Luz de otoño - Alfa y Omega

Los primeros rayos de luz, como de primer aviso, perfilaban a cámara lenta todos sus sentidos. El alba había sido gélido. Por eso presentían que estaban a punto de llegar las primeras lumbres de otoño.

Su hijo y ella porfiaban sobre qué día del calendario iban a vislumbrar humo de chimenea. O quizás solo esperaran una señal celestial. La madre apostó por el día de Todos los Santos. Su silla ambulante azul, que parecía un trono real, brillaba con esa luz de primera hora que invita al sosiego. La vida, por momentos, se convertía en bella. Pero solo por momentos.

Ya habían perdido la cuenta de los meses que llevaba ella sin salir de casa. Las circunstancias de otros a veces acarrean daños irreparables en quien menos lo merece. Un segundo confinamiento sin fecha de salida al mundo exterior. Una vida entregada a la introspección permanente.

Llevaban desde la nueve ubicados a los pies de un gran ventanal en la sala de estar, contemplando el amanecer, añorando recuerdos o sintiendo la fugacidad del tiempo y de la vida misma. De repente, una paloma blanca cruzó de forma fugaz de lado a lado del ventanal. Ambos se miraron. Al segundo oyeron de fondo una voz aguda masculina: «Ya traigo los periódicos y tu revista». El reloj de la pared marcaba las diez en punto. Su péndulo oscilaba de un lado a otro como si deseara marcar los latidos de sus marchitos corazones. Ella ironizó: «Tengo ganas de conocer los últimos chismes». Su hijo matizó: «Y yo de ver la últimas novedades editoriales». Era fin de semana, los únicos días que llegaba la prensa. «Voy a descansar un rato», dijo el mayor de los tres, ya octogenario.

El salón empezaba a cubrirse con una luz que tonalizaba todos los elementos, en su mayoría desfasados, propios de otro siglo. De la calle apenas llegaban señales de vida. Los retratos se iluminaban con rayos de luz. Imágenes fijas que funcionaban igual que la memoria, el tiempo quedó abolido y el pasado se convirtió en un presente eterno.

Ella se desenvolvió de la madeja que entrelazaban sus manos para atrapar la revista, o tal vez quisiera atrapar el «ahora». Cuando estas indefenso, cualquier objeto puede convertirse en un salvavidas. Sus arrugadas manos sobre el papel couché confrontaban dos mundos distintos, dos maneras de soportar la existencia. Al otro lado del cristal el sol giraba como si deseara buscar sus rostros, resplandeciendo su medalla de la Virgen del Carmen. «¿Dice algo interesante la revista mamá?», dijo su hijo con una voz cálida que solo buscaba complicidad. «Lo de siempre hijito, lo de siempre, nada cambia», contestó su anciana madre con aplomo.

En el extremo del salón-comedor, el tercer miembro de la familia reposaba con los ojos cerrados. Absorto. Por un escueto hueco de la puerta de la terraza se colaba una suave brisa, algo fría, pero que servía para despertar sus instintos. «Cierra esa puerta un poco que no quiero constiparme», dijo ella. Su hijo aprovechó la coyuntura para salir a la terraza y despejar la conciencia. La vida una vez más le ofrecía una tregua.

Dos macetas vacías, un viejo cactus, una bicicleta de montaña envuelta en polvo y las cuerdas de tender la ropa en donde reposaban dos pantalones y una falta a cuadros conformaban el mirador al mundo exterior. Testigo de infinidad de aplausos durante el confinamiento pasado. Al otro lado del edificio un submundo era digerido con detalle por el vástago: toldos carcomidos por el viento, discos que brillaban y giraban para ahuyentar palomas, viejos trastos y enseres, armarios de plástico… Se podía intuir en cada balcón lo que sobraba de cada piso. Durante esos cinco minutos de evasión intentó imaginar cómo sería la vida de esos vecinos que, al otro lado, como si fuera James Stewart en La ventana indiscreta, formaban parte de su vida pero que nada sabía.

Fijó la atención en dos sillas de madera y una escueta mesa con una maceta artificial. Destilaba profundas conversaciones de pareja o, a lo mejor, desayunos románticos después de una noche tórrida de amor. El chico giró la vista para fijar la mirada en otro piso, pero la voz entrecortada de su madre le abstrajo del retiro: «Alcánzame el baso de agua por favor». El muchacho que ya sobrepasaba la cuarentena volvió a su hogar con el alma aliviada. Aprovechó su peregrinaje para mover unos centímetros la cortina, una de esas antiguas con ribetes de ganchillo. El piso todavía mantenía la escayola de antaño en techo alto. Señal inequívoca de lucha contra el paso del tiempo.

Volvió a sentarse al regazo de la silla itinerante de su madre. Cogió el periódico para ojearlo. Le encantaba el tacto del papel y el olor que desprendía la tinta. Su padre despertó del letargo. Al verles leyendo se animó a seguirles. «Pues yo también voy a leer, hace ni se sabe que intento terminar un libro y no lo consigo, al final va a poder conmigo. Es un clásico». Se incorporó del sofá con los achaques propios de su edad. Caminó unos metros hacia una vetusta estantería que guarnecía el bien más preciado de la casa: su biblioteca.

Solo tardo unos segundos en localizar el libro que tanto se resistía, Eneida de Virgilio. Un ejemplar muy antiguo con tapa duras holandesas y papel fino. Acto seguido de su captura volvió en silencio al sofá y abrió el libro por donde indicaba el marcapáginas, la 289. La felicidad es gozar de ratos tan gozosos como ahora mismo, debieron suponer.

La sala quedó en un silencio misericorde. Era casi mediodía. Ya se escuchaba algo de bullicio en la calle. Los vecinos de los edificios colindantes salían a sus terrazas para contemplar ese hermoso día de otoño. Días en los que el cielo resplandece con un profundo azul aterciopelado, otorgando a todo un matiz diamantino.

Sin más, la madre rompió el embrujo de manera memoriosa: «Es que ya ni los cotilleos son como antes». Su hijo añadió mientras pasaba páginas del diario: «Mamá, nada es como antes, todo cambia o se desvanece, lo único que permanece inmutable son los recuerdos». A veces el chaval tronaba ideas filosóficas que a sus padres les hacía pensar. El padre cerró el libro para seguir la conversación. La madre prosiguió su argumentación: «¿Sabes de lo que me acuerdo mucho?». Hubo dos segundos de silencio. «Si, dime, sorpréndeme», contestó. La madre le miró a los ojos: «De cuando vinimos tu padre y yo a este piso en los 80. Cuando tu padre te traía del colegio por la tarde y tú te sentabas sobre la alfombra para merendar viendo la tele. Yo aquí es esa silla de madera cosía y cosía». Los dos hombres comenzaron a lagrimar. «Ya, mamá, nos quedan los recuerdos y los momentos bonitos, eso nadie podrá arrebatarlos». La mujer les miró con clemencia, aunque lo mismo era ella quien más lo necesitaba.

El padre quiso aportar algo de luz con un tono especialmente homérico: «La memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados». El silencio volvió a inundar la sala.

Apenas quedaban un puñado de minutos para la una del mediodía. Hora de traslado a la cocina para hacer la comida del día. Cada uno prosiguió con sus lecturas. El hijo se detuvo en una columna titulada Luz de otoño firmada por un autor desconocido. Al comenzar a leer pensó en compartirla con sus padres. Tal vez deseara rememorar tiempos remotos cuando de niño leía los dictados del colegio. «Hay un artículo largo en el periódico titulado Luz de otoño que tiene buena pinta, ¿lo leo en alto?». A veces, el silencio es la mejor respuesta.

Y justo en el preciso instante que comenzaba la lectura, una paloma blanca se posó en la repisa del ventanal. Los ojos de ella resplandecieron. Una sonrisa eterna inundó su alma de felicidad.

«Es la paloma blanca de esta mañana, ha venido a verme». La paloma tras el cristal la miraba con inusitada complicidad y ternura, como si deseara lanzarles un mensaje. Como un bálsamo en la herida provocada por la vida injusta. «Si, es ella, que bonita es», dijo el hijo con voz complaciente. La paloma blanca voló a los cielos inmaculados de esa melancólica mañana de otoño mientras ella la contemplaba alejarse hacia el infinito. Tal vez se viera reflejada volando libre de su cautiverio sin más ataduras que sus propios sueños.

De fondo, con una voz repleta de lirismo, su hijo continuaba leyendo el artículo del periódico.

Sergio Núñez Vadillo
Novelista y profesor de la Universidad de Valladolid