Los zapatos de Dios - Alfa y Omega

En primero de Teología cometí la estupidez de aceptar el cargo de delegado. Muy pronto me arrepentí, aunque tuve que aguantar todo el curso. Mi objeción principal fueron las reuniones con el claustro de profesores. No recuerdo cuántas fueron, pero hubiera bastado una sola para impedir mi continuidad. Tenían una duración incompatible con la vida.

Recuerdo una en que se debatía sobre la contratación de un nuevo docente. Después de las infinitas discusiones de rigor, puso orden uno de los profesores de Derecho Canónico. Explicó los óbices legales; la contratación parecía imposible. Sin embargo, esbozando una sonrisa sardónica, culminó con la siguiente cláusula: «Pero todo esto a no ser que el obispo disponga lo contrario». Yo venía de acabar mis estudios jurídicos y aquel recurso me pareció pura magia. Un decretazo episcopal podía reconfigurar la realidad jurídica en un santiamén. Lo que era injusto, en un instante se podía volver justo. Claro que esto puede ser así solo si en realidad no había derecho, si el derecho canónico no era nada más que palabras escritas en un código. Porque, entonces, la norma escrita habría sido solo la voluntad del poder vigente; por eso, el poder vigente podía cambiar la ley a placer. Si las normas solo son normas y no hay algo así como un orden justo detrás de ellas, el derecho no es nada. Desde esa perspectiva, el derecho no es un orden de la realidad que debe ser reconocido por la ley, sino que es el molde externo que la voluntad del obispo asume para aparentar racionalidad.

Creo que aquella comprensión mágica del derecho no anda lejos de la imperante en nuestra clase política. Cuando la ministra en funciones Montero sostiene que la ley del solo sí es sí no se ha aplicado bien, porque su idea era otra, lo que quiere decir es que no entiende que pueda existir el derecho como tal: si no ha funcionado como ella desearía, no es porque exista algo así como el derecho, con sus condiciones y límites, sino porque hay unos jueces malvados que quieren acabar con la condición femenina. Cuando Urkullu escribe que debemos buscar «mimbres constitucionales y legales» a través de una «convención constitucional para pactar una interpretación» sobre la Constitución, quiere decir que el derecho no existe: todo puede reinterpretarse; es solo una carcasa, la apariencia externa de una voluntad política. Cuando se piensa en aprobar una amnistía para garantizar un Gobierno, se piensa que en el fondo el derecho se puede suspender sin mayores problemas. Porque el derecho, en realidad, no es nada. Los ejemplos son incontables. La apariencia jurídica es hoy el disfraz racional de la pura voluntad de poder.

Tan claro es el paralelismo que Hannah Arendt escribió que el Estado moderno se había puesto los zapatos de Dios. Con ello quería decir que el Estado se había arrogado el poder absoluto de Dios: sus deseos son ordenamientos jurídicos.

Pero en defensa de Dios diremos que la frase es muy imprecisa. No porque el Estado no se haya arrogado ese poder, que lo ha hecho, sino porque esos zapatos nunca se los puso Dios. El poder de Dios no es mágico. Decimos que es sobrenatural, porque no sustituye ni elimina lo natural. Sería absurdo que el poder sobrenatural de Dios eliminase la propia naturaleza que Él creó. Por eso, la Iglesia con el derecho canónico imitó el derecho romano, salvándolo para Occidente de las invasiones bárbaras. Los principios generales del derecho y garantías procesales son uno de esos tesoros que la Iglesia ha conservado para nosotros. No, no es de Dios el calzado del Estado moderno. Son los zapatos color púrpura de Dorothy en El Mago de Oz. En sus desmanes, Papas y obispos han paseado con ellos puestos por Europa a lo largo de los siglos, despertando la fascinación del poder terrenal.

En una entrevista, Fabrice Hadjadj me dijo que la Iglesia tenía que salvar la razón. Ya lo había hecho en su historia a través de los padres de la Iglesia, rescatándola de la decadencia de los siglos para la teología cristiana. Hoy era necesario custodiar la razón metafísica del poder tecnológico, que todo lo transforma en problemas y soluciones automáticas.

Pues, de la misma manera, la Iglesia tiene que salvar el derecho como antaño. Pero al contrario de lo que ocurre con la razón griega, la Iglesia hoy no es consciente de su responsabilidad cultural en este ámbito. Es necesario que la Iglesia no sucumba al mundo posmoderno y conserve y aplique el derecho de manera magistral. Pero es escasa o casi nula la formación jurídica de los sacerdotes, que luego serán obispos y Papas. Esta vez los bárbaros no están al otro lado de nuestras fronteras, porque los bárbaros ya somos nosotros.