Amenábar sabe que en la pantalla funcionan los mensajes claros y directos, un ritmo ágil y contrapunteado, pequeños suspenses para mantener la atención y una sucesión de escenas que desemboquen en pruebas de los argumentos esgrimidos.

Si la probable inspiración de Ágora fue la serie documental Cosmos de Carl Sagan, para organizar las secuencias relacionadas con Unamuno, Mientras dure la guerra usa de falsilla las opiniones de Elías Díaz, catedrático socialista y experto en el pensamiento político del rector salmantino, sintetizadas para un congreso de 1986: traslada, incluso con los pormenores, su interpretación del discurso pronunciado el 12 de octubre de 1936 como culminación de la evolución sufrida por el noventayochista a lo largo de los meses anteriores.

Unamuno se sitúa al inicio de la cinta en la posición alterutral, esto es, la del que se coloca en el medio de dos posturas antagónicas, uniendo y no separando, y hasta confundiéndolas, conforme pensaba hacer, ya en 1935, en caso de estallar la guerra civil. En ella se acomodó en sus últimos meses de vida, pero en el desenlace se hurta al espectador semejante actitud.

En la película van cayendo sucesivamente todos los argumentos de Unamuno a favor de los insurrectos: si había aceptado como natural la detención del alcalde de Salamanca creyendo que antes o después se le liberaría, acabará sin poder siquiera cumplir la promesa de ayudar a su viuda económicamente; si había aconsejado colaborar con el bando nacional porque con él se pretendía, sin acabar con la república, restaurar lo perdido entre 1931 y 1936, años en que no se había producido «ni orden, ni pan, ni paz, ni nada», y en que no había visto «más que venganza, odio y resentimiento», observará desde el café cómo se retira la bandera tricolor para izar la tradicional; si había preferido juzgar tiros de cazadores furtivos los oídos de madrugada y bulos los rumores sobre la muerte de Lorca, ante las pruebas terminará entendiéndolos consecuencia de una depuración apresurada de posibles enemigos; si había creído que a su amigo Atilano Coco le habrían detenido por haber cometido alguna estupidez y que su influencia serviría para librarle de la muerte tanto a él como también a su amigo ateo e izquierdista Salvador Vila, se encontrará con un Franco de mirada y sonrisa bobaliconas cuando carece de respuestas, que se contenta con dar a los detenidos la posibilidad de confesarse antes de morir («los otros, ni eso»). Si creía que se respetarían su personalidad crítica y su honradez intelectual, Millán Astray le chantajeará aireando su pasado socialista primero, y luego señalándole su falta de asistencia a Misa. Finalmente, se verá depuesto de su cargo como rector, en un gesto idéntico que el adoptado meses antes contra él por Azaña.

Quedan minimizados los rasgos del escritor ausentes en la ponencia de Elías Díaz: su heterodoxia, su convicción de la necesidad de vivir en agonía en el sentido etimológico de lucha, buscando siempre la verdad que se le escapaba, su angustia ante la muerte y su consiguiente ansia de inmortalidad, por la que se le volvía precisa, emocional y sentimentalmente, la existencia de Dios y por la que combatía contra su razón, que le obligaba a dudar de ella; sus juegos con el lenguaje, con la etimología, sus invenciones lingüísticas. El personaje está construido con elementos más simples y triviales: la papiroflexia, su costumbre Concha, el hablar sin mirar las conveniencias. Su religiosidad en la cinta se restringe a un crucifijo en la pared, que contempla y hacia el que camina en sueños.

El director y guionista repite una técnica habitual: emplear figuras históricas como dardos y escudos de su propaganda. Pero frente al maniqueísmo de otras ocasiones, esta vez procura que la bomba explote desde dentro. Parece haberse propuesto no ofender, sino convencer a los hombres cultos y a los intelectuales conservadores. Con la figura de Unamuno ejemplifica cómo incluso un partidario de defender la civilización cristiana occidental y que apoyó en principio a quienes también lo pretendían, renegó luego de ellos, por no ceñirse a reimplantar el orden y rectificar los errores vividos en la segunda república, y por no ver en ellos suficiente respeto a la inteligencia «crítica y diferenciadora». Así, Amenábar parece dar un aviso de actualidad a los espectadores identificados con el personaje en algún sentido, aplicando lo que atribuye a Unamuno, «para convencer hay que persuadir».

Ana Isabel Ballesteros Dorado
Profesora de Literatura Española Contemporánea.
Universidad CEU San Pablo