpus. «Como en Bangladés, Pakistán y la India tienen una gran cultura floral, hemos incorporado a algunas mujeres a un grupo de catifairas de aquí», explica la coordinadora del proyecto. Juntas cubrieron con flores el pasado sábado el mosaico de Miró de la Rambla, donde se detuvo la furgoneta que utilizó el terrorista el 17 de agosto. Otra de las acciones de Diàlegs de Dona este curso será visitar residencias de ancianos para que sus mujeres hablen sobre la vida en sus países y de su experiencia al llegar a Barcelona.

Debates incómodos

Integración en una nueva sociedad implica hacer autocrítica de aspectos de la propia cultura. Noviembre es un mes que Diàlegs de Dona dedica a la igualdad de hombres y mujeres, comenta Amor. Siempre con tacto. «Empezamos mencionando en el aula que en España han sido asesinadas unas 40 mujeres en lo que va de 2017. Ellas se extrañan: “¡¿Pero cómo?!”. Y en seguida empiezan a hablar: “En mi país esto también ocurre…”; “En mi país es peor…”». En esas cuestiones es esencial la implicación de mujeres del propio colectivo inmigrante, destaca jefa del Departamento de Servicios Sociales del distrito Centro de Madrid, Carmen Cepeda. Mujeres que han aprendido ya el idioma y se les reconoce algún tipo de ascendente en la comunidad sirven de mediadoras. «Sin ese tipo de nexo no podemos trabajar», afirma.

Iniciativa de Diàlegs de Dona contra la violencia machista. Foto: Diàlegs de Dona

Una de esas mujeres es Afroza Rhaman, empleada dos días a la semana en el Casino de la Reina. Llegó a Madrid en 2006. «Fue muy difícil, pero me ayudaron mucho en el Centro San Lorenzo», recuerda. Atrás dejó a tres hijos, una de ellos epiléptica, y a un marido diabético y con una enfermedad cardiaca, obligado a tomar nueve pastillas diarias en un país donde no existe nada parecido a la Seguridad Social. En 2014 consiguió traer a estos dos miembros enfermos de su familia a España, aunque la solicitud de reagrupación le ha sido denegada para sus dos hijos varones.

Desde el Casino de la Reina está en contacto con las mujeres que asisten a clase de español y las acompaña, cuando es necesario, al centro de salud o al colegio. También las visita en sus casas si se produce algún problema de maltrato. Pero su labor con los maridos es ante todo pedagógica: explicarles cómo tienen que cuidar a su mujer embarazada, animarlos a ayudar en las tareas domésticas… Mensajes que encuentran acogida en un espacio donde la comunidad bangladesí se siente en casa y donde celebra fiestas nacionales como el Día de la Lengua Materna, el Día de la Victoria o el Año Nuevo cada 14 de abril.

Mezquitas, asociaciones vecinales, Administración… Todo suma en un modelo de trabajo en red en el que «cada uno pone lo que tiene y toma lo que necesita», en palabras de Carmen Cepeda. Es la red que hizo posible que un misionero javeriano en el lejano Bangladés ofreciera al Ayuntamiento hace unos diez años pautas culturales para facilitar la integración en Madrid de un colectivo que empezaba a tomar consistencia. Gracias a ese trabajo en red, similar al que se realiza en Barcelona, la tierra que visitará el Papa en enero es una excepción; tal vez el único país en el mundo en el que Real Madrid y Barça no son las dos referencias más populares sobre España sino, más bien, Lavapiés y El Raval.

Ricardo Benjumea


Protagonistas de su propio desarrollo

La jefa del Departamento de Servicios Sociales del distrito Centro de Madrid fue una de las mujeres asistentes a la ruptura del ayuno en el último en la mezquita de los bangladesíes de Lavapiés en el último Ramadán. Un pequeño gran paso para la comunidad musulmana, que ha empezado a organizar actos de puertas abiertas para los vecinos y a permitir un mayor protagonismo de la mujer, gestos de apertura impensables hace unos años. «Todo esto no se improvisa», explica la funcionaria, responsable última de un modelo de trabajo en red especialmente exitoso en la integración de la comunidad bangladesí. Los orígenes remotos –cuenta Carmen Cepeda–, se remontan a finales de los 90, cuando se acompañó el plan de rehabilitación de viviendas del barrio con programas de carácter social. El centro municipal Casino de la Reina –del que poco después ella fue nombrada directora– se convirtió en un lugar de referencia para las asociaciones vecinales. «La idea es que la población no sea solo consumidora de servicios, que también, sino protagonista de su desarrollo. Más que hacerlo todo, a la Administración le corresponde servir de facilitadora para que los actores presentes en el barrio trabajen a favor de la comunidad a partir de un diagnóstico compartido. Lo importante aquí no son tanto los resultados inmediatos, sino el proceso, las relaciones de confianza que se van tejiendo mientras trabajamos juntos para mejorar la comunidad».

Este enfoque de trabajo comunitario ha comenzado a extenderse en el distrito Centro de Madrid a la población subsahariana, pero en realidad va más allá de la inmigración y es aplicable a cualquier ámbito social. Cepeda cita el caso de padres de hijos con discapacidad de Lavapiés que empezaron a reunirse de forma informal, y con ayuda del Ayuntamiento crearon una asociación, accedieron a ayudas públicas y hoy ofrecen sus servicios a todo el barrio.