Mensajeros relanza el Teléfono Dorado

Ricardo Benjumea
La coordinadora del Teléfono Dorado, Ana María Brea (con chaleco azul), junto a una voluntaria. A la derecha, Puri, una de las veteranas del 900 22 22 23. Foto: Ricardo Benjumea

El padre Ángel celebró el 11 de marzo su 80 cumpleaños con ganas de seguir dando guerra. A la Misa y a la cena en el Mirador de Cuatro Vientos de Madrid no faltó su amigo el cardenal Carlos Osoro, ni algunos de sus colaboradores más conocidos en Mensajeros de la Paz, como el cantante Raphael o el político José Bono. Pero la mayoría de los cerca de sus 800 invitados fueron personas sin techo, como las que encuentran siempre un hogar y café caliente en la iglesia de San Antón.

La labor que inició el sacerdote en la cuenca minera asturiana se ha extendido por todo el mundo de la mano de Mensajeros, como mostró al inicio de la celebración el documental Un ángel demasiado humano, rodado para la ocasión. Mensajeros está presente hoy en 50 países, y cuenta con más de 5.000 voluntarios y cerca de 4.000 empleados, pero el trabajo con refugiados sirios o iraquíes, que tanta notoriedad ha dado en los últimos años a la organización, no le ha hecho descuidar señas de identidad originarias como el Teléfono Dorado, fundado en 1995, e implantado hoy en Bélgica, Italia, Cuba y otros 15 países de América Latina.

Con el traslado del Teléfono Dorado a San Antón, en el barrio de Chueca, se han unido 16 voluntarios a los 14 que quedaban de la etapa fundacional. En las próximas semanas se espera que se sumen otros 20 para ampliar el servicio –actualmente de lunes a viernes, de nueve de la mañana a dos de la tarde–, prolongándolo cinco horas más, hasta las 19 horas. En la actualidad, el 900 22 22 23, sin coste para el usuario, atiende algo más de 5.000 llamadas al año.

Hay todo tipo de perfiles respondiendo al teléfono, explica Blanca Díez, responsable de Voluntariado de Mensajeros de la Paz: desde jóvenes universitarios a un veterano de 92 años, Amaro, al que sus compañeros describen como «un pozo de sabiduría». Reciben continuamente formación en técnicas de escucha activa y otras herramientas para atender a quien llama con paciencia y empatía, sin juzgar a nadie ni pretender tampoco tener una varita mágica capaz de solucionar cualquier problema. Como norma básica, se evitan en la conversación temas que puedan resultar espinosos, como la política.

Cuando se necesita ayuda especializada, los voluntarios del Teléfono Dorado derivan a expertos. «Hoy es mucho más fácil que al principio, porque existen unos recursos públicos que antes no había», explica Díez. Pero lo que no ha cambiado son los problemas de soledad. Díaz viene de trabajar con la ONG en África, donde «una persona mayor es lo más valorado. Uno de los mayores choques cuando vuelves aquí es la soledad de los mayores. Este es uno de los grandes problemas de nuestra sociedad».

Puri, una de las voluntarias veteranas, habla de viudas con hijos que rara vez las visitan. Pero también llaman presos desde la cárcel y personas jóvenes, enfermas o discapacitadas, que encuentran en el Teléfono Dorado su única compañía. Cada vez son más frecuentes también las llamadas motivadas por problemas familiares.

El cardenal Osoro y el padre Ángel, el pasado sábado, en la Misa por el 80 cumpleaños del presidente de Mensajeros. Foto: GTRESONLINE

«Lo nuestro es ayudar a mitigar la soledad y la tristeza», dice Puri. «Nosotros les podemos dedicar tiempo, que es lo que nadie más tiene para ellos».

A veces llegan casos más graves, de personas, por ejemplo, que amenazan con suicidarse. Ana María Brea, la coordinadora del Teléfono Dorado, está al quite de esas situaciones más complejas, dando apoyo a los voluntarios y buscando la forma de poner en contacto a quienes llaman con problemas serios con profesionales cualificados. Pero también –cuenta– hay «usuarios muy persistentes», que contactan a distintas horas para repetir a cada voluntario la misma historia. «Para eso estamos», dice ella. «Si nos llaman es porque no están bien, y nuestro trabajo es animarles a no encerrarse en sí mismos».

Ana María Brea se considera una privilegiada por poder ayudar a muchas personas. «Dios me puso en este camino, estoy segura», cuenta, recordando una enfermedad que, hace unos años, estuvo cerca de acabar con su vida, pero que la capacitó para «animar a otras personas a no desesperar, porque Él, aunque a veces no nos demos cuenta, siempre nos escucha».

Lo que de ningún modo debe hacer el voluntario es llevarse los problemas a su casa. «Al salir por la puerta tienes que desconectar, porque esto afecta», afirma. Por eso los turnos son solo de dos horas y media semanales. «Con esto es suficiente».

Ricardo Benjumea