El próximo 24 de septiembre, con la beatificación de Fulton Sheen en San Luis (Misuri, Estados Unidos), los influencers de la fe también tendrán a su santo en el cielo. Alguien que, como ellos, creía firmemente en el poder de la tecnología y los medios de comunicación como instrumentos de evangelización. Durante más de diez años, el obispo estadounidense habló en la radio sobre Dios, el Evangelio, la fe y la Iglesia. Desde los inicios de la televisión, a principios de la década de 1950 y hasta 1968, también dio la cara: los martes a las 20:00 horas los televidentes estadounidenses podían elegir entre ver el programa de comedia de Milton Berle o escuchar al obispo. Millones de personas optaban por lo segundo. Con rigor teológico, elegancia y un encanto pícaro, Sheen presentó las enseñanzas del Evangelio y la Iglesia de una manera atractiva y cautivadora, tanto que en 1952 incluso ganó un Emmy por su programa. En la ceremonia de entrega se sintió obligado a dar las gracias a «mis cuatro guionistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan».
En aquellos tiempos no existían los likes, pero los telespectadores expresaban sus opiniones por carta: miles de ellas llegaban cada semana a la redacción de la cadena de televisión con peticiones de oración, agradecimiento por el bien que las palabras de Sheen habían hecho a la gente y contribuciones económicas para los proyectos misioneros que la sección estadounidense de la Obra para la Propagación de la Fe —de la cual el obispo era presidente— promovía en todo el mundo.
Sin embargo, la capacidad de comunicación de Fulton Sheen no se debía únicamente a su encanto natural y su carácter extrovertido. Cada discurso público, tanto televisado como en vivo, durante las numerosas conferencias y charlas que impartió en Estados Unidos y luego en todo el mundo, requería una preparación minuciosa. Como relata en su autobiografía, Tesoro en vasija de barro, el obispo estadounidense nunca improvisaba. Antes de hablar se preparaba minuciosamente, elaboraba un esquema, seleccionaba cuidadosamente sus argumentos, salpicaba su discurso con historias y experiencias y luego… descartaba el esquema cuidadosamente elaborado para improvisar. Fruto de esta meticulosidad y experiencia son las conferencias y discursos que, todavía hoy, sus numerosos seguidores en todo el mundo pueden escuchar en las redes sociales a través de grabaciones de su voz o leer en los más de 60 libros que ha publicado.
En el sexagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal en 1979, Juan Pablo II elogió el poder comunicativo de Fulton Sheen, entonces arzobispo titular de Newport: «Te escuchaban en la radio, te veían en la televisión, se beneficiaban de tus numerosas obras literarias y asistían a las conferencias espirituales que impartías. Y así, con san Pablo, “doy gracias a mi Dios cada vez que os recuerdo; siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy” (Flp 1, 3-5)».
Un hombre con el carisma de la predicación, pues. Sin embargo, no es el número de seguidores, ni siquiera de personas tan cualificadas como los Pontífices que Sheen conoció en su vida, lo que lleva a una persona al honor de los altares. Tampoco es el número de proyectos misioneros realizados ni el número de personas que han encontrado el camino de la fe al escuchar la predicación de un hombre consagrado. Más bien, es la profunda unión con Dios, la coherencia de vida, la capacidad de llevar el peso de la cruz en las situaciones cotidianas. Esa cruz que el Evangelio señala como compañera en el camino del cristiano. El futuro beato fue muy claro al respecto desde sus años en el seminario y a lo largo de su dilatada vida (1895-1979): sin unión con Dios no se puede llegar al cielo. Y no se puede guiar a otros hacia él. De esta convicción surgió su apego a la hora santa, que pronto se convirtió en una de sus enseñanzas recurrentes e insistentes. Él mismo la practicaba y la recomendaba a todos: una hora diaria de oración ante el Santísimo Sacramento, incluso en los días de trabajo más ajetreados, incluso en momentos de aridez y desánimo, que hasta los santos experimentan. Allí encontraba la fuerza para su incansable ministerio y allí siempre regresaba.
Hoy, como en los difíciles años posconciliares en los que vivió Fulton Sheen, el Evangelio lucha frente a un mundo secularizado. La Iglesia parece esforzarse por encontrar una respuesta cristiana a los grandes desafíos que enfrenta la humanidad. Y precisamente para esto están los santos: para señalar el camino, para inspirar valor, para ser modelos a seguir, para reavivar la esperanza.