La Vida la da el Bautismo

Juan Antonio Martínez Camino

Bautizar a los niños no está hoy bien visto en determinados ambientes. Cada vez se les priva a más de ellos de la gracia del Bautismo. Algunos padres, simplemente, no se preocupan del asunto. Otros parecen pensar que a los pequeños les podría pasar como al vino bautizado: que perderían su vigor y su gracia si recibieran las aguas bautismales. Gracias a Dios, la mayoría lleva a sus hijos a bautizar, pero, en bastantes ocasiones, podría aprovecharse mucho mejor esa ocasión para el crecimiento espiritual de la familia. ¿Qué pasa en el Bautismo? ¿Por qué quiere Jesús ser bautizado por Juan?

«Jesús llegó a que Juan lo bautizara» –dice el Evangelio–. Es asombroso. El Bautista no deja de expresar su perplejidad cuando descubre a Jesús entre los que reconocían sus pecados y pedían perdón, dejándose bautizar por él; incluso intenta negarse a bautizarlo. El Profeta sabía que Jesús no necesitaba pedir perdón ni ser perdonado. Pero, al fin, se hace: Jesús es bautizado.

Algunos intérpretes –tocados de racionalismo– dicen que aquello no fue otra cosa que un despertar de la conciencia del joven Jesús, que entonces habría caído en la cuenta de su misión de predicador itinerante, o incluso que habría recibido en aquel momento el encargo divino que lo elevaba sobre la mera condición humana. Pero la Iglesia nunca lo ha visto así. En Navidad, no hemos celebrado el nacimiento de un futuro mesías, de un niño prodigio que, andando el tiempo, iba a hacer carrera de salvador. No. Navidad es la fiesta del Hijo eterno de Dios nacido en la carne del Hijo de María.

El Bautismo del Hijo de Dios en el Jordán sirve a su manifestación como tal, como el Hijo querido. Allí, al menos para Juan y sus discípulos, comienza a despuntar la aurora del día esplendoroso de la Resurrección, en el que el Sol de justicia brillará para la Iglesia y el mundo. Allí se da un paso más en la realización de la justicia divina. Jesús baja a las aguas del Jordán, acostumbradas a lavar los pecados y, por tanto, manchadas de toda la suciedad del mundo. Pero no baja para dejar allí los pecados que Él no tiene. Baja para cargar sobre Sí toda aquella inmundicia. Desde entonces, el agua queda limpia y se hace capaz de convertirse en signo real del perdón y de la salvación definitivos, cuyo inicio aconteció en Nazaret y Belén, y cuyo culmen se iba a dar en la el Calvario y en el sepulcro vacío.

El Bautismo da parte en la vida divina que el Hijo de María ha traído a la Humanidad. No nos quita nada, excepto la autosuficiencia. Los padres que bautizan a sus hijos hacen, entre otras cosas, un hermoso gesto de humildad. Reconocen que ni en ellos ni en sus hijos está el poder del perdón y de la Vida. Reconocen que tal poder se nos ha dado en el misterio de la humillación del Hijo de Dios, bautizado por Juan.

+ Juan Antonio Martínez Camino


Evangelio

En aquel tiempo proclamaba Juan:

«Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco ni agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo».

Por entonces llegó Jesús, desde Nazaret de Galilea, a que Juan lo bautizara en el Jordán.

Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia Él como una paloma. Se oyó una voz del cielo:

«Tú eres mi Hijo amado, mi preferido».

Marcos 1, 7-11