Laicos: mostrar el auténtico camino de salvación para la humanidad
Los laicos son «los sacerdotes del mundo». Su templo es el mundo, es ahí donde Dios «puso su tienda» y busca siempre que haya más justicia, libertad y fraternidad, como mediación necesaria para la realización del Reino
Conferencia durante el encuentro diocesano de Acción Católica General, el 7 de marzo de 2026, en el Seminario Conciliar
La espiritualidad laical es un modo de pensar, de decir, de estar en las situaciones de la vida cotidiana, preguntándose: «Y Tú, Señor, ¿qué harías en este momento, en esta dificultad, en esta situación?». El laico está llamado a realizar en su vida la enseñanza de Jesús de ser fermento en la masa (Lc 13, 21), aportando con su vida una Buena Noticia al mundo, para transformarlo y recrearlo desde los valores del Reino.
La misión del laico es también sacerdotal: mostrar con su ejemplo el auténtico camino de salvación para la humanidad, camino realizado por Jesús y que nos lleva a reconocer a Dios como el único Señor de la historia y la única posibilidad para nuestra total felicidad. Los laicos, por tanto, son «los sacerdotes del mundo». Su templo es el mundo porque es ahí donde Dios «puso su tienda» y busca siempre que en ese mundo haya más justicia, libertad y fraternidad, como mediación necesaria para la realización del Reino de Dios.
La teología laical, y con ello su espiritualidad, se fundamenta en tres dimensiones: cristológica, desde dónde se es laico; eclesiológica, en dónde se es laico; antropológica de misión, para dónde se es laico. A partir de esos pilares, el Señor nos llama para ponernos a caminar, salir de lo seguro, de lo de siempre y conocido, para adentrarse en la «inseguridad» del Señor, abierto a las sorpresas de sus llamadas y su promesa, como sucede con Abraham, nuestro padre en la fe.

Cada una de nuestras vidas ha sido invitada también a ponerse a caminar, a recorrer un camino en la esperanza de encontrarse de un modo definitivo con el Señor Jesús que es la salvación definitiva. Esa salvación Dios la realiza constituyendo la Iglesia pueblo de Dios (cf. LG 9), en contextos y culturas diferentes. Un pueblo que no es la suma de los bautizados sino el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y la misión, peregrinos en el tiempo y en comunión con la Iglesia del cielo (cf. DF 16, 17).
Somos peregrinos en un territorio y en un tiempo concreto, en una diócesis donde se construye un pueblo que camina al encuentro con Dios que salva (cf. DF 110). Vivimos en un momento histórico más dinámico y menos vinculado al espacio territorial, que demanda flexibilidad y creatividad, ser audaces para optar por las realidades que son absolutamente esenciales y necesarias para nuestra misión.
Todos los bautizados, especialmente los laicos, son llamados a vivir en camino, a ejemplo de Jesús, acompañando a los hombres y mujeres en su caminar, escuchando sus preguntas y sus dudas que les inquietan y perturban el corazón. No es cristiana la mirada que solo demoniza al mundo y a todo lo que hay en él. Jesús nos ha enviado a él para anunciarle la Buena Noticia del Evangelio. Y hacerlo sin caer en la tentación de la «mundanidad espiritual»: buscar eficacia, gloria vana, realización, felicidad.
El laicado es desafiado a discernir los signos de los tiempos y mirar la realidad con esperanza. Esto significa dialogar con temas actuales: polarización social, migraciones, soledad urbana, cultura digital, nuevas pobrezas. Un diálogo que será fructífero si nos dejamos enseñar por el Espíritu, que nos llama a una conversión personal, comunitaria y pastoral. Necesitamos humildad para dejarnos enseñar, para aprender con todos, para asumir que no lo sabemos todo, que no poseemos la verdad absoluta y la buscamos con otros, aprendemos de otros, escuchando.
La escucha es actitud fundamental en el cristianismo: escucha al Espíritu, de la Palabra de Dios, de unos a otros, a la Iglesia. Solo es posible proclamar lo que se ha escuchado. Una escucha en profundidad, abierta y vulnerable, que cambia nuestros prejuicios, que nos dispone a recibir, a admitir el ritmo de los otros, a acoger lo inesperado y lo sorprendente, a valorar un contenido torpemente formulado.

Es un dar cabida en nosotros a los demás, con respeto a todos los bautizados, en quien reconocemos la capacidad de conocer la verdad, de ser mediaciones para transmitirnos, en el discernimiento, la palabra del Espíritu a esta Iglesia. Somos desafiados a renunciar a la voluntad propia: los propios intereses nos pueden jugar malas pasadas e impiden el poder caminar juntos, discernir y tomar decisiones en común.
La voluntad propia y el buscar las propias ventajas es lo primero que impide caminar juntos buscando la voluntad de Dios. No ignoremos que la voluntad propia, los deseos, las ventajas se disimulan, se disfrazan. Buscar juntos con sinceridad lo que Dios quiere tropieza con resistencias y especialmente con engaños, a veces sutiles. Algo que Jesús experimenta cuando es tentado por Satanás o cuando Pedro quiere desviarle del plan que el Padre le había encomendado y que conduce a la gloria por la pasión (cf. Mc 8, 31).
La lógica antievangélica internada en nuestro corazón se manifiesta de múltiples maneras: prestigio, protagonismo, deseo de poder, cuidado de la imagen, y está más dentro de nosotros de lo que pensamos. No podemos ser ingenuos. La fuerza de la tentación radica en la habilidad y en la sutileza capaz de engañarnos. Jesús nos sugiere la necesidad de la vigilancia (cf. Mc 14, 38; Mt 26, 41) en la búsqueda y en el discernir juntos.
Una actitud decisiva para caminar juntos, discernir, tomar decisiones en común es hacerlo con un deseo fuerte de comunión, de no romper el grupo, de no dejar fuera a nadie. El peligro de la ruptura no está en tener y manifestar diversos pareceres, una diversidad puede ser transformada en riqueza y complementariedad. Si por el contrario proponemos nuestros pareceres confrontados con los de los demás, entonces será imposible la convergencia y favoreceremos la ruptura de la comunión.
El laicado es llamado a evangelizar la sociedad desde dentro, una categoría presente en la Acción Católica desde su nacimiento. El laicado debe ser formado para evangelizar los ambientes cotidianos; transformar la sociedad desde el Evangelio; vivir la fe en el mundo laboral, cultural y político. Se busca ser «testigos de Cristo en el mundo»: en la cultura, en la universidad; en los barrios populares; en la política y la vida pública; en el trabajo social; con las migraciones.

Una renovación que no es solo espiritual, es también es pastoral y organizativa. Se trata de colocar las estructuras al servicio de la misión, y no al revés. Cada estructura eclesial ha de preguntarse constantemente si ayuda de verdad a anunciar el Evangelio. Si no ayuda, necesita conversión. No olvidemos que adecuar nuestras estructuras a la misión implica revisar planes, coordinar esfuerzos, caminar con otras realidades eclesiales, evitar duplicidades y buscar siempre la complementariedad. No se trata de perder identidad, sino de purificarla. No se trata de diluir el carisma, sino de ponerlo al servicio del conjunto. Una diócesis misionera necesita estructuras ligeras, flexibles y abiertas a la colaboración.
El desafío es aprender a vivir la sinodalidad, una estructura basada en la corresponsabilidad laical, el trabajo en equipo, el discernimiento comunitario y la misión compartida con los pastores. Vivir la sinodalidad no es solo un discurso, sino una práctica real, que repercute orgánicamente en la diócesis y articula el proyecto pastoral diocesano.
De ahí la necesidad de formación profunda y continua que haga crecer el número de laicos con una fe madura que integra vida, trabajo y compromiso social. Una formación que no puede quedarse en un proceso teórico, sino que cuide todas las dimensiones de la fe y ayude al laicado a estar profundamente arraigado en Jesucristo, capaz de dar razón de su esperanza y vivir con coherencia en el día a día. Una necesidad que ayudará en un ambiente social marcado por la secularización, en el trabajo, la universidad, la política, la cultura.
Un camino que debe seguir algunas claves: volver a la parroquia como comunidad misionera; escuchar y trabajar sinodalmente entre los diversos ámbitos diocesano; formar al laicado en la fe y en la doctrina social de la Iglesia; evangelizar los ambientes sociales y culturales; ser laboratorio de sinodalidad y corresponsabilidad laical en los diversos niveles eclesiales.